Honra del Corpus

Queridos amigos de Somnia:

Tenemos un día más con nosotros a nuestro colaborador SJ, dispuesto a trasladarnos su particular forma de ver el mundo. Le damos la palabra, en un día tan señalado en la comunidad de Castilla-La Mancha, y en muchos otros sitios, en la fiesta del Corpus Christi (que en Toledo se celebra tradicionalmente en jueves, y en el resto de lugares, en domingo).


Honra del Corpus. Lo que nos queda.

<<Hoy es Corpus. No se dice «Hoy es el día del Corpus», ni cosas por el estilo. Hoy es Corpus. El Corpus (cuerpo, en latín) es en sí mismo un sujeto, no un atributo. Lo más apropiado sería decir «Corpus es hoy», como si el Corpus pudiera decidir cuándo ser y cuándo manifestarse, y en consecuencia hubiera decidido realizarse exactamente hoy, en este día, a pesar de que haya otros trescientos sesenta y cuatro en el año (que, por cierto, ya tienen sus propios corpores, andan sobrados de ellos).

Corpus es hoy, pues. Corpus Christi. No el corpus de cualquiera, sino el de Cristo, válgame Dios. No el corpus de los políticos, que quieren salir en la foto y para quienes estas fiestas son una molestia necesaria, que suprimirían con gusto, si ello no supusiera perder votos; tampoco el corpus de las niñas que se emperifollan para la ocasión, y estrenan trapitos nuevos; ni el de los señoritos que se peinan y se afeitan por un día, y se ajustan el vaquero para pasear; ni el de las señoras que van a la «pelu» el día anterior para lucir su rala cabellera, sus tintes y sus cremas. Tampoco el corpus de los apuestos soldados y cadetes de la afamada Academia de Infantería de Toledo, tan ufanos de su uniforme de gala y tan poco dispuestos a estos ejercicios religiosos, que deben soportar, con estoica obediencia y un poco de vanidad bien ganada, las horas inmóviles, arma en ristre, gorro bien calado, en las estrechas calles de Toledo, velando la procesión y el trajín de la muchedumbre. Los niños los miran con admiración, y las jovencitas con coquetería. Tampoco es el corpus de los turistas, que pasan a ver de lejos y a través de sus cámaras de fotos o sus móviles el «tradicional espectáculo». Porque esto es, claro está, y está bien que sea así: un espectáculo. Uno de los pocos que quedan heredados de la tradición medieval.

El Corpus Christi. No es poca cosa. Fijaos bien: el cuerpo de un hombre muerto hace dos mil años, paseado ante los ojos de la gente, metido en una «custodia»; o sea, una urna de oro y piedras preciosas, para honrarlo, pero también para que nadie lo toque. Conducir este cuerpo en ceremoniosa andanza por toda la ciudad, cantarle, ofrecerle flores, incienso, tapices, frutas… ¿Por qué? Veamos, voy a culturizaros un poco, mis queridos lectores del siglo XXI (lo que presupone que no tenéis más conocimiento de la historia que un mongol de las estepas asiáticas del siglo XI).

A ver, pongámonos en situación, amigos.

La festividad del Corpus Christi fue instituida primeramente en la diócesis de Lieja (Bélgica) en 1246-47, a consecuencia de las visiones y revelaciones de la beata Juliana de Mont-Cornillon (1193-1258), influenciada por el círculo de María de Oignies. Era entonces arcediano de Lieja Jacobo Pantaleón, que algunos años más tarde, ocupando la cátedra de san Pedro con el nombre de Urbano IV, extendió a la Iglesia universal, por medio de la bula Transiturus (8 de septiembre 1264), dicha fiesta, que debía celebrarse con gran júbilo el jueves después de la octava de Pentecostés. Y aquí tenéis la explicación de por qué se celebra hoy precisamente, el jueves 3 de junio, esta fiesta en Toledo, aunque en el resto del maldito mundo se haya trasladado al domingo, obligados por la pujante fuerza de la sociedad, para la que no somos más que diminutos engranajes del trabajo.

Aunque el cardenal Hugo de san Caro, en su legación alemanda de 1252, propagó tal actividad, no consta que se difundiese enseguida, sino a ciertas diócesis de Alemania, Hungría y norte de Francia, y a muchos monasterios cistercienses. En los misales anteriores a 1320, no se registra el oficio del Corpus Domini. Clemente V renovó en el concilio de Vienne la bula de Urbano IV, y solamente de 1317, en que Juan XXII envió a las Universidades las Decretales de Clemente V, en que se incluía la bula sobre la fiesta del Corpus Christi, empezó esta solemnidad a extenderse por toda la Iglesia.

En España, parece que fue Barcelona la primera en celebrarla, el año 1319, pues en esa fecha se hizo un pregón convocando a los vecinos para tal solemnidad. Por el mismo tiempo se introdujo en Gerona. En Vich, en 1330. Y de Valencia conocemos un pregón, por el que las autoridades, a principios de junio 1355, mandan que «de aquí en adelante, en el día de la fiesta del Corpus Christi, a honor y reverencia de Jesucristo y de su precioso cuerpo, una general y solemne procesión por la ciudad de Valencia sea hecha, en la que estén y vayan todos los clérigos y religiosos, y aun todas las gentes de la ciudad con las cruces de sus parroquias».

Y regresamos a Toledo, como vemos, siempre Toledo. Porque, según la web Corpus de Toledo, esta fiesta se celebra en la Ciudad Imperial desde 1342. Por tanto, sería incluso anterior a la institución de la misma en Valencia. Hanse cumplido, por tanto, seis siglos y setenta y nuevo años desde tal fecha. Una cifra considerable. Una cifra respetable. Una tradición verdaderamente asentada. Una tradición de las buenas. Es normal que el pueblo de Toledo viva tan apegado al Corpus. Es normal que no esté dispuesto a que se lo arrebaten, y que solo espere que pase está demónica pandemia para regresar en masa a la calle, que es donde se celebra de verdad la fiesta, todos apelotonados para ver pasar la Custodia de Arfe, una obra de arte de categoría universal, conteniendo esa pequeña hostia consagrada que dicen es el auténtico Corpus Christi encarnado. Ante tal profesión, puedes hacer muchas cosas, desde la devoción y la adoración hasta la negación y el desprecio. Pero lo que puedes es mirar hacia otro lado, como si no existiera. Porque lo que vivieron nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros antepasados, no es basura que merezca ser enterrada y olvidada, sino que ellos están ahí todavía, presentes, en la tradición que nos legaron, en la fe que declararon y mostraron, en la ciudad que construyeron, recorrida por todos y cada uno de sus rincones por esta locura estival, impregnada de literatura, de aromas, de imágenes espectaculares, de sudor, de espanto, de júbilo, en la que todo gira alrededor de un hombre cuyo eco resuena en los siglos, y de un pueblo cuyo espíritu se hizo tan grande, que solo el mundo entero fue suficiente para contenerlo.

¿Qué nos queda? Vivir, como siempre. Cada uno su vida. Cada uno su plan. Pero vivirlo con pasión. Con corpus. Con amor.

Y que nos dure otros seis siglos esta maravillosa tradición, uno de los días en Toledo se viste de una alegría pura y desbordante, como ninguna otra ciudad.


<strong>SJ</strong>
SJ

Hoy se nos pone histórico


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