Toledo o la alegría perdida

Somnia debe mucho a Toledo, esta ciudad milenaria y llena de recuerdos, como la memoria de un anciano viril o de una anciana vivaracha. Esta ciudad ha inspirado muchas de las páginas escritas en este blog, ha inspirado, por supuesto, muchos sentimientos y vivencias que hemos gozado caminando por sus calles, recorriendo sus rincones, descubriendo detalles nuevos que durante años han estado ahí y en los que no nos habíamos fijado; ha inspirado incluso ha inspirado una de las novelas que este servidor ha escrito (Demiurgus). Es una fuente casi inagotable de nostalgia, de historias, de anécdotas, de tradiciones, de amigos antiguos y nuevos, y de ese éxtasis extraño que contagian ciertas personas, ciertos lugares, ciertas situaciones de la vida, que por más que repitan nunca pierden del todo su magia.

¡Han sido tantos años en esta burbuja de piedra que fue llamada alegría por los musulmanes tras la conquista! A una tierna edad, apenas cumplidos los trece, salí de mi casa, dejé el hogar paterno, y tuve que acostumbrarme a valerme solo, a desarrollarme y hacerme sitio en un colectivo cerrado, no siempre fácil, a veces opaco, en cuyo seno me costó penetrar más tiempo del que imaginaba. Pero estaba en Toledo. La ciudad me apabullaba. Yo venía de un pueblo pequeño del oeste español, aislado del mundo por montañas, bosques, pantanos, pero sobre todo por ese efecto que tiene el correr de los tiempos, la menguante riqueza y la mentalidad anquilosada de las poblaciones remotas. El lugar perfecto para que los niños crezcan pensando que solo están ellos en el mundo, que el universo se reduce a unos cuantos pocos rincones, de los cuales los más remotos y peligrosos están apenas a unos kilómetros, y que nada hay más allá que valga la pena descubrir.

Cuando salí de mi tierra, pues, viví una de esas crisis personales que son típicas de hijos sobreprotegidos, que, acostumbrados a la comodidad de su ámbito familiar y a la facilidad con que consiguen todo lo que desean, llegan a creer que el mundo está a su entera disposición; esos que, tras toparse con la negativa silenciosa de una sociedad que avanza sin tenerlo en cuenta, y con la menos muda y más agresiva de quienes deben soportar su aparatosa aparición, suelen caer o hundirse en la frustración o acaban convertidos en odiadores profesionales y seres humanos de espantosa fealdad interior. Gracias a Dios, ninguna de las dos opciones ganó la batalla por mi alma y, pasado el primer susto, me fui haciendo a mi nuevo estado y a las fronteras ampliadas y cada vez mayores de mi ecosistema humano.

Terminada la educación secundaria, en mi tiempo llamada BUP, hecho el COU, me preparé la Selectividad, la saqué con una gran nota y comencé un periplo personal que terminó, en resumidas cuentas, en los pasillos de la Universidad de Castilla-La Mancha, donde cursé, como me pareció y siempre con la idea de que estaría destinado a grandes cosas, dos carreras que ni me apasionaban ni me dejaban de gustar: Derecho y Humanidades, siendo la segunda, como adivinarán quienes me suelen leer, mucho más afín a mi espíritu soñador y exaltado que la primera, enmarañada, gramatical y politizada.

Hoy he regresado durante unos minutos. No era la primera vez que lo hacía, por supuesto. Pero podéis imaginaros que los recuerdos de los años transcurridos, de los amigos ganados, de las batallas sostenidas, de las derrotas y de las victorias, pequeñas, medianas y enormes, se agolpaban en mi mente. Ni que decir tiene que el café y la tostada me han sabido a gloria, mejor incluso que entonces. Y que me habría gustado, mucho más ahora que entonces, llegar a ser profesor, como un día soñé. Acompañadme un instante a través de las fotos que os dejo a continuación, que incluyen tanto la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, como la Facultad de Humanidades.


Pero dejemos la universidad atrás. Pertenece a esa época de la vida en que todavía nos podíamos permitir soñar con ser lo que quisiéramos y en que todavía teníamos mucho por descubrir, y la anticipación de la revelación nos hacía sentir un placer mayor que el descubrimiento mismo; sensaciones hace mucho olvidadas. Porque en este caso no es cierto, a pesar de todas las sublimaciones que la mente tiende a llevar a cabo inconscientemente, que todo tiempo pasado fuera mejor. En estos años que nos toca vivir, con más madurez, con más experiencia y, sin embargo, no con menos energía, hemos aprendido que la vida es larga, que se aprende especialmente en los caminos embarrados, y que las caídas son motivos poderosos para levantarse y volver a intentarlo. Hoy la vida ya no es quizás tan inocente, tan luminosa, tan angelical, pero no por eso es menos bella, a su manera, aunque con arrugas, cicatrices y el gesto desangelado de quien ha visto de todo. Es la belleza de la paz después de la guerra, o de la paz entre las guerras, sería más exacto decir. Crecer es dejar de soñar con soldaditos, y ponerse ante la balas. Cuando estas cesan, aún queda mucho por hacer, y no se va a hacer solo.

Así, Toledo ha sido mi patio de reflexión, como un encarcelado que aprovechara las efímeras horas de sol para repasar sus actos e imaginar cómo habría sido su vida sin ellos, y qué hacen los demás tras los muros que le cierran el paso. He caminado por sus calles buscando el bullicio que solía haber, pero no lo he encontrado. La pandemia ha hecho una mella imborrable en el turismo. Las plazas y callejas, antes repletas de miradas ensimismadas, de cámaras de fotos, de gorritos de colores, de los susurros en lenguas extrañas, de las explicaciones de los guías, de paraguas y carteles raros, hoy están en silencio, solas, abandonadas. Sumésele a esto que Toledo tiene una población escasa, en su casco histórico; apenas un par de miles de personas que salen poco a la calle y que cuentan demasiados años. Así, una ciudad como Toledo sin sus visitantes es un montón de piedras muertas, un espejismo parecido a esas ciudades fantasmales que Lovecraft dibujaba en sus cuentos, como cascarones viejos que se mantienen en pie, pero en los que nadie habita desde hace miles de años, quizás en un tiempo remoto en que una maldición terrible no había caído sobre ellos.

Alegría la llamaron los musulmanes. Pero en estos aciagos meses, Toledo transmite recuerdos, nostalgia, gloria pasada… pero no alegría. Apenas algunos comerciantes quejándose de la falta de ayudas de las administraciones. Muchas tiendas que durante años contemplaron el paso del tiempo y de las generaciones, hoy cerradas. Otras, a punto de cerrar. Muchas, con un curioso cartel de protesta, o con varios. Algunos operarios preparan las calles muy modestamente para la celebración del Corpus Christi, el próximo jueves día 3 de junio, pero con tanta desgana y con tan pocos medios, que uno piensa que lo hacen solo por no perder la costumbre y para aburrirse en sus cubículos. Algún que otro paseante despistado, y varias personas que van a sus gestiones. Mirándolos a todos con la curiosidad del viajero, a pesar de que tengo las raíces hundidas en estas mismas piedras, quien esto escribe, con la cámara en la mano. Hay algo en el ambiente que, a pesar de todo, me satisface: por fin puedo hacer fotos con la tranquilidad del chopo plantado junto a la vereda, sin empujones, sin mirones, sin molestos transeúntes que se cruzan en el peor momento. Y salen algunas buenas capturas, lo admito. Al menos, espero que vosotros penséis lo mismo que yo, y que las disfrutéis. No hay mal que por bien no venga, dice el refranero. Pues eso, amigos: ahí va el bien extraído de tanto mal. Solo para vosotros. Y con esto, y un bizcocho, me callo, porque mi ciudad está triste, pero volverá a reír, os lo aseguro.

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Por cierto, espero traeros una sorpresa para el día del Corpus.

Salud a todos.

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