Hablemos de escribir

Quiero presentaros a algunos de mis hijos literarios.

¿A cuál de ellos quiero más? Esta es una pregunta con muy mala baba, amigos míos. A un padre no se le pregunta algo así. A un creador no se le pide que escoja entre sus criaturas. Sé perfectamente que unas son más hermosas que otras, que otras son más complejas que unas, y que las hay elevadas, soberbias y grandilocuentes, y las hay sencillas, ingenuas y vulgares. Pero las amo a todas por igual. También a las menos bonitas. También a las que no nacieron, pero estuvieron en mi mente.

En esta foto no aparecen, por razones obvias, dos obras autopublicadas digitalmente, ya a la venta en Amazon y tituladas, respectivamente, Don Nadie el deseado y El Maestro de los vientos. Estas, si queréis conocerlas más de cerca, tendréis que buscarlas en Amazon, con la ventaja de que, si estáis suscritos al servicio Prime de esta plataforma, podréis leerlas gratis en vuestro aparato. Pero no estamos aquí hoy para promocionar mis obras; aquellos de vosotros que quieran leerlas (y acrecentar mi patrimonio con ello), podréis encontrarlas fácilmente. Hoy en día todo el mundo sabe buscar en internet. No os costará trabajo.

Artesianismo

Hoy estoy aquí para hablaros de mi método.

Hay personas que me dicen: «¿Cómo puedes escribir libros con todo lo que tienes encima?» No lo dicen que mala intención, sino con admiración, ya me entendéis. Hay un tono evidente de sorpresa y de fascinación en sus voces. Quieren saber cómo es posible que un hombre que trabaja en un despacho de abogados, que tiene dos hijos pequeños, que debe llevarlos o recogerlos del colegio, que tiene otras ocupaciones, pueda ponerse ante una hoja en blanco, ante una pantalla vacía, y dedicar tantas horas y esfuerzo a la tarea (para ellos interminable) de escribir historias, para que otros las leas en forma de novelas. Y escribirlas bien, podría añadir yo, pues para mí no basta con yuxtaponer frases, una tras otra, como quien vomita varias veces después de un atracón, o quien fuma un cigarrillo tras otro mientras conversa o se pasea por el barrio con el perro. ¡Oh no, amigos míos! Aquí lo importante no es contar algo, sino contarlo de cierta forma, con un adorno personal y original, que no solamente sorprenda al lector, sino que tenga la virtud de producir en él ese estado de ánimo, esa respuesta emocional que llamamos, genéricamente, «placer», pero que en materia de lectura es, ante todo, concentración, hipnosis de la mente a través de las palabras escritas. Así es como el lector se olvida de lo que hace y dónde está, y hasta de quién es, y su razón y su imaginación, ambas en conjunción, vuelan a espacios, a tiempos, a mundos, a órdenes, a dimensiones, a estados y a comprensiones que no pueden seguirse con la observación externa, sino que solo se conocen cuando se viven personalmente a través de la lectura, y en los cuales hay una auténtica disociación del yo físico y el yo material. Durante este período de tiempo, solo hay dos cosas reales: la mente de quien lee y el libro que es leído. Entre ambos ocurre un ayuntamiento mágico y tremendamente frágil que seduce con su hechizo al lector entero, y lo suspende y aleja de cuanto sucede a su alrededor. Pero para lograr este efecto no es suficiente con las palabras en sí mismas, sino que deben tener un orden, una estructura, una concordancia, y un sentido; todo ello es lo que produce esa magia. Si falla algún elemento, no hay milagro.

¿Cómo se logra ser un hechicero de las palabras y embaucar la mente de los lectores? Sinceramente, no tengo ni idea.

Pero ¿qué estoy diciendo? ¡Vaya chasco te acabas de llevar! Creías que te iba a dar la clave de todo en una frase, ¿verdad? Estabas a punto de descubrir el secreto de los grandes escritores, te iban a revelar el misterio tantos siglos encubierto e ibas a ser capaz de tomar en tus manos esa información y transformarla en una gran obra que se iba a convertir en un best-seller. Pero te acabo de decepcionar. ¡Bien! He logrado, pues, mi objetivo. Y con ello te he dado la primera lección. Si te has dado cuenta, entonces has aprendido algo.

La segunda lección no se refiere a la literatura más que indirectamente. Su objeto primordial es la vida misma y tu concepción de ella. Porque voy a decirte algo: he conocido a muchos que querían ser escritores. He conocido a muchos escritores. Y he conocido a muchos que dejaron de escribir. Pero nunca he conocido a nadie como yo. Con la excepción de dos personas solamente, las cuales no citaré aquí, y que podría decir que viven la literatura «en otro nivel diferente al mío» (ni mejor ni peor, sino diferente), podría afirmar con rubor que soy la persona más enamorada de la literatura que conozco. Admito que no he entrado en la intimidad de todo el mundo, y que a veces la imagen pública de una persona nada tiene que ver con sus actividades y sentimientos privados. Así pues, solo puedo basarme en sus manifestaciones, obras y gestos de público conocimiento. Siendo esto así, nadie me supera en mi dedicación a la literatura y nadie me iguala ni se me asemeja en mi personal forma de relacionarme con el mundo, incluyendo sobre todo a las personas que lo habitan, de pensarlo, de imaginarlo y, sobre todo, de escribirlo. He desarrollado el convencimiento de que lo más especial de mi personalidad es la capacidad de referirlo absolutamente todo a mi propia creatividad, sin necesidad de más referencias, de intermediarios, de manuales, de acompañantes… No necesito conocer todas las obras de Joseph Konrad ni las características del estilo neoclásico francés. Nada de eso es trascendental, ni siquiera necesario, para escribir y para escribir-me. He dejado atrás todo lo que se refiere a la literatura, para acabar siendo yo mismo literatura. Esta es la clave. No se trata de saber sobre, ni de aprender algo, sino de transformarse internamente en palabras, en sentimientos, en fuente de belleza y sorpresa. No sé expresarlo mejor por ahora. Pero lo que hay en mí no es amor a la literatura, en su sentido estricto, sino identificación con ella; en este sentido, en la medida en que me amo, la amo a ella; y en la medida en que la amo a ella, me amo a mí. Es como besar unos labios hermosos, que deseas y disfrutas tanto que te gustaría fundirte con ellos, y terminar perdiéndote en su color y en su forma hasta olvidarte de los tuyos, como si no pudiese haber otro aire que el que llega desde otros pulmones, ni otra saliva que la surge de otra boca. Esos otros pulmones, esa otra boca, son tan amados que se convierten en tus pulmones, en tu boca.

Llamo a esta forma de ser «artesianismo», que por extensión es también mi forma de escribir, y hasta el método (o des-método) que he desarrollado con el tiempo.

Las tres R

Si queréis saber cuáles son las claves del Artesianismo, tendréis que entrar en mi Curso de Escritura Novelística Libre, que está a vuestra disposición en mi canal de Patreon, por un precio irrisorio de 4 euros al mes. Guardo mis secretos para quienes de están interesados por ellos. Las cosas que se dan gratis muchas veces no se valoran. Solo lo que tiene un precio parece tener un valor a los ojos de los hombres.

Pero sí os daré un consejo importante: la regla de las tres R. ¿De qué se trata? Fácil. Para escribir un texto vale cualquiera. Para escribir una novela es necesario cultivar hábitos esforzados, prácticas que, aunque a veces son ásperas, resultan de lo más útil, puesto que acrecientan el valor de lo escrito y evitan errores graves:

  • Releer,
  • revisar,
  • reescribir.

Como dirían en la serie El Mandaloriano, «este es el camino».

Si queréis saber más, entrad en mi Patreon, suscribíos y empezad ya el Curso de Escritura Novelística Libre. Allí os explicaré qué es el Artesianismo, y practicaremos juntos.

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