Elora Dannan (fragmento 2)

Queridos amigos, dear friends:

Este es el relato que continúa el que ya os trajimos hace un tiempo, fragmento del manuscrito de fantasía que nuestra colaboradora Jennifer Mbuña está preparando, y que va a ser un exitazo, basado en las aventuras de Elora Dannan, hada de Avalon, hija del verdadero rey Arturo. Esperamos que os guste.

Si queréis ver el fragmento que antecede, solo tenéis que pinchar en este enlace:


<<Ambos gnommits se miraron sorprendidos, era extraño que un humano asomara por esos lares. Elora parecía casi exhausta, respiraba con dificultad.

—¿Estará muerta? —preguntó Gnomerto, apartándose de la puerta, temeroso,

—No, aún respira —Gnomberta la examinó posando su enorme oreja en el pecho de Elora—. Todavía está viva, ¡hay que ayudarla! —exclamó, mientras Gnomerto agitaba la cabeza negándose rotundamente a prestar ayuda a la humana.

—No, no, no y no; me niego. ¡No, señor! Es una humana y ya sabemos lo que los humanos hacen con los gnommits. Me niego a limpiar los asquerosos desagües de sus castillos.

Gnomberta puso los brazos en jarra y mirándolo fijamente, amenazante, obligó a su compañero a ir en busca de ayuda. 

—Ay…—Suspiró Gnomerto—. Pero que no se diga que no lo advertí—. Levantó un dedo agitándolo en el aire.

Gnomberta frunció el ceño y se puso las gafas de ver de cerca (empezaba a perder la vista), fijándose que Elora, que tenía un tatuaje en el brazo izquierdo: una flor de loto.

Exclamó:

—¡Es un hada!

Gnomerto se acercó, sigiloso, y movió el brazo dándole un suave toque con el pie. Gnomerto temía a los humanos. Desde que los Druidas habían usurpado el trono de Avalontia, habían usado a los gnommits como limpiadores de desagües por su menudo tamaño; cabían perfectamente por las galerías y cañerías por donde pasaban los residuos de la ciudad. Lo consideraba un trabajo deshonroso. Los gnommits antaño habían sido mineros, pero ahora las minas estaban invadidas por trasgos; no había ni una sola mina que los gnommits pudiesen explotar, pues los druidas se habían apoderado de ellas y aprovechaban los minerales que en ellas se encontraban; principalmente un metal que solo se daba en esa región y con el que se forjaban las espadas de algunos de los más fieros guerreros.

—Habrá que acudir al gran Sabio. Iré en su busca —dijo mientras daba un pequeño salto sobre Elora, pues ocupaba toda la extensión de la pequeña puerta gnommit.

Dio solo unos cuantos pasos, cien según sus cuentas, hasta la cabaña del Sabio Gnostromus. Tocó  con efusividad a la puerta del anciano, de casi quinientos años; más exactamente unos cuatrocientos noventa y nueve años, tres meses y tres días. Su pelo, antaño negro como la noche, se había vuelto blanco como la nieve, con alguna que otra calva que cubría graciosamente con un capuchón de seda. El anciano dormitaba tranquilamente, quizás soñando con alguna joven gnommit que le regalaba un par de carantoñas, pues sonreía, pícaro.

—¡Gnostromus! ¡Gnostromus! —gritaba Gnomerto mientras golpeaba la puerta.

El anciano se despertó de súbito dando un brinco en la cama, asustado por los terribles golpes en su puerta de madrugada. Farfullando, acudió al reclamo, enfilando hacia la puerta, y dando un par de zancadas abrió la puerta de golpe y exclamó:

—¡Qué! ¿Quién osa perturbar el descanso de un anciano?  —Al abrir la puerta frunció el ceño malhumorado—. ¡Maldita sea, Gnomerto! ¿En qué pensabas, insensato? Sacar a un pobre y decrépito viejo de su cómodo lecho a tales horas. A mi edad, coger estos fríos del relente de la madrugada no sienta bien a mis viejos y resquebrajados huesos.

—Discúlpeme, ¡oh gran Sabio!, pues algo ha ocurrido… —dijo cogiendo aire—. Se nos ha desplomado una humana frente a nuestra humilde casa. Una humana que al parecer es… ¡un hada! —exclamó—. Ni mi vieja ni yo sabemos qué hacer; es demasiado grande para meterla en nuestra humilde cabaña.

—¿Un hada dices? 

—Sí, sabio, tiene dibujada en el brazo una flor de loto.

photography of a woman holding lights

—¡Por las siete Diosas! Llevadla al cobertizo. ¡Rápido, sin más demora! —exclamó expectante, pues hacía más de un siglo que no se veía un hada en la región.

Gnostromus se vio en la obligación de prestarle ayuda, pues antaño las hadas habían sido las señoras del lugar. Si habían vuelto, era porque algo grave estaba ocurriendo en Avalontia. Cogió su bastón, una rama de cedro esculpida con un Rubí en la punta que guardaba en su armario. Al abrir la puerta, se sobresaltó: la piedra emitía una luz roja cegadora. Entonces lo supo: no solo era un hada, era una Diosa la que ahora necesitaba de sus conocimientos. Se apresuró a vestirse. 

Las luces de las pequeñas cabañas de la aldea gnommit fueron encendiéndose una por una y los gnommits varones más fornidos salían a toda prisa para ayudar a Gnomerto a llevar a Elora adonde el viejo Sabio le había indicado. El cuerpo de Elora se paseaba por toda la aldea seguida de unas pequeñas antorchas que al ojo humano parecerían pequeñas cerillas encendidas en las manos de cuatro dedos de las mujeres gnommits que iluminaban la comitiva. Gnostromus ya estaba en el cobertizo iluminando con velas, en la falda de una enorme roca que allí se encontraba desde que al mismo Sabio se le iluminara la conciencia de tantos conocimientos; miraba aquella roca con orgullo mientras repetía una letanía que ningún gnommit podía entender, pues no era su lengua natal. La hija de la sanadora que allí se encontraba explicó a los incautos que aquella era la antigua lengua de las siete Diosas, que ni ella misma podía traducir, pues su madre hacía ya dos veranos que había muerto y no le había dado tiempo a enseñarle aquella lengua con la que nadie ya hablaba, pues los Druidas lo habían prohibido. Los gnommits depositaron a Elora en el suelo, recubierto con pétalos de rosas rojas; y pronto, de la nada, una a una aparecían alrededor de ella unas luces blancas flotantes que la rodearon. Gnostromus se paró en la cabeza de Elora y la observó largo rato entonando aún aquella letanía que nadie entendía. Gnometrea, que había leído algo de los escritos de su madre, entendió algunas palabras que el Sabio recitaba: —Oh Dannan, Madre de Diosas, gran Creadora de Avalontia, he aquí tu hija herida, dale la fuerza, tú que la engendraste y le diste la vida.

La piedra roja del bastón del viejo se ilumino y  un bello y esculpido colgante que reposaba en pecho de Elora. La misma piedra (el Corazón de Dannan, la llamaban) de la vara del Sabio; ambas piedras se iluminaron y Gnostromus sonrío. Elora se fue despertando poco a poco. Abrió los ojos de súbito y se encontró rodeada de gnommits, y en un principio se sintió desconcertada. Los gnommits murmuraban maravillados por la belleza de la Diosa hada que tenían enfrente, hablaban entre ellos y Elora los observaba. Se sintió asustada, pues nunca había visto criaturas como esas hasta el momento que cruzó el portal, todo era nuevo para ella: los orcos, las hadas y duendes que hasta ahora había conocido solo existían en los cuentos que su madre Winifred le leía, por las noches, cuando tenía aquellas horribles pesadillas, de las cuales algunas se estaban haciendo realidad; porque Elora, entre los muchos dones que poseía, tenía el de la premonición. Dones que estaba descubriendo ahora en su edad adulta.

—¿Quiénes sois? —preguntó incorporándose para sentarse. Había calculado el tamaño de aquel pequeño cobertizo y si se levantaba seguro que rompería el humilde techo de paja que lo cobijaba.

—Tranquila, hija de Dannan, somos pequeños e inofensivos gnommits.

—Hija de Winifred, le corrijo, pequeño e inofensivo… ¿Qué has dicho que eres?

—Gnommits —Sonrió Gnostromus con cierto orgullo.

Elora enarcó una ceja y se miró las heridas que se le habían cerrado ahora su propia sangre, que se encostraba mezclada con asquerosa sangre orca.

—Lo que tu digas. ¿Qué hago aquí? ¿Y qué queréis de mí?

—Las gracias —Se oyó entre el gentío seguido de un siseo.

—¡Calla! No seas irrespetuosa —Gnomerto regañó a Gnomberta por el desavenido comentario, pero esta se hizo paso entre los demás gnommits y se dirigió hacia Elora. 

—Mira, humanoide, hada o Diosa, lo que quieras que seas, por lo menos podrías darnos las gracias por no haberte dejado al relente en esta fría y oscura noche, a merced de las bestias del Bosque Negro…—Gnomberta fue interrumpida por su esposo que hacía reverencias ante Elora, a la que le parecía muy graciosa la pequeña gnommit regañona.

—Disculpe, oh gran y poderosa Diosa—dijo Gnomerto sin dejar de hacer reverencias. Elora empezaba a sonreír.

—No soy una Diosa, semidiosa en su caso, al menos. Eso es lo que dice el mago Merlín.

—Lo sabemos, eres hija de la Diosa Dannan, madre de madres, y de Arturo Pendragón, rey de reyes —afirmó Gnostromus acercándose a ella.

—Bueno, pequeño… ¿Gnommit? Eso es lo que me han contado. Yo solo sé que hace una semana estaba a punto de tener una cita con James Vanderbilt y ahora me encuentro rodeada de ¿ratas, gatos? ¿Qué sois? —Elora no lograba diferenciar de qué clases de criaturas estaba rodeada. En cierta manera, parecían ratones, pero con un aire gatuno que le desconcertaba.

—Lo único que importa es que estás aquí. Ha llegado la que nos tiene que salvar. Ya está aquí las que tiene que devolver el esplendor a esta tierra, que antaño gozaba de risas y “riquezas”. ¡Ya está entre nosotros la Diosa!

Elora se dio cuenta que no tenía su espada con ella, miró a ambos lados donde se hallaba sentada. Se tocó la cintura y exclamó: —¡La espada! ¿Dónde está?

—Tranquila, mi señora, está aquí. —Varios gnommits la arrastraban hacia su dueña. La espada pesaba y hacían falta cuatro varones gnommits para llevarla.

—Oh gracias, pequeños. ¡Qué susto! Si la pierdo, Merlín se enfadaría mucho.

Gnostromus, emocionado, se acercó a la espada y suspiró: —Excalibur… 

La miró largo rato, recordando como él y sus amigos, el gnomo Teteo y Merlín, llevaron el hierro al dragón que se ocultaba más allá de las Montañas Doradas, para que forjara con su fuego la espada que en aquella noche fría casi al alba yacía tendida ante los pies de la única y verdadera sucesora de Avalontia>>.

closeup photo of black hilt and brown sword

Jennifer Mbuña
Jennifer Mbuña

Prolífica e inagotable

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