Y allí estaba ella

«Yo paseaba entre los viejos abedules del camino que lleva al valle. Creía que iba solo, un solitario poeta cansado, con todos los poemas agotados, recordando y olvidando viejas cosas y viejos rostros. Pero un espíritu desconocido se colocó a mi lado y me tomó la mano al caminar, en silencio. Vi lo que él veía y tuve de nuevo ante mis ojos los ojos jóvenes que yo amaba.
Entonces me dijo:
– Era bella, ¿verdad?
– Tanto como las estrellas que brillan limpias en la noche de verano -le respondí.
– Si pudieras recuperar un solo día de tu vida… -sugirió.
Yo le corté con un gesto apasionado y repliqué:
– El día que la vi por primera vez. Por ella, reviviría ese día eternamente.
Él sonrió y me preguntó:
– ¿Ya no escribes poemas?
– Un poeta no es poeta sin su musa -contesté.
– ¿Los escribirás en la otra orilla? ¿Cantarás para nosotros?
Lo miré fijamente, deteniendo mi paso, y le repuse:
– ¿Estará ella conmigo?
– Igual que el primer día, igual que el resto, y para siempre.
– Entonces puedes llevarme. Pues a eso has venido, ¿verdad, amigo?
Él asintió. Asió más fuerte mi mano.
Y todo se fundió en azul y blanco, y ya no vi más aquel paseo de abedules, ni el viejo camino polvoriento.
Y allí estaba ella».

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