Todas las entradas de: Somnia

Su primer «luisvi»

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¡Cómo está el mundo!

Paradójicas y humorísticas escenas contrapuestas:

Madres que se niegan a envejecer regalan bolsos de mil euros a hijas de dieciocho que parecen adultas porque aprueban la selectividad, y lo muestran todo en directo de Tik-Tok, porque si no se muestra, no existe, y ambas terminan llorando como buenas amigas, abrazadas en fraternal pantomima femenil. Su primer «luisvi» (entiéndase Louis Vuitton, porque entre los pijos es muy habitual lo de los diminutivos horteras), como si fuera si primer «audi» o su primer «chalecín». Un festejo de ricos.

Mientras, millones de familias sudan para llegar a fin de mes, y los padres, que trabajan de sol a sol sin Tik tok que valga, estresados, envejecen anticipadamente para ganar mil euros al mes por su esfuerzo, sin que nadie se preocupe no ya de sus seguidores en las redes sociales, sino del pan de sus hijos, que por supuesto aprueban la selectividad no para recibir un «luisvi», sino para salir del umbral de la miseria y labrarse un futuro. Si les dejan los «luisvis» que copan los puestos de privilegio, a menudo alcanzados sin meritocracia alguna.

¡Cómo está el mundo!

Esto no lo arregla ni un «luisvi» ni un «covidín».

Esto solo lo arreglan el talento, la valentía y la inteligencia.

Periodistas hipócritas

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«Haz lo que yo digo, no lo que yo hago», se suele aconsejar desde el más absoluto cinismo. Pero en el caso del periodismo deportivo español, ni los actos ni las palabras son modelo de nada decente, porque ambos van unidos en su hipócrita proceder.

Pongamos los antecedentes: España jugó anoche en la Eurocopa. Empató a cero con Suecia, y gracias. El público pitó a uno de los nuestros, Morata.

Pues bien, ahora resulta que los mismos periodistas que jalearon al público contra ciertos jugadores o entrenadores, los mismos que se ocupan de preguntar todo el año las mismas estupideces o preguntas molestas a ciertos profesionales en las ruedas de prensa; incluso, por supuesto, los mismos que celebraban las «manifestaciones espontáneas» de ciertos aficionados contra el proyecto de Superliga, ahora se escandalizan por que el público pite a Álvaro Morata, protegido de ciertos periodistas, el chico que no quería ser suplente de Benzema ni de Cristiano Ronaldo, ¡qué cosas! El chico que se creía el mejor del mundo. El chico que creció en la cantera del Madrid, pero que cuando llegó al Atlético dijo que era el sueño de su niñez, lo mismo que cuando llegó a la Juve o al Chelsea. ¿Y luego se extrañan de que le piten? Pero esos juntaletras publican hoy cosas tales como «España tiene el enemigo en casa», o «con aficionados así, casi mejor jugar a puerta cerrada». ¿En serio? ¿Cómo pueden insultar así a la gente?

Este es el nivel de nuestro periodismo deportivo, desgraciadamente. O de ciertos medios a los que es mejor no nombrar. Basura intelectual. El público tiene razón solo cuando me interesa a mí y cuando favorece mis intereses. Y si piensa lo contrario, es mejor que no acuda al estadio. Con dos huevos. Ya de paso, podíamos meterlos en la cárcel, ¿no les parece? A estos aficionados díscolos («estúpidos» les llama uno de los lameculos que suele opinar en estos panfletos) podríamos quitarles el pasaporte español y que no pudieran entrar a ver a España. Eso sí, que nadie se queje de que haya jugadores que manifiestan en público que no se sienten españoles, o de que los medios presionen para que sanciones a ciertos clubes españoles que no están subvencionados y patrocinados por la Federación o la Uefa.

Pero no, amigos. España jugó bien la primera parte. En la segunda, jugó mal. Pero nunca tuvo el dominio del partido. Siempre se jugó a lo que Suecia quiso y pudo. Suecia tuvo las mejores oportunidades. Suecia lo tuvo todo. Sufrió al comienzo, pero luego se repuso; sabedores de que no podían tener la pelota, los suecos se replegaron y dispararon contras peligrosísimas, que pusieron contra las cuerdas a España. Esta solo pudo crear peligro abusando de los centros laterales, recurso que contra otras selecciones ni siquiera tendrá disponible, y mostró una debilidad defensiva propia de selecciones de tercer nivel. Encima, Morata falló una ocasión más o menos clara, como suele hacer. Esperemos que mejore. Otro empate más… y los pitos se convertirán en abucheos de entidad.

La sociedad del «onlytok»

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Hay una parte de mundo que sigue una dirección.

Yo voy en la dirección contraria.

¡Cómo han cambiado las cosas! Hace cincuenta años, las familias aconsejaban y se esforzaban para que sus hijos tuvieran unos estudios, una licenciatura, un buen oficio… ¡Cuántos sacrificios, cuántos desvelos, cuántas privaciones de los padres para dar a sus hijos «algo mejor que lo que ellos tuvieron»! Además, por supuesto, los padres querían los hijos se dedicaran a algo decente, a algo bueno. Ninguno se hubiera sentido orgulloso de que las criaturas se dedicaran al negocio del sexo, o a dar saltitos por la calle, a bailar musiquitas o a lucir bikini o depilación de las ingles ante el mundo entero, y mucho menos por dinero.

Pero la sociedad ha mutado. La sociedad de países como España, Alemania, Italia o Estados Unidos. Hoy Tik-tok es la red social con más descargas en un año, y en ella los jóvenes bailan sin ton ni son, saltan, danzan, cantan o hacen que cantan, y además lucen palmito. ¿Para qué? Para ganar dinero, en última instancia. Y luego está Onlyfans, la red social pensada para la pornografía amateur. Ahora todas las niñas recién salidas del huevo de la mayoría de edad tienen «un onlyfans». ¿Para qué? Para ganar dinero, en última instancia. Y son multitud, oiga. ¡Cuántas actrices porno frustradas había y no lo sabíamos! Eso sí, no las llame usted putas (o puto), que es aquella persona que vende su cuerpo por dinero, que se ofenden. Ya saben: págame y no me digas que hago mal, que me molesta.

Claro que, para que estas redes se mantengan, tiene que haber millones de pajilleros y de salidos que paguen por ellas. «El cliente», se decía antes. Ahora el cliente no tiene cara ni nombre, ni hay que aguantar su halitosis, ni hay que decirle que es enorme el tamaño de su diminuto miembro, ni te llama cariño ni te pega. El cliente paga y desaparece. En realidad, nunca apareció, supongo. Todo es muy limpio, muy tecnológico.

Y los padres sin enterarse. ¿O sí? ¿Qué pensarán ellos? ¿Qué pensarán los abuelos? En realidad, da igual. Los jóvenes de hoy creen que no tienen que dar justificación de nada, que pueden hacer lo que quieran sin consecuencias, que no deben nada a nadie. Han crecido malcriados y consentidos, y se creen dueños del mundo, y superiores y por encima de cualquier otra persona.

Es la «sociedad del onlytok». Chicos y chicas que no tienen que esforzarse, que no tienen que trabajar durante años duramente para lograr un puesto de trabajo, que no tienen que aprender nada que pueda exigirles un sacrificio personal; chicas y chicos que lo tienen todo al alcance de la mano, a los que los estudios les repugnan, a los que el trabajo duro les es ajeno. Tener familia no lo mencionemos siquiera; chicos y chicas que no saben lo que es pagar impuestos (la mayor parte de ellos ganan dinero y jamás se preocupan por darse de alta), ni pagar deudas, ni pasar malas noches por amor a un niño pequeño; chicas y chicos que no dan valor alguno al elemento más importante de la educación de los infantes y, por extensión, de toda una sociedad: el ejemplo personal. Se trata de sujetos que no se sienten realmente vinculados a una sociedad, a un país, que están normalmente desvinculados de su historia, que ni siquiera saben leer correctamente o escribir sin faltas de ortografía (mal que comparten con muchos otros, pero que en ellos, expuestos a la luz pública, sobresale más deprisa). Viven en un mundo de fantasía, en una «burbuja» (ahora que nos gusta tanto esta palabra, en esta era de Covid), de la que no esperan salir jamás. Ellos son intocables. Son superiores. Son inatacables. Y si les juzgas, te insultarán, te cubrirán de oprobio con sus típicos argumentos: «carca», «tú no eres quién para opinar sobre mí», «soy libre para vivir como quiera», «con mi cuerpo hago lo que quiero». Argumentos que, aplicados a cualquier otra ocupación, incluso a las más terribles, seguirían siendo aplicables, puesto que son como llaves maestras que abren todas las puertas, precisamente porque son meras formas de debate, no tienen contenido propio. Con estas personas, el diálogo moral es imposible, porque su mente está infraformada, aunque conozcan todos los secretos de la edición de vídeo y de la fotografía y las redes sociales; y porque su corazón sigue en una fase de desarrollo prácticamente infantil, cuando no directamente embrionaria, con el sobrepeso de hábitos de terrible efecto en el alma, como hemos mencionado.

Mientras tanto, sus padres, sus vecinos, sus familiares, trabajan de sol a sol para pagar la sanidad pública, las pensiones o las carreteras; hablan de eso que estos jóvenes desprecian tanto y que indirectamente contribuyen a envilecer (la política); y en muchas ocasiones los mantienen en sus casas o los reciben en las mismas cuando se les termina el dinero y tienen que «dar de comer a los cerdos», como decía la parábola bíblica.

Mientras tanto también, los artistas se mueren de hambre, el paro juvenil crece y se dispara cada vez más, la violencia aumenta, las empresas se marchitan, las pensiones peligran, la corrupción campa a sus anchas, y la democracia se debilita cada día más. Pero Tik-tok crece y crece. Y Onlyfans ya mueve más dinero que el presupuesto de educación de muchos países.

¿Hasta cuándo? Y sobretodo, ¿hacia dónde nos llevará este camino?

Solo el tiempo lo dirá. Pero yo al menos no quiero contribuir a todo esto. Amo demasiado la literatura, una de las grandes olvidadas de este tiempo de frivolidad y locura, como para sumar mi granito de arena en este camino de autodestrucción. Conmigo que no cuenten.

Los escritores resistiremos. Seremos La Resistencia, la de verdad, la que no gana dinero diciéndolo, la que se tiene que esconder para sobrevivir, la que solo tiene pasado y esperanza. Pero resistiendo venceremos. Cuando pase el apocalipsis hacia el que esta sociedad del onlytok se dirige, seguiremos aquí; y entonces crearemos una sociedad de cervantes, de shakespeares o de kiplings. Que nadie lo dude.

Eurocopa de fútbol

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Resumo lo visto hasta ahora:

Italia: buen reinventándose, pero todavía es pronto para saber de qué es capaz. La defensa tiene demasiados años.

Turquía: la vieja gloria es solo eso: vieja.

Gales: cero. Ni Bale.

Suiza: algo más de cero, pero poca cosa.

Dinamarca: susto con Eriksen, y el resto es historia.

Finlandia: no se puede sacar nada del partido con Dinamarca.

Bélgica: muy en forma y mucha calidad. Favorita.

Rusia: otra que ha tenido tiempos mejores. Incógnita total. Demasiados nombres nuevos.

Inglaterra: parece que confían en sí mismos.

Croacia: pasado, sin renovación.

Austria: poco recorrido en ataque, depende demasiado de Alaba.

Macedonia: lucha y espíritu de competición, pero poca calidad.

Hasta ahora, Italia y Bélgica parecen más preparadas. Pero se está viendo poco fútbol en general.


Hablemos

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Iniciamos nueva sección del blog, amigos.

Si bien últimamente no estamos teniendo tantas colaboraciones, posiblemente por el aumento de las actividades de nuestros colaboradores habituales, las ideas no se me terminan. Soy un alma irreductible. Hay días que pienso en dejarlo todo, y olvidarme del blog, y tirar la toalla. Pero luego me doy cuenta de que no hay ninguna toalla que tirar, que no lucho contra nadie, que no tengo que vencer ni superar a nadie, sino que hago exacta y justamente porque me gusta, porque me apetece. Aunque nadie me leyera, yo seguiría publicando artículos en mi blog. ¿Sabéis por qué? Porque en esta plataforma he encontrado la manera de expresar todo aquello que articula y compone, que ocupa y que obsesiona, mi pensamiento diario; y he hallado la vía de escape para mi tremenda e inquebrantable pulsión verbal, el ansia, yo diría que incluso obsesión, por manifestar el bullicio tremendo de mi espíritu.

Así que iniciamos nueva sección, que he titulado Hablemos, de periodicidad totalmente indeterminada, en la que tengo intención de ofrecer breves comentarios a cuestiones de cualquier ámbito de la vida y de la sociedad, que merezcan mi atención. Será, por tanto, una sección de opinión, casi una «carta del director», si bien no llegaría a editorial, porque este blog aún no es un medio de comunicación o una plataforma cultura independiente de su propio creador. Cada uno de los que aquí escribe, como Ariana Lee, como Jenny Mbuña, como SJ, como Óscar Green, como Lorena Veliz, como tantos otros, lo hacen desde la absoluta libertad creativa, pero no formamos un equipo, ni ganamos dinero con esto y, por supuesto, lo hacemos porque nos apasiona, nada más.

En esta nueva sección os dejaré píldora de mi propio pensamiento, de mis temores, de mis inquietudes, puede que incluso de mis vaivenes emocionales. Tomáoslas como lo que son: son granadas mentales para provocar un incendio, que tendréis que alimentar dentro de vosotros con vuestra propia reflexión. No voy a hacer yo todo el trabajo por vosotros.

¿Y qué tenemos hoy en «Hablemos»? Aunque os sepa a poco, os voy a contar algo que para mí tiene mucho valor: acabo de comerme mi primer helado en mucho tiempo. Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que tomé un helado. Ha sido un minicono de galletas Oreo. ¡Estaba delicioso! Pero nunca he sido degustador de helados, ya me entendéis. Nunca me agradaron. ¿Sabéis por qué? Porque me hacían daño; es decir, el frío hacía que me dolieran mucho las encías. Siempre he tenido las encías muy sensibles. Ha sido así porque padezco una enfermedad rara de nacimiento, llamada Displasia ectodérmica hipohidrótica, que me hizo nacer sin dientes (sin dientes para siempre, entiéndase), sin cuero cabelludo en parte de la cabeza, y sin pelo en muchas partes del cuerpo. Por ejemplo, en las piernas y en los brazos apenas tengo. En la ingle tengo algo más (no mando fotos jeje), y en el pecho, muy ralo. Por fin, apenas tengo barba. Esto estaría bien si fuera equilibrado, pero que te salgan cuatro pelos en un centímetro cuadrado, y dos en el resto no es agradable de ver.

Me tomaron como un conejillo de indias para investigar mi enfermedad, durante los primeros años de mi vida, en un hospital famoso de España. Luego me mandaron a la mierda. Nadie se preocupó por mí. El sistema no me amparaba. He estado sin dientes hasta que me he podido endeudar de por vida para ponerme unos implantes. Sigo sin pelo, por cierto. A otros les pagan el cambio de sexo. A mí no me pudieron pagar unos dientes para comer. Es el país que nos dimos. Quise cambiarlo, pero no me dejaron. Supongo que no tengo la maldad que hace falta para ser político.

Hoy, después de mucho tiempo, me he comido un helado. ¡A vuestra salud! Comer helados debería ser un derecho humano fundamental. ¿Qué os parece?

La muerte de Anna y Olivia

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La muerte campea a sus anchas en el mundo.

El mal existe.

Los malvados existen, y tienen rostros conocidos.

Hay quienes no desean verlo, porque en el fondo, debajo de todos sus discursos buenistas, tienen miedo. Y el miedo atonta, y el miedo confunde, y el miedo llega incluso a cambiar la forma de pensar de la gente, en un fenómeno que ya está muy estudiado en la psicología, que no analizaremos aquí, pero que lleva a ver el mundo tal como el miedo nos dicta, para aplacarlo, para no ser dominados por él, aunque, en la realidad, externa a nuestro cerebro, ese mundo no se parezca nada a nuestras ilusiones.

Hay personas malas. Muchas más de las que creemos. En esencia, cualquier persona es susceptible de convertirse en una asesina, si se dan las circunstancias. Esto lo demuestra el reciente «crimen de Güímar», en que un padre, presuntamente, ha matado a sus dos hijas pequeñas, de 1 y 6 años respectivamente, con el solo fin de hacer daño a su madre, que se había separado de él. Ese padre se llama (o se llamaba, porque aún no ha sido hallado, y no se descarta que se haya suicidado) Tomás Gimeno, un joven empresario de Tenerife, un tipo de los que uno ve en una foto y dice que es guapetón y parece simpático. Ese hombre al que hemos visto feliz en varias imágenes con sus hijas es hoy el único y principal sospechoso de haber matado a sus dos hijas, Olivia, de 6 años, y Anna, de apenas 1, y de haber intentado hacerlas desaparecer arrojándolas al fondo del mar. Como un pirata.

Desgraciadamente, Olivia ya ha aparecido muerta a más de 1000 metros de profundidad, metida en una bolsa atada a un ancla. Había otra bolsa, pero estaba vacía, nos han dicho. Quizás en ella estaba Anna, la pequeña. Quizás los peces o las corrientes se la han llevado.

Triste historia que se repite más de lo que creemos. Un supuesto más de un padre/madre/cuidador que mata a sus propias criaturas por odio, por venganza, por deseo de dañar pura y simplemente. En los últimos años, ha habido otros casos que han estremecido a la sociedad: el asesinato del niño Gabriel por Ana Julia Quezada, la pareja de su padre; la muerte de la niña Asunta a menos de sus padres adoptivos, Rosario y Alfonso; el asesinato de Ruth y José por su propio padre, José Bretón (que los mató y luego los quemó); o el más terrible aún de las pequeñas Amaya y Candela por parte de su padre, David Oubel, que las degolló con una radial (hay que ser cruel y sangriento). La lista sigue. Continúa.

Solo quería hacer algunas reflexiones sobre estos caos, motivadas por el más reciente de ellos, el de Tomás Gimeno.

En primer lugar, es bueno que la sociedad siga indignándose y asustándose ante tales crímenes. Esto es una buena señal, porque indica que la sociedad no está tan corrupta como para transigir y tolerar, como si tal cosa, estos filicidios, que estremecerían al más frío de los hombres. Indica que son raros, excepcionales, inhabituales, y es algo de lo que tenemos que felicitarnos. No hemos llegado a tal grado de degradación que este tipo de actos horrendos se convierta en algo normal, que llegue incluso a adormecer nuestra moralidad. Y que haya un desprecio social, un rechazo frontal, que la sociedad «se detenga», de alguna manera, es un buen síntoma; un elemento que manifiesta que la salud ética de la sociedad y su respeto por la vida se mantienen intactos.

En segundo lugar, me preocupa que, en muchos de estos casos, había indicios previos de lo que iba a suceder. Había amenazas expresas emitidas por los criminales. Había incluso malos tratos, palizas, enfrentamientos con otras personas, juicios, denuncias, como en el caso de Tomás Gimeno, quien poco antes había propinado una serie de golpes a la actual pareja de su ex mujer, e incluso había arrastrado a esta por un aparcamiento. Pero nadie tomó en serio esas amenazas. Ni siquiera la madre de las niñas. Tampoco la policía. ¿Por qué? Esa es mi pregunta. Sé que es fácil juzgar a toro pasado, pero me preocupa que toleremos las amenazas y no pongamos los medios adecuados; especialmente me preocupa que no se persiga y se castigue a los agresores, sean hombres o mujeres, y que su condena dependa de que la víctima interponga una denuncia. También llamo a las autoridades a mejorar los protocolos de actuación de la policía y a dotarles de más medios y recursos. Tienen que ser capaces de adelantarse a los asesinos. Tienen que poder perseguir las amenazas con todas las garantías.

No voy a poner una foto de las niñas. Aquí no hacemos eso. Por respeto, y hasta en homenaje a ellas. Ni tampoco voy a poner una foto del criminal. Por la misma razón. Solo apelo a vuestra sabiduría y a vuestro sentido moral. No permitamos que estas cosas ocurran otra vez. Si seguimos así, algún día, un político loco propondrá que el Estado nos arrebate a nuestros hijos al nacer y los tutelen y críen funcionarios, para que ningún padre pueda volver a matar a sus hijos impunemente; y entonces pagarán justos por pecadores, como siempre. Pongamos remedio antes de que suceda. Creemos una sociedad más justa, más libre y menos tolerante con «pequeños» delitos como las amenazas o los insultos, porque los grandes crímenes empiezan por cosas pequeñas.


La labilidad del escritor

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No hay tierra firme.

Yo no sé si alguno de vosotros me va a entender, amigos míos. Perdonad si consiento a veces pensamientos que me condenan a sentirme aislado del mundo, que me obligan a verme a millones de años luz de los demás, aunque sus cuerpos estén al lado. Reconozco que hay días que me puede la soledad de una forma radical. Antes, cuando era muy joven, al contemplarme en este estado interior, cedía fácilmente ante la desolación, pero en mi madurez dichas premisas finalizan normalmente en una conclusión diferente: me siento especial.

Quizás creáis que es una forma de autoconsolarme, o el paroxismo de cierta ceguera interior, o la vanidad del escritor. Quizás tengáis razón, no debatiré con vosotros sobre esto. Sin embargo, yo he meditado mucho sobre ello y que creo que no es una cuestión tan sencilla como para ser resuelta con tan precipitados juicios. Tampoco me hallo preparado académica ni científicamente para componer un diagnóstico elaborado sobre mi situación psicológica, pero sí intentaré exponeros de modo ordenado la dirección, sentido y caudal de algunos de esos ríos interiores que corren por mi mente.

Madurez

Lo primero que quiero dejar claro es que soy una persona solitaria. Ya sé que algunos os extrañaréis por esto, pero toda mi sociabilidad ha sido producto de un largo y duro aprendizaje, sobre todo en mi juventud, que he interiorizado de una manera exitosa, por el cual un carácter difícil, a veces agresivo, no siempre expansivo ni generoso, adquirió la convicción de que los demás eran importantes y semejantes a mí, aprendió a convivir con sus defectos y a comprender sus sentimientos; se percató del poder de los pequeños detalles de amor y cortesía, se deleitó en la satisfacción de conectar con los demás a través de esos detalles, y empezó así, poco a poco, pero sin miedo, a salir de su encierro original y abrir las ventanas al aire fresco. A lo largo de estos años, he pasado de ser un adolescente inseguro, egocéntrico y agresivo, a un hombre tranquilo, afable y de convicciones fuertes, pero no inmóviles ni petrificadas. Este avance (que posiblemente sea semejante a de muchísimas otras personas) ha tenido una importante variante en cómo vivo mi propia ansia de soledad. Porque sí: sigo siendo un hombre solitario. Cuando entrego mi compañía a una persona, es porque esa persona es importante para mí. A veces los demás no lo valoran. Pero mi amistad no la entrego a cualquiera. No porque yo valga más, sino porque deseo estar solo, en lo más hondo de mí, y este deseo no me produce malestar, sino placer. Ahora, en mi madurez, la soledad ya no deprime. Ahora me fortalece. Y cuando busco a mis amigos, a mis familiares, no es mi carencia y mi necesidad las que los buscan, sino mi amor libre y desinteresado. He comprendido que puedo actuar así y que hacerlo me hace más feliz.

Labilidad

Pero tengo mis días… Normalmente, son más grises que luminosos. Entre los grises, también se depositan algunos negros. Es más, hablamos de días, pero es una división temporal artificial y caprichosa, que no responde a la realidad. En mi caso, los estados de ánimo pueden variar desde lo más bajo a o más alto, y viceversa, en apenas unas horas. Paso noches terribles. Y cuando llega la mañana, me veo capaz de comerme el mundo. La tarde, acaso, me arrebata la energía y me entenebrece la mirada, pero antes de dormir puede que me ría a carcajadas. No, no estoy loco. Sufro de labilidad emocional. Siempre lo he sufrido.. Es ahora cuando lo sé. Ahora me entiendo. Y no es fácil, os lo aseguro. Es una carga pesada. Me obsesiono con problemas reales o ficticios. Pierdo horas de sueño. Descanso mal. Padezco, y mucho. Luego, tengo momentos de euforia, en que me parece que puedo con todo y que voy a conseguir cualquier cosa que me proponga. Soy una batidora de estados de ánimo. Y no estoy hablando de días buenos y malos, esos los tenemos todos. Estoy hablando de llorar sin motivo, o de reír en medio de la noche; de odiar y de amar con cinco minutos de interludio; de querer rendirse y de sentirse imbatible en la misma frase.

¿Sabéis lo que me salva? Que he aprendido a soportarme, a tener paciencia, a no hacerme demasiado caso. He desarrollado la capacidad de mantenerme estable dentro del caos. Ponerme objetivos por escrito y compararme con situaciones externas de otras personas me ha ayudado. Tomar distancia respecto de uno mismo es esencial.

¿Sabéis por qué me viene bien? Porque estos rápidos emocionales me ayudan a entender mejor a los demás, y también a escribir. Siempre he sabido tener empatía con mis propios personajes.

Aquí lo dejo. No puedo decir más hoy. Otra de las características de mi personalidad es que esta continua tormenta interna me impide estar concentrado durante largos periodos continuos. Al final, lo que podía ser una limitación se ha convertido en una forma de trabajar. He transformado el obstáculo en un escalón hacia lo alto. Pero de esto, os hablaré otro día.

Me vuelvo a mi soledad.