Extracto de «El Señor de los Anillos»

Queridos amigos:

Coincidiendo con el vigésimo aniversario del estreno de La Comunidad del Anillo en los cines mundiales, y con motivo de su reedición en servicios 4K, que se está emitiendo en muchos cines actualmente, os traemos un regalo especial: un extracto de La Comunidad del Anillo, primera parte de El Señor de los Anillos, obra del gran y magistral J. R. R. Tolkien, padre de la fantasía moderna y uno de los escritores más influyentes e importantes de la historia universal. El extracto pertenece al Capítulo segundo del Libro Primero, titulado «La sombra del pasado». Perdonad los posibles errores de edición, ha sido un arduo trabajo.

¡Que lo disfrutéis!


Extracto de La Comunidad del Anillo (Tolkien):

<<Gandalf reapareció justamente entonces, al cabo de una larga ausencia. Había estado fuera tres años, luego del banquete; después visitó brevemente a Frodo y partió una vez más. Durante uno o dos años había vuelto bastante a menudo; llegaba inesperadamente de noche y partía sin aviso antes del alba. No hablaba de sus viajes y ocupaciones y le interesaban sobre todo los pequeños acontecimientos relacionados con la salud y las actividades de Frodo. 

 De pronto las visitas se interrumpieron y hacía ya casi nueve años que Frodo no veía ni oía a Gandalf. Comenzaba a pensar que el mago no volvería y que habría perdido todo interés por los hobbits. Pero aquella tarde, mientras Sam regresaba caminando y la luz del crepúsculo se apagaba poco a poco, Frodo oyó en la ventana del estudio un golpe familiar. 

 Sorprendido y encantado, dio la bienvenida al viejo amigo. Se observaron un instante. 

-¿Todo bien, no? -preguntó Gandalf-. ¡Estás siempre igual, Frodo! 

 -Lo mismo que tú -replicó Frodo, aunque le parecía que Gandalf estaba más viejo y agobiado.  Le pidió noticias de él mismo y el ancho mundo y pronto estuvieron metidos en una conversación que se prolongó hasta altas horas de la noche. 

A la mañana siguiente, luego de un desayuno tardío, el mago se sentó junto a la ventana abierta del estudio. Un fuego brillante ardía en el hogar, aunque el sol era cálido y el viento soplaba del sur. Todo parecía fresco: el verde nuevo de la primavera asomaba en los campos y en las yemas de los árboles. 

 Gandalf recordaba otra primavera, unos ochenta años atrás, cuando Bilbo había partido de Bolsón Cerrado sin llevarse ni siquiera un pañuelo. El mago tenía el cabello más blanco ahora y la barba y las cejas quizá más largas y la cara más marcada por las preocupaciones y la experiencia, pero los ojos le brillaban como siempre y fumaba haciendo anillos de humo con el vigor y el placer de antaño. 

 Fumaba ahora en silencio y Frodo estaba allí sentado y muy quieto, ensimismado. Aun a la luz de la mañana sentía la sombra oscura de las noticias que Gandalf había traído. Al fin quebró el silencio.  -Gandalf, anoche empezaste a contarme cosas extrañas sobre mi Anillo -dijo-, y en seguida callaste diciendo que tales asuntos era mejor ventilarlos a la luz del día. ¿No piensas que sería mejor terminar la conversación ahora? Me has dicho que el Anillo es peligroso; mucho más peligroso de lo que creo. ¿En qué sentido? 

 -En muchos sentidos -respondió el mago-. Es mucho más poderoso de lo que me atreví a pensar en un comienzo, tan poderoso que al fin puede llegar a dominar a cualquier mortal que lo posea. El Anillo lo poseería a él. 

 »En tiempos remotos fueron fabricados en Eregion muchos anillos de elfos, anillos mágicos como vosotros los llamáis; eran, por supuesto, de varias clases, algunos más poderosos y otros menos. Los menos poderosos fueron sólo ensayos, anteriores al perfeccionamiento de este arte: bagatelas para los herreros de los elfos, aunque a mi entender peligrosos para los mortales. Pero los realmente peligrosos eran los Grandes Anillos, los Anillos de Poder. 

 »Un mortal que conserve uno de los Grandes Anillos no muere, pero no crece ni adquiere más vida. Simplemente continúa hasta que al fin cada minuto es un agobio. Y si lo emplea a menudo para volverse invisible, se desvanecerá, se transformará al fin en un ser perpetuamente invisible que se paseará en el crepúsculo bajo la mirada del Poder Oscuro, que rige los Anillos. Sí, tarde o temprano (tarde, si es fuerte

y honesto, pero ni la fortaleza ni los buenos propósitos duran siempre), tarde o temprano el Poder Oscuro lo devorará. 

 -¡Qué aterrador! -dijo Frodo. 

 Hubo otro largo silencio. Sam Gamyi cortaba el césped en el jardín y el sonido subía hasta el estudio. 

-¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? -preguntó Frodo por último-. ¿Cuánto sabía Bilbo?  -Bilbo no sabía más de lo que te dijo; estoy seguro -respondió Gandalf -. Ciertamente, nunca te habría dejado algo si hubiera pensado que podía hacerte daño, aunque yo le prometiera cuidarte. Pensaba que el Anillo era muy hermoso y útil en caso de necesidad, y que si había allí algo raro o que andaba mal era él mismo. Dijo que el Anillo le ocupaba cada vez más la mente, cosa que lo inquietaba; pero no sospechaba que el Anillo fuera el único culpable, aunque había descubierto que necesitaba que lo vigilaran, pues no siempre parecía tener el mismo tamaño y el mismo peso; se encogía o crecía de manera curiosa y de pronto podía deslizarse fuera del dedo. 

 -Sí, me lo recomendó en su última carta -dijo Frodo-; por eso no lo saco de la cadena.

 -Muy prudente -dijo Gandalf -. Pero en cuanto a su larga vida, Bilbo nunca la relacionó con el Anillo; se atribuyó todo el mérito y estaba muy orgulloso, aunque cada vez más inquieto y molesto. Delgado y estirado, decía. Señal de que el Anillo lo estaba dominando.

-¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? – preguntó Frodo de nuevo. 

 – ¿Saber? He sabido muchas cosas que sólo saben los sabios, Frodo. Pero si te refieres a lo que sé de este Anillo en particular, bueno, todavía no sé, podría decir. Me falta una última prueba. Pero ya no pongo en duda mis sospechas. 

 »¿Cuándo empecé a sospechar? -musitó Gandalf, recordando-. Espera… fue el año en que el Concilio Blanco expulsó al Poder Oscuro del Bosque Negro, poco antes de la batalla de los Cinco Ejércitos, cuando Bilbo encontró el Anillo. El corazón se me ensombreció entonces, aunque sin saber todavía cuáles eran mis verdaderos temores. Me preguntaba a menudo cómo Gollum había obtenido un Gran Anillo, de un modo tan simple… Esto fue claro desde el principio. Después oí la extraña historia de Bilbo acerca de cómo lo había «ganado», y no pude creerlo. Cuando al fin le saqué la verdad, entendí en seguida que había estado defendiendo sus derechos al Anillo. Algo parecido a la explicación de Gollum: «un regalo de cumpleaños». Las mentiras eran demasiado semejantes, a mi juicio, y al fin entendí: el Anillo tenía un poder nocivo que actuaba inmediatamente sobre su dueño. Fue para mí el primer aviso de que las cosas no andaban bien. A menudo le dije a Bilbo que era mejor no usar esos Anillos. Pero se ofendió y no tardó en enojarse. No había muchas otras cosas que yo pudiera hacer. Era imposible quitárselo sin causarle un daño mayor y yo tampoco tenía derecho a hacerlo, de todos modos. Sólo me restaba esperar y observar. Quizá debía haber consultado a Saruman el Blanco, pero algo me detenía siempre. 

 -¿Quién es? -preguntó Frodo-. Nunca lo oí nombrar. 

 -Quizá no -respondió Gandalf-. Nunca tuvo ninguna relación con los hobbits. Aunque es un grande entre los Sabios, el jefe de mi orden, el principal del Concilio. Tiene profundos conocimientos y un orgullo que ha crecido a la par y se toma a mal cualquier intrusión. Ha estudiado mucho la ciencia de los Anillos de los elfos y ha buscado largo tiempo los secretos perdidos de la fabricación de los Anillos; pero cuando se debatió el asunto en el Concilio lo que accedió a revelarnos casi borró del todo mis temores. Mis dudas se echaron a dormir, pero con un sueño intranquilo. Continué observando y esperando. 

»Todo parecía desarrollarse normalmente con Bilbo; los años pasaron; sí, pasaron y parecía que no lo tocaban. Bilbo no mostraba signos de vejez; la sombra cayó sobre mí nuevamente, pero me dije: «Al fin y al cabo desciende por línea materna de una familia de longevos; hay tiempo aún. ¡Espera!» »Y esperé hasta la noche en que Bilbo dejó esta casa. Bilbo dijo e hizo cosas entonces que me llenaron de un temor que ni las palabras de Saruman hubiesen podido calmar. Supe así que algo oscuro y mortal estaba operando y me he pasado la mayoría de estos años tratando de descubrir la verdad.  -No hubo ningún daño permanente, espero -inquirió Frodo con ansiedad-. Se pondrá bien con el tiempo, ¿no es así? Quiero decir, podrá descansar en paz, ¿no es cierto? 

 -Se sintió mejor inmediatamente -contestó Gandalf -. Pero hay un Poder en este mundo que lo sabe todo acerca de los Anillos y sus efectos y no hay poder conocido que lo sepa todo respecto de los hobbits. Entre los Sabios soy el único que estudia la ciencia hobbit: una oscura rama del conocimiento, pero colmada de raras sorpresas. Hay hobbits blandos como manteca, y otros resistentes como viejas raíces de árbol. Creo sinceramente que algunos podrían resistir a los Anillos mucho más de lo que la mayoría de los Sabios supone. No te preocupes por Bilbo. 

»Por supuesto, tuvo el Anillo muchos años y lo usó; la influencia tardará entonces algún tiempo en desaparecer, antes que pueda verlo de nuevo sin que le haga daño, por ejemplo. Hubiera podido seguir viviendo así largos años y muy feliz; la influencia se detuvo cuando se libró del Anillo; y él mismo

decidió dejarlo, no lo olvides. No, ya no me inquieto por el querido Bilbo, que resolvió terminar con el Anillo. Eres tú quien me hace sentir responsable. Desde la partida de Bilbo me he interesado profundamente en ti y en todos estos encantadores, absurdos y desvalidos hobbits. Si el Poder Oscuro se apoderase de la Comarca, sería un doloroso golpe para el mundo; si vuestros amables, alegres, estúpidos Bolger, Corneta, Boffin, Ciñatiesa y los demás, sin mencionar a los ridículos Bolsón, fuesen esclavizados… 

 -¿Pero por qué nos esclavizaría? -preguntó Frodo estremeciéndose-. ¿Y para qué querría esos esclavos? 

 -Te diré la verdad -replicó Gandalf -; creo que hasta ahora, «hasta ahora», grábalo en tu mente, el Poder Oscuro ha pasado por alto la existencia de los hobbits. Tendríais que estar agradecidos, pero vuestra seguridad es ya cosa del pasado. El Poder no os necesita: tiene sirvientes mucho más útiles, pero ya no olvidará a los hobbits. Le agradaría más verlos como esclavos miserables, que felices y libres. ¡En todo esto hay maldad y venganza! 

 -¡Venganza! ¿Venganza de qué? Todavía no entiendo qué tiene que ver todo esto con Bilbo, conmigo y con nuestro Anillo. 

 -Todo tiene que ver -dijo Gandalf-. Todavía no sabes en qué peligro te encuentras. Yo tampoco estaba seguro la última vez que vine, pero ha llegado la hora de hablar. Dame el Anillo un momento. 

Frodo lo sacó del bolsillo del pantalón, donde lo guardaba enganchado a una cadena que le colgaba del cinturón. Lo soltó y se lo alcanzó lentamente al mago. El Anillo se hizo de pronto muy pesado, como si él mismo o Frodo no quisiesen que Gandalf lo tocara. 

 Gandalf lo sostuvo. Parecía de oro puro y sólido. 

 -¿Puedes ver alguna inscripción? -preguntó a Frodo. 

 -No -dijo Frodo-, no hay ninguna. Es completamente liso y no tiene rayas ni señales de uso. -Bien, ¡entonces mira! 

 Ante la sorpresa y zozobra de Frodo el mago arrojó el Anillo al fuego. Frodo gritó y buscó las tenazas, pero Gandalf lo retuvo. 

 -¡Espera! -le ordenó con voz autoritaria, echando a Frodo una rápida mirada desde debajo de unas erizadas cejas. 

 No hubo en el Anillo ningún cambio aparente. Un momento después Gandalf se levantó, cerró los postigos y corrió las cortinas. La habitación se oscureció, se hizo un silencio y se oyó el ruido de las tijeras de Sam, ahora cerca de la ventana. El mago se quedó unos minutos mirando el fuego; luego se inclinó, sacó el Anillo con las tenazas, poniéndolo sobre la chimenea y en seguida lo tomó con los dedos. Frodo ahogó un grito. 

 -Está completamente frío -dijo Gandalf-. ¡Tómalo! 

 Frodo lo recibió con mano temblorosa; parecía más pesado y macizo que nunca.  -¡Álzalo! -ordenó Gandalf-, y míralo muy de cerca. 

 Frodo lo alzó y miró y vio líneas finas, más finas que los más finos rasgos de pluma y que corrían a lo largo del Anillo, en el interior y el exterior: líneas de fuego, como los caracteres de una fluida escritura. Brillaban con una penetrante intensidad, pero con una luz remota, que parecía venir de unas profundidades abismales. 

 -No puedo leer las letras ígneas -dijo Frodo con voz trémula. 

 -No -dijo Gandalf -, pero yo sí; son antiguos caracteres élficos. El idioma es el de Mordor, que no pronunciaré aquí. Esto es lo que dice en la lengua común, en una traducción bastante fiel. 

Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, 

un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas. 

 »Sólo dos versos de una estrofa muy conocida en la tradición élfica: 

Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo

Siete para los Señores Enanos en palacios de piedra. 

Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir. 

Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro 

en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras. 

Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, 

un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas 

en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras. 

 Gandalf hizo una pausa y luego dijo lentamente, con voz profunda: 

 -Este es el Dueño de los Anillos, el Anillo Unico que los gobierna. Este es el Anillo Unico que el Señor Oscuro perdió en tiempos remotos, junto con parte de su poder. Lo desea terriblemente, pero es necesario que no lo consiga. 

 Frodo se sentó en silencio, inmóvil: el miedo parecía extender una mano enorme, como una vasta nube oscura que se levantaba en oriente y que ya iba a devorarlo. – ¡Este anillo! – farfulló -. ¿Cómo rayos vino a mí? 

-¡Ah! -dijo Gandalf-. Es una historia muy larga. Sólo los maestros de la tradición la recuerdan, pues comienza en los Años Negros. Si tuviera que contártelo todo, nos quedaríamos aquí sentados hasta que acabe el invierno y empiece la primavera. 

 »Ayer te hablé de Sauron el Grande, el Señor Oscuro. Los rumores que has oído son ciertos. En efecto, ha aparecido nuevamente y luego de abandonar sus dominios en el Bosque Negro, ha vuelto a la antigua fortaleza en la Torre Oscura de Mordor. Hasta vosotros, los hobbits, habéis oído el nombre, como una sombra que merodea en las viejas historias. Siempre después de una derrota y una tregua, la Sombra toma una nueva forma y crece otra vez. 

 -Espero que no suceda en mi época -dijo Frodo. 

 -También yo lo espero -dijo Gandalf -, lo mismo que todos los que viven en este tiempo. Pero no depende de nosotros. Todo lo que podemos decidir es qué haremos con el tiempo que nos dieron. Y ya, Frodo, nuestro tiempo ha comenzado a oscurecerse. El enemigo se fortalece rápidamente y hace planes todavía no maduros, pero que están madurando. Tenemos mucho que hacer. Tendremos mucho que hacer aun cuando no mediara ese riesgo espantoso. 

 »Al enemigo todavía le falta algo que le dé poder y conocimientos suficientes para vencer toda resistencia, derribar las últimas defensas y cubrir todas las tierras con una segunda oscuridad: la posesión del Anillo Unico. 

 »Los Señores elfos le ocultaron los Tres Anillos, los más perfectos de todos y él nunca los tocó o los mancilló. Los Reyes Enanos poseían siete, de los cuales pudo recuperar tres; los otros los devoraron los dragones. Les dio nueve a los Hombres Mortales, orgullosos y espléndidos: así los engañó. Hace tiempo fueron dominados por el Unico y se volvieron Espectros del Anillo, sombras bajo la gran Sombra, los sirvientes más terribles. Hace tiempo. Pasaron años desde que los Nueve se fueron lejos y sin embargo, ¿quién sabe? La Sombra crece otra vez y ellos pueden volver, y volverán. Pero no hablaremos de esas cosas ni siquiera en una mañana de la Comarca. 

 »En resumen: ha conseguido reunir los Nueve. También los Siete, a menos que hayan sido destruidos. Los Tres permanecen todavía ocultos, pero eso ya no le interesa. Sólo necesita el Unico, pues lo fabricó él mismo, es suyo y en él dejó gran parte del poder que tenía anteriormente, cuando gobernaba a todos los otros. Si lo recupera los dominará otra vez, donde se encuentren y hasta los Tres y todo aquello que se haya hecho con estos Anillos desaparecerá del todo y él será más fuerte que nunca. 

 »Este es el terrible peligro, Frodo. Creyó que el Unico había sido destruido, que los elfos lo habían destruido, como tendría que haber sucedido en realidad. Ahora sabe que no fue así y que lo encontraron hace un tiempo. Así que no hace otra cosa que buscarlo y buscarlo, incesantemente. Vive de esa esperanza y esa esperanza es nuestro temor. 

 -¿Por qué, por qué no lo destruyeron? -exclamó Frodo-. ¿Cómo el enemigo pudo perderlo, si era tan poderoso y tan valioso para él? -Apretó el Anillo en la mano, como si ya viera unos dedos oscuros que se alargaban para robárselo. 

 -Se lo quitaron -respondió Gandalf -. El poder de resistencia de los Elfos era mayor mucho tiempo atrás; y no todos los Hombres se habían apartado de ellos. Los Hombres de Oesternesse acudieron entonces a ayudarlos. Este es un capítulo de historia antigua que sería bueno recordar, pues en aquella época había también aflicción y oscuridad crecientes pero había asimismo mucho valor y grandes hazañas que no fueron totalmente vanas. Quizás algún día te contaré toda la historia o la oirás por boca de alguien que la conozca mejor.

 »Por el momento, pues, necesitas saber sobre todo cómo el Anillo llegó aquí, lo que es bastante, no diré más. Fueron Gil-Galad, el Rey de los Elfos, y Elendil, de Oesternesse, quienes derrocaron a Sauron, aunque murieron en la lucha. El hijo de Elendil, Isildur, cortó el Anillo de la mano de Sauron y se quedó con él. Sauron fue vencido; el espíritu desapareció, ocultándose por muchos años, hasta que la Sombra tomó nueva forma en el Bosque Negro. 

 »Pero el Anillo se había perdido. Cayó a las aguas del Río Grande, el Anduin. Desapareció cuando Isildur, que iba hacia el norte siguiendo la margen este del río, fue asaltado por los Orcos de la Montaña, cerca de los Campos Gladios. Los Orcos de la Montaña mataron a casi toda su gente. Isildur se zambulló en las aguas, el Anillo se le salió del dedo mientras nadaba, y los enemigos lo vieron, y lo mataron a flechazos. 

 Gandalf hizo una pausa. -Allí, en los lagos oscuros, en medio de los Campos Gladios -continuó-, el Anillo murió para la tradición y la leyenda. Ahora sólo unos pocos conocen la historia, y el mismo Concilio de los Sabios no pudo descubrir más, pero al fin sé cómo continúa.


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