Juguemos

Queridos amigos de Somnia,

Muchos han venido a nosotros hasta la fecha para proponernos infinidad de intereses curiosos, pero quizás uno de los más apetecibles ha sido la invitación a escribir sobre videojuegos, con el debido reconocimiento. He de confesar que este es uno de los temas que más ha llamado mi atención, no tanto porque parezca ajeno al propósito de este blog (apariencia falsa, como se verá), sino, más bien, porque quien esto escribe es uno de los niños que creció coetáneo al inicio y proliferación de la gran carrera de los videogames en los años 80 del pasado siglo; uno de los que pasó gran parte de su infancia metiendo monedas de cinco euros en las máquinas recreativas, o perdiendo el tiempo en lo que entonces llamaban en algunas ciudades y pueblos «billares», aunque lógicamente el billar, ese gran entretenimiento, digno de los mejores ingenieros, ocupaba un lugar cada vez más residual en los mismos. Uno, en definitiva, que vio el nacimiento y caída de la Spectrum, de la NES, de la Megadrive, de la Game Gear, de la Game Boy, de la Dreamcast y hasta de la Play Station original. En los 80, y especialmente en el cambio de década con los 90, estuve a la vanguardia en cuanto a juegos de recreativas se trataba. No en vano, mi familia regentaba un bar de cierto rango en aquella época. En él se instalaron tres máquinas, en las que los chicos del pueblo hacían cola para gastarse sus pagas. Mis padres apenas entendían lo que era una de estas cosas del demonio que hacían que ganáramos cuartos. Así que me dejaron a mí, con apenas diez años. Y yo era quien trataba con el técnico, quien elegía los juegos a instalar, incluso quien se ocupaba de programar en qué lugar y en qué orden se colocaban aquellos mamotretos pesados. Fueron los tiempos de Super Mario en recreativas, de Street Fighter 2, de Caveman Ninja, de Golden Axe, de Tetris… ¡Qué recuerdos!

Luego llegaron los años en que los juegos se hicieron menos sociales y más caseros, ya me entendéis. La proliferación de las consolas conllevó que los bares se vaciaran un tanto de esas ruidosas colas de críos (y no tan críos), para condenar a los padres que a soportarlos en los salones de sus hogares, a veces con el riesgo que suponía para la querida y venerada televisión, que siempre corría un considerable peligro. Con los ahorros de mi Primera Comunión, mis padres me compraron la NES, una maravillosa máquina de Nintendo que supuso para mí un enamoramiento inmediato y duradero, y a la que debo miles de horas de bien dedicada diversión. A veces nos juntábamos tres o cuatro amigos y compartíamos los mandos, y nos prestábamos los juegos, y así pasábamos las horas. En mi caso, metido en mi habitación, con una TV pequeña que me dejaron para aquellos menesteres. Mi hermano y yo teníamos suficiente.

Pero luego me ocuparon otros asuntos. Salí de casa para estudiar interno. Me olvidé un tanto de aquellas menudencias y «fútiles dispersiones». Solo regresó mi interés sobre ellas cuando ingresé en la universidad, y no del todo actualizadas, sino aferrándome a algunos juegos ya antiguos que había conocido en mi última etapa de internamiento, más por las noticias de otros que por mi propia experiencia. Juegos como el PC Fútbol, que tenía un primo mío mayor que yo; o como el primer Warcraft, que tenían unos amigos. Todos ellos, como veis en el ordenador. Y así durante unos años, y me fui quedando atrás, porque el mercado avanzaba a una velocidad permanentemente acelerada, y yo, en cambio, vivía con lo puesto y no podía permitirme adquirir juegos nuevos cada trimestre, ni tampoco cambiar de pc cuando en una larga temporada.

Fue ya con veintitantos cuando entré en contacto de lleno con la PlayStation 2, que llegó a mi casa creo que a través de mi hermano menor, o de unos amigos. Da igual. Vivíamos juntos en un piso, y éramos unos despreocupados estudiantes. Era la época dorada de aquella consola mítica, que todavía sigue siendo la que tuvo un mayor catálogo de juegos, y que marcó una era, la más vendida de todos los tiempos. Fueron buenos tiempos y buenos juegos; juegos como Pro Evolution Soccer, como Virtua Tennis, como La Tierra Media / La Tercera Edad, como Los Simpson Hit & Run, como God of War (los dos primeros), y muchos otros, de los cuales todavía conservo una buena cantidad. Fue la época de abandonar totalmente el Pc como forma de jugar con videojuegos, y entregarnos totalmente a las consolas. Primero, con la Play 2; más tarde, y también gracias a mi hermano, que la consiguió mediante un trueque un tanto desigual, con la Play 3.

¡Ay la Play 3! Aún la tengo en casa. ¡Qué maravilla! Es verdad que hacía un ruido infernal, y que se calentaba, y que la batería de los mandos duraba una mierda. Pero ¡qué juegos! ¡Qué gozada de historias nos permitió vivir! Para mí, la época dorada de la historia de los videojuegos. Yo nunca fui de tener muchos en casa, ya os habéis dado cuenta. Mis padres siempre anduvieron con poco saldo en las arcas; aunque hubiera sido mucho, sin embargo, tampoco nos habrían dado demasiado crédito. Comprábamos los juegos después de mucha meditación, pues cada uno suponía una inversión importante. Preguntábamos. Nos informábamos. Y acertamos. De entonces, recuerdo con especialísima emoción tres de ellos, por encima de cualquier otro. De estos tres, dos estarían en cualquier clasificación de los mejores juegos de la historia, da igual en qué posición. Estarían. Para mí, y para cualquiera que sepa de esto. Y de jugarlos y regularlos se asentó en mí un amor incondicional y una fascinación por algo que era superior a cuanto había visto y oído: no se trataba solo de disfrutar unas horas, sino de crear, de construir historias que llegaran al alma del jugador, que lo impactaran, que lo marcaran a fuego; en definitiva, se trataba de crear arte. Desde entonces, comprendí y valoré que había transcurrido ya y habíamos dejado atrás esa fase inicial en que los videojuegos eran meros garabatos en la pared, y que habíamos entrado en la etapa en que se hacían videojuegos no con un mero fin jovial o festivo, sino como una búsqueda espiritual y humanística que pretendía cambiar o interpelar al jugador a través del poder de las historias, de su mensaje, lo mismo que la literatura, el cine o la música. Este cambio en la industria (que, por lo demás, nunca abandonó su lado más «superficial») fue también una transformación dentro de mi propia mente, que viví estos dos juegos no tanto como juegos, sino como revelaciones, descubrimientos, de mi propia conciencia, de forma análoga a como el espíritu se ve a sí mismo a través o en el reflejo de los grandes cuadros pictóricos que representan a la Venus, a la Gioconda o las Meninas.

Estos dos juegos de los que hablo fueron, ya lo sabéis algunos, Uncharted 2 y The last of us. Pero de ellos, amigos míos, hablaré en otro momento.

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