«Mi vida es una mierda»

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El son de los desesperados. La canción de los tristes. La antífona de los frustrados.

La gran mentira.

Todos se quejan. Todos lloran. Unos acusan a otros, y estos repiten sus lamentaciones. Como niños enfadados en la plaza, se tiran piedras mutuamente, y las piedras van acompañadas de desprecios, maledicencias, calumnias y humillaciones. Se condenan unos a otros, cargándose la responsabilidad de la suerte de sus días, al poner sobre las espaldas de los demás la fortuna de las propias decisiones.

Así, muchos caminan por la vida siempre lanzando su veneno sobre las mentes de los demás, a quienes consideran artífices de su desgracia. Si el otro tiene un buen coche y yo no, es culpa suya. Si el otro tiene un buen trabajo y yo no, es culpa suya. Si el otro tiene unos hijos bien educados y yo no, es culpa suya. Si el otro tiene buena salud y yo no, es culpa suya. Los demás siempre tienen la culpa. Los demás me lo deben. Yo tengo derecho a que los demás me otorguen la tranquilidad, el éxito, el reconocimiento, la felicidad… Si no consigo algo, es por culpa de los demás: de mi vecino, o de mi familia, o de mi jefe, o del alcalde, o del gobierno… ¡Ellos deben concederme todo lo que pida! ¡Yo tengo derecho a que me cuiden! Y que sepáis que nunca estaré satisfecho: si no quieren que les diga lo culpables que son, deben esforzarse continuamente por saciar mi sed infinita de más derechos.

«Mi vida es una mierda, y el infierno son los otros».

Pues va a resultar al final que sí…

Tu vida es una mierda. Sí, es cierto. Es una mierda. Así de claro.

Pues quédate tu mierda para ti y déjame en paz. No te conozco, y no tengo nada que ver contigo. Y si te conozco, me da igual. Naciste desnudo como yo. Tienes dos ojos, dos brazos y un cerebro, como yo. Búscate la vida. Lucha. Pero no para que te reconozcan, sino para ganarte el respeto y el reconocimiento de los demás. O para burlarte de su reconocimiento, que es la mejor forma de ser reconocido. Pero en ningún caso me eches a mí la culpa de tu fracaso. Tu fracaso es tuyo. Solo tuyo. Vive con ello. Porque no hay ningún hombre que no fracase muchas veces. Pero cada uno debe cargar con su propia cruz.

Tu vida es una mierda.

Cómete la mierda y aprende a sacar de ella algo que valga la pena.

Aprende del escarabajo o de la mosca. Comen los excrementos de los demás, y son capaces de volar. ¿Cuándo volarás tú?

Tu vida es una mierda.

¡Pues cámbialo, joder!


Clásicos: La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne

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Queridos amigos de Somnia:

Hoy venimos a recomendaros este gran clásico de la Literatura Universal, escrito por ese precursor y auténtico profeta de la ciencia, como fue Julio Verne, que ha hecho correr ríos de tinta y que ha inspirado muchas películas y series de animación, como la serie mítica de nuestra infancia que produjo BRB Internacional, en la que Phileas Fogg se convirtió en Willy Fog, y Picaporte, en Rigodón.

Pero La vuelta al mundo en ochenta días es mucho más que eso. Es una novela trepidante, divertida, peculiar, inteligente, evocadora.

Y como muestra, os dejo a continuación su comienzo, que es uno de esos comienzos made in Verne, ricos en imágenes, realistas a la par que delirantes, y llenos de tonalidades ocultas bajo la aparente seriedad de su serena y elegante prosa. Que lo disfrutéis. Y, sobre todo, no dejéis de adquirir el libro en cualquier librería, o de pedirlo prestado en una biblioteca. Os va a encantar. Es uno de esos libros que se leen de corrido y con ansiedad, porque atrapa desde el primer momento.


<<Capítulo primero  

En el año 1872, la casa número 7 de Saville-Row, Burlington Gardens —donde murió Sheridan  en 1814— estaba habitada por Phileas Fogg, quien a pesar de que parecía haber tomado el partido de  no hacer nada que pudiese llamar la atención, era uno de los miembros más notables y singulares del  Reform Club de Londres.  

Por consiguiente, Phileas Fogg, personaje enigmático y del cual sólo se sabía que era un hombre  muy galante y de los más cumplidos gentlemen de la alta sociedad inglesa, sucedía a uno de los más  grandes oradores que honran a Inglaterra.  

Decíase que se daba un aire a lo Byron —su cabeza, se entiende, porque, en cuanto a los pies,  no tenía defecto alguno—, pero a un Byron de bigote y patillas, a un Byron impasible, que hubiera vivido  mil años sin envejecer.  

Phileas Fogg, era inglés de pura cepa; pero quizás no había nacido en Londres. Jamás se le  había visto en la Bolsa ni en el Banco, ni en ninguno de los despachos mercantiles de la City. Ni las  dársenas ni los docks de Londres recibieron nunca un navío cuyo armador fuese Phileas Fogg. Este  caballero no figuraba en ningún comité de administración. Su nombre nunca se había oído en un colegio  de abogados, ni de en Gray’s Inn. Nunca informó en la Audiencia del canciller, ni en el Banco de la Reina,  ni en el Echequer, ni en los Tribunales Eclesiásticos. No era ni industrial, ni negociante, ni mercader, ni  agricultor. No formaba parte ni del Instituto Real de la Gran Bretaña ni del Instituto de Londres, ni del  Instituto de los Artistas, ni del Instituto Russel, ni del Instituto Literario del Oeste, ni del Instituto de  Derecho, ni de ese Instituto de las Ciencias y las Artes Reunidas que está colocado bajo la protección de  Su Graciosa Majestad. En fin, no pertenecía a ninguna de las numerosas Sociedades que pueblan la  capital de Inglaterra, desde la Sociedad de la Armónica hasta la Sociedad Entomológica, fundada  principalmente con el fin de destruir los insectos nocivos.  

Phileas Fogg era miembro del Reform-Club, y nada más.  

Al que hubiese extrañado que un gentleman tan misterioso alternase con los miembros de esta  digna asociación, se le podría haber respondido que entró en ella recomendado por los señores Baring  Hermanos. De aquí cierta reputación debida a la regularidad con que sus cheques eran pagados a la  vista por el saldo de su cuenta corriente, invariablemente acreedor.  

¿Era rico Phileas Fogg? Indudablemente. Cómo había realizado su fortuna, es lo que los mejor  informados no podían decir, y para saberlo, el último a quien convenía dirigirse era mister Fogg. En todo  caso, aun cuando no se prodigaba mucho, no era tampoco avaro, porque en cualquier parte donde  faltase auxilio para una cosa noble, útil o generosa, solía prestarlo con sigilo y hasta con el velo del  anónimo.  

En suma, encontrar algo que fuese menos comunicativo que este gentleman, era cosa difícil.  Hablaba lo menos posible y parecía tanto más misterioso cuanto más silencioso era. Llevaba su vida al  día; pero lo que hacía era siempre lo mismo, de tan matemático modo, que la imaginación descontenta  buscaba algo más allá.  

¿Había viajado? Era probable, porque conocía el mapamundi mejor que nadie. No había sitio, por  oculto que pudiera hallarse del que no pareciese tener un especial conocimiento. A veces, pero siempre  en pocas breves y claras palabras, rectificaba los mil propósitos falsos que solían circular en el club  acerca de viajeros perdidos o extraviados, indicaba las probabilidades que tenían mayores visos de  realidad y a menudo, sus palabras parecían haberse inspirado en una doble vista; de tal manera el  suceso acababa siempre por justificarlas. Era un hombre que debía haber viajado por todas partes, a lo  menos, de memoria.  

Lo cierto era que desde hacía largos años Phileas Fogg no había dejado Londres. Los que tenían  el honor de conocerle más a fondo que los demás, atestiguaban que —excepción hecha del camino  diariamente recorrido por él desde su casa al club— nadie podía pretender haberlo visto en otra parte.  Era su único pasatiempo leer los periódicos y jugar al whist. Solía ganar a ese silencioso juego, tan  apropiado a su natural carácter, pero sus beneficios nunca entraban en su bolsillo, sino que figuraban por  una suma respetable en su presupuesto de caridad. Por lo demás —bueno es consignarlo—, mister  Fogg, evidentemente jugaba por jugar, no por ganar. Para él, el juego era un combate, una lucha contra  una dificultad; pero lucha sin movimiento y sin fatigas, condiciones ambas que convenían mucho a su  manera de ser.  

Nadie sabía que tuviese mujer ni hijos —cosa que puede suceder a la persona más decente del  mundo—, ni parientes ni amigos —lo cual era en verdad algo más extraño—. Phileas Fogg vivía solo en  su casa de Saville-Row, donde nadie penetraba. Un criado único le bastaba para su servicio. Almorzando  y comiendo en el club a horas cronométricamente determinadas, en el mismo comedor, en la misma  mesa, sin tratarse nunca con sus colegas, sin convidar jamás a ningún extraño, sólo volvía a su casa  para acostarse a la media noche exacta, sin hacer uso en ninguna ocasión de los cómodos dormitorios  que el Reform-Club pone a disposición de los miembros del círculo. De las veinticuatro horas del día,  pasaba diez en su casa, que dedicaba al sueño o al tocador. Cuando paseaba, era invariablemente y con  paso igual, por el vestíbulo que tenía mosaicos de madera en el pavimento, o por la galería circular  coronada por una media naranja con vidrieras azules que sostenían veinte columnas jónicas de pórfido  rosa, Cuando almorzaba o comía, las cocinas, la repostería, la despensa, la pescadería y la lechería del  club eran las que con sus suculentas reservas proveían su mesa; los camareros del club, graves  personas vestidas de negro y calzados con zapatos de suela de fieltro, eran quienes le servían en una  vajilla especial y sobre admirables manteles de lienzo sajón; la cristalería o molde perdido del club era la  que contenía su sherry, su oporto o su clarete mezclado con canela, capilaria o cinamomo; en fin, el hielo  del club —hielo traído de los lagos de América a costa de grandes desembolsos—, conservaba sus  bebidas en un satisfactorio estado de frialdad.  

Si vivir en semejantes condiciones es lo que se llama ser excéntrico, preciso es convenir que algo  tiene de bueno la excentricidad.  

La casa en Saville-Row, sin ser suntuosa, se recomendaba por su gran comodidad. Por lo  demás, con los hábitos invariables del inquilino, el servicio no era penoso. Sin embargo, Phileas Fogg  exigía de su único criado una regularidad y una puntualidad extraordinarias. Aquel mismo día, 2 de  octubre, Phileas Fogg había despedido a James Foster, por el enorme delito de haberle llevado el agua  para afeitarse a 84 grados Fahrenheit en vez de 85, y esperaba a su sucesor, que debía presentarse  entre once y once y media.  

Phileas Fogg, rectamente sentado en su butaca, los pies juntos como los de los soldados en  formación, las manos sobre las rodillas, el cuerpo derecho, la cabeza erguida, veía girar el minutero del  reloj, complicado aparato que señalaba las horas, los minutos, los segundos, los días y años. Al dar las  once y media, mister Fogg, según su costumbre diaria debía salir de su casa para ir al Reform-Club.  

En aquel momento llamaron a la puerta de la habitación que ocupaba Phileas Fogg.  El despedido James Foster apareció y dijo:  

—El nuevo criado.  

Un mozo de unos 30 años se dejó ver y saludó.  

—¿Sois francés y os llamáis John? —Le preguntó Phileas Fogg.  

—Juan, si el señor no lo lleva a mal —respondió el recién venido—. Juan Picaporte1, apodo que  me ha quedado y que justificaba mi natural aptitud para salir de todo apuro, Creo ser honrado, aunque, a  decir verdad, he tenido varios oficios. He sido cantor ambulante, he sido artista de circo donde daba el  salto como Leotard y bailaba en la cuerda como Blondín; luego, al fin de hacer más útiles mis servicios,  he llegado a profesor de gimnasia, y por último, era sargento de bomberos en París, y aún tengo en mi hoja de servicios algunos incendios notables. Pero hace cinco años que he abandonado la Francia, y  queriendo experimentar la vida doméstica soy ayuda de cámara en Inglaterra. Y hallándome  desacomodado y habiendo sabido que el señor Phileas Fogg era el hombre más exacto y sedentario del  Reino Unido, me he presentado en casa del señor, esperando vivir con tranquilidad y olvidar hasta el  apodo de Picaporte.  

—Picaporte me conviene —respondió el gentleman—. Me habéis sido recomendado. Tengo  buenos informes sobre vuestra conducta. ¿Conocéis mis condiciones?  

—Sí, señor.  

—Bien. ¿Qué hora tenéis?  

—Las once y veintidós —respondió Picaporte, sacando de las profundidades del bolsillo de su  chaleco un enorme reloj de plata.  

—Vais atrasado.  

—Perdóneme el señor, pero es imposible.  

—Vais cuatro minutos atrasado. No importa. Basta con hacer constar la diferencia. Conque desde  este momento, las once y veintinueve de la mañana, hoy miércoles 2 de octubre de 1872, entráis a mi  servicio.  

Dicho esto, Phileas Fogg se levantó, tomó su sombrero con la mano izquierda, lo colocó en su  cabeza mediante un movimiento automático, y desapareció sin decir palabra.  

Picaporte oyó por primera vez el ruido de la puerta que se cerraba; era su nuevo amo que salía;  luego, escuchó por segunda vez el mismo ruido; era James Foster que se marchaba también.  

Picaporte se quedó solo en la casa de Saville-Row>>. 


Día de poesía y meditaciones

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Amigos de Somnia:

Hay muchas razones para dedicar de vez en cuando un rato a la poesía. Pero yo solo os daré una: porque está hecha desde el corazón y para el corazón.

Hoy os invito a llevaros en vuestra tablet, en vuestro móvil, este enlace a «El Maestro de los vientos», mi obra poética, autopublicada en Amazon Kindle, que podéis leer gratis, por supuesto, si estáis suscritos a Amazon Prime. Y si no, la podéis adquirir por un precio irrisorio. Os invito a que la leáis este verano entre chapuzón y chapuzón, o en esas largas noches cálidas o tibias. No os decepcionará.

Día de pelis

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Hoy que me duele el cuello he estado viendo dos películas maravillosas. ¡Qué increíbles producciones! ¡Qué obras maestras! Dos películas de épocas en que cine era más profundo, más puro. ¡Y qué actores, qué trabajo, qué guiones! Hoy estoy volando en alas del cine.

Estoy seguro de que también las habéis visto y de que os gustan.

Titanic

Los diez mandamientos

Saludos, amigos

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Hoy me levanté temprano, me puse a hacer lo que más me gusta, lo que siempre he soñado desde que era niño, y de pronto el día tomó un color mucho más cálido de lo que esperaba.

¿No os pasa a veces que os parece que habéis vivido otras vidas, y habéis hecho cosas increíbles o terribles que ahora solo pasan como fugaces sombras ante vuestra memoria?

Pues eso me ocurre a mí: me parece que tenido ya mil nombres y he conocido ya mil mundos.

O será que simplemente mi imaginación de escritor trabaja demasiado…

No sé, en todo caso, os deseo un feliz día de sábado, estéis donde estéis de este fértil e inabarcable planeta, y que encontréis un sueño que perseguir.

Aquí os dejo unas fotos actuales. Si alguien quiere ver más, que se pase por mis redes sociales.

Mega galería del Toledo menos visitado

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Queridos amigos de Somnia:

Especial es esta publicación de hoy, porque he podido dedicar un rato lleno de cariño, deleite y sorpresa a la dulce tarea de recorrer algunos de los barrios menos visitados de la Ciudad Imperial, en una mañana de junio fresca y agradable. Quiero traeros todas las fotos medianamente valiosas que he hecho, porque seguramente que no las veréis en ningún otro sitio. Es posible que cuando visitéis Toledo tampoco recorráis estos rincones, ya que no son los habituales en las guías turísticas. Pero veréis que no solo transmiten su decadencia, sino también el reflejo de su pasada gloria. También hay alguna foto de monumentos representativos de la ciudad, aunque he pretendido que tengáis perspectivas poco usuales.

Que la disfrutéis. Pasad las fotos despacio. Dedicadle a cada una su tiempo. Fijaos en todos los detalles. Y perdonad algún desencuadre. Mi móvil tiene una buena cámara, pero mi mano no es todo lo firme que me gustaría.

También hay algún breve vídeo.

Desde Toledo, Castilla-La Mancha, en España… desde la Ciudad Imperial, la Ciudad de Piedra y Sueños, os deseo que tengáis un feliz día y un fenomenal fin de semana. Dejadme vuestros comentarios si os apetece. Y si venís por Toledo, recorreremos juntos estas callejuelas y estas plazoletas escondidas.


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Noticias de mi manuscrito

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Queridos amigos de Somnia:

Ya sabéis (y si no lo sabéis, ya va siendo hora) que estoy enfrascado en la escritura de la segunda parte de Canción Eterna, tratando de dar lo mejor de mí en cuanto a redacción, estilo, creatividad, creación de personajes, interrelación de historias, etc.

Es una tarea ardua. He estado revisando mis publicaciones en redes sociales hoy por pura casualidad, y he comprobado que en ocho meses apenas he avanzado unas cien páginas. Soy un escritor lento, pero lo peor no es mi propio ritmo creativo, sino que la escritura tiene que compartir espacio en mi vida con mi trabajo, mi familia y otras cuestiones menores. De modo que escribo menos veces de las que quisiera, siempre arrebatándole tiempo a lo demás; y cuando escribo, lo hago con menos aprovechamiento del conveniente (no es sencillo que tu mente vuele a fantasías elaboradas, si no hace más que pensar en el problema de un cliente).

Pero vamos avanzando, a pesar de todo.

Cada día un paso más. «Sic parvis magna». Se hace camino al andar.

Después del ratito de hoy, el manuscrito de la segunda parte de Canción Eterna ya tiene 677 páginas de word. Pero creedme, no son suficientes.

Aquellos de vosotros que deseéis leer el manuscrito antes de que se imprima, y conocer todos sus secretos, tenéis una fórmula mágica: por 4,95 euros lo recibiréis de manera totalmente confidencial en formato pdf. Aprovechad esta oferta y escribidme un mensaje para solicitármelo con el siguiente formulario: