Charlemos de Canción Eterna y su mapa

Canción Eterna

Queridos amigos.

Hoy me ha venido muchas veces a la mente una frase concreta, que no creo haber escuchado recientemente, pero que se me ha clavado como una cuña en la memoria: «No hay nadie ahí al otro lado para ti». Os confieso que, durante muchos ratos, he creído que era cierta. Pero ahora pienso que no. Estáis vosotros.

Quiero enseñaros algo:

Es el mapa de Somnia, el mundo imaginario donde suceden los acontecimientos de mi novela Canción Eterna. Os pido que lo descarguéis, que hagáis una captura, lo que sea. Os recomiendo que os quedéis con él. Que lo compartáis, incluso que se lo enviéis a alguien que sepáis que tiene el libro en casa.


Ya veis que mi blog se llama como este mundo. No es por la mera coincidencia o porque me guste el nombre. ¿Sabéis por qué? Porque para mí Somnia no es solo el continente perdido donde ocurre Canción Eterna, sino que es mucho más: es mi mundo. ¿Nunca habéis tenido la sensación de que estáis fuera de lugar o de que os gustaría estar en otro sitio? Pues yo la tengo continuamente. Vivo así. Siento así. Soy así. Y me he construido un mundo imaginario, que posiblemente morirá conmigo, en el que no solamente me he refugiado yo, sino al que he llamado a otros a refugiarse. Y algunos me han oído, me han escuchado, y han aceptado mi invitación. Ahora, a través de este blog, llamado Somnia, porque es la ventana hacia mi mundo y desde mi mundo, este continente está habitado por muchas personas diferentes con muchos sentimientos parecidos, pero con personalidades variadas, que comparten algo esencial: su amor por la literatura y un cierta «insatisfacción» con la realidad que se transforma en el anhelo de «construcción» de realidades paralelas, divergentes, imaginarias, pero no menos valiosas.

Somnia tiene incluso un capítulo entero para él en mi último libro, El Maestro de los Vientos, que ya podéis adquirir en Amazon. Tiene sus colores, tiene sus músicas, tiene sus héroes, tiene sus lenguajes… Lo tiene todo, pero distinto.


¿Os gustaría uniros a mí en esta aventura? Os propongo tomar la pastilla S. No es azul ni roja ni verde ni amarilla. Es blanca y negra: el negro de la tinta sobre el blanco de la página o de la pantalla del ordenador. Es la pastilla que te llevará a Somnia y de vuelta, hasta que te duela tanto volver una y otra vez, que decidas quedarte a vivir en Somnia, que es donde yo estoy.

En cierta forma, sí es cierto que «no hay nadie al otro lado para mí», porque quiero que no estéis del otro lado, sino de este mismo lado en que yo estoy. No podéis entender bien lo que siento al escribirlo. Me gustaría acogeros a todos, abrazaros a todos, tomaros bajo mi sombra, y daros un lugar para vivir en Somnia. Es el lugar más misterioso, sorprendente e indescifrable que conozco. Pero tendréis que dar un paso adelante. Dejar fuera vuestros miedos. Lanzaros al vacío. Confiar.

Igual que Ároc confió.

Ya llegará el momento de que conozcáis a Ároc…


Canción Eterna (Célebre Editorial)

Para los que habéis llegado hasta aquí, tengo un premio, que los demás no adivinarán.

Supongo que por haberme aguantado, que no es poco. Por vuestra fidelidad. Por vuestra confianza. Y porque, si habéis llegado hasta aquí, es que queréis entrar en Somnia, aunque todavía no lo os hayáis planteado. Sois como yo. Y tenéis que estar conmigo. Así que, pasad, amigos, y dejad que vuestra imaginación vuele.

Aquí tenéis, amigos míos, habitantes de Somnia, un pequeño fragmento del manuscrito de la segunda parte de Canción Eterna. Espero que os guste.

photo of pod of dolphins

<<En el camarote del capitán, la conversación, siempre conducida por el hábil Juan, había derivado en la situación actual del país. El capitán, astuto y fino, se guardó de preguntar directamente sobre los motivos del viaje de sus invitados. Pero, palabra a palabra, gesto a gesto, había sabido llevar la reunión hasta el punto en que, inevitablemente, se había deslizado algo del secreto que ellos dudaban si guardar o descubrir. Solo Tunher, que se mantenía en silencio, había percibido que estaban a punto de hablar a las claras de su misión, de la guerra, de Ároc y del rey Roderik. Eso le parecía peligroso, pues aún creía que había cierta posibilidad de que se hallasen ante alguien hostil, o francamente al servicio de sus enemigos; alguien que, teniéndolos en lugar tan apartado y tan distinto de su especialidad como soldado, pudiese tenderles una trampa o venderlos por una sustanciosa recompensa. Tunher no sabía que el capitán Juan jamás había oído hablar de Somnia, ni de Ároc, ni del rey Roderik, de su historia ni sus ciudades, ni de Arn y sus bárbaros. Era un extranjero, totalmente ajeno al mundo que ellos conocían, y que se movía simplemente por el placer de conversar y la satisfacción de dirigir los pensamientos de los demás en un parloteo interminable. Pero esto Tunher no podía ni tenía la obligación de saberlo, porque solo era un soldado.

Por fin, asustado, le dijo:

– Capitán Juan, háblenos de usted.

Pero el capitán se quedó mirándolo, como si comprendiese sus miedos y no estuviera dispuesto a dejar huir a una presa ya casi atenazada. Se levantó de su silla, sin pedir permiso, y comenzó a andar a grandes zancadas por el camarote, con la mirada baja y las manos en la espalda. Finalmente, se detuvo de pronto junto a un estante, tomó un objeto que ninguno de ellos reconoció y lo levantó para que pudieran verlo.

– Esto es un sextante –dijo-. Sirve para que los capitanes inquietos como yo, llevados por el deseo de alcanzar gloria perdurable y de extender los dominios del emperador Carlos, nuestro señor en la tierra por la gracia del cielo, nos echemos a la mar con nuestros barcos y nuestros hombres valientes, y desafiando a los vientos y a todo tipo de elementos y enemigos, arribemos a lugares inexplorados, a tierras ricas en aventuras y hombres y mujeres que jamás oyeron hablar de nuestro poderío y de nuestra fe.

Ellos lo escuchaban estupefactos.

Juan, íntimamente feliz por haber logrado impresionar de nuevo a sus invitados con aquel recurso teatral, se acercó de nuevo a la mesa, se sentó con gesto grave, y entregando el instrumento a sus acompañantes para que lo observaran y tocaran mientras hablaba, dio comienzo a su narración:

– Os agradezco la pregunta, capitán Tunher. Evidentemente, soy un hombre vanidoso. Con el permiso de la Reina y de la princesa, dedicaré unos breves minutos a contaros mi triste historia, tan presente y real como que ahora vuestras mercedes forman parte de ella mientras se está relatando. Mi nombre completo es Juan de Ladrilleros. Desciendo de una familia de noble linaje, aunque pobre, y vengo de un reino lejano donde los hombres civilizados se encuentran bajo el mando del Rey Carlos I, Señor de España y Emperador de Alemania. Me adiestré en la vida marinera desde niño. Muy joven crucé el Atlántico, y con sólo treinta años obtuve la carta de examen de piloto de la Casa de la Contratación. Después de muchos avatares, de abandonar la vida de aventuras y de regresar a ella contra mi voluntad, me alisté bajo el mando de don García Hurtado con una flota para descubrir el Estrecho hacia el Mar Pacífico. ¡Y a fe que yo fui el primero en recorrerlo de ida y de vuelta, levantando informe conciso sobre todas las costas, canales, riberas y arrecifes que fui encontrando. Desgraciadamente, perdí a varios hombres a causa de la carestía de alimentos, de las enfermedades y del cansancio y agotamiento del viaje. No fueron menores las dificultades causadas por algunos pueblos indígenas, que lejos de recibirnos amistosamente nos atacaban con piedras y flechas cuando nos aproximábamos a los fondeaderos. De tal forma que el hambre fue mermando mi tripulación. De los ochenta y seis hombres con que partí, finalmente, antes de la gran tormenta, disponía solo de cuarenta y tres, que son los que habéis visto. Juntos, en una tarde que amenazaba lluvia, desplegamos las velas buscando la salida al Mar del Norte. El viento soplaba poderoso desde el oeste, y aunque el peligro de estrellarnos contra algún bajío oculto o algún arrecife desconocido era muy grande, las ansias de los hombres de arribar a puerto conocido, y de mí mismo, eran tan grandes, que no paramos en mientes y nos entregamos a la furia del vendaval. Mandé izar todo el velamen, y los hombres, consumidos por las largas jornadas de ayuno soportadas, gastaban sus últimas energías en ese postrer esfuerzo, que esperábamos supusiese también el tramo final de nuestro viaje. Pero no había de ser así, pues los hados o los cielos nos tenían previsto un destino que ninguno de nosotros pudo prever. Pues se desencadenó una terrible tormenta que ensombreció el cielo y desató las fuentes de los vientos. Unas olas altas como montañas se cernían sobre nuestro navío y los embestían por todas partes. Cuando una de ellas llegaba hasta nosotros por la proo o la popa, el barco se elevaba, inclinándose peligrosamente y quedaba a  nuestra vista sólo el cielo negro. Luego el océano parecía retirarse y abrirse en abismos sin fondo; y caíamos, caíamos creyendo que pronto se cerrarían nuestros ojos, anegados de sombras, ahogados bajo las aguas. Pero el barco volvía a subir, encaramado a una nueva ola, hasta que perdíamos la cuenta. Navegamos así durante un día y medio. Nos pareció una eternidad… Hasta que de pronto nos dimos cuenta de que los vientos amainaban, de que las velas, ya rotas y arrancadas en muchos puntos, se relajaban, de que las olas eran poco a poco más débiles, y de que la lluvia no caía ya con la misma intensidad. Por fin, la tormenta cesó, y el mar se descubrió a nuestra vista oscuro pero en calma. Los hombres daban gracias al cielo por haber sobrevivido. Sorprendentemente, la nave escapaba sin grandes desperfectos. Una pequeña vía de agua se abría en la bodega, y diligentemente fue sellada. El palo mayor se había quebrado; los marineros se afanaron rápidamente en despejar la cubierta y reparar las jarcias y las velas.

»Pero, ¿dónde estábamos? No había tierra firme a la vista. El cielo estaba cubierto de nubes, aunque percibíamos con claridad que era de día, no de noche. Por esta circunstancia, y a causa de las espesas nubes, no podía observar las estrellas para conocer nuestra posición. Esperé hasta la noche, pero las nubes no se disiparon. Tampoco en los seis días siguientes. Cuando ya el tercero de ellos había transcurrido casi por completo, aparecieron los grandes tiburones… ¡Ah, amigos, cuánto sufrimos aquella primera vez! Pues solíamos pescar, al caer la tarde, ayudándonos de unas rudimentarias redes, algunos peces voladores y otros especímenes que quedaban atrapados en ellas. Pero no eran pocas las ocasiones en que las redes se rompían, y nuestros marineros las reparaban apostados cara al mar. Ninguna corriente mecía el barco. La quietud era total. Tres hombres se ocupaban entre risas de coser algunas redes, como siempre, sobre la borda de babor. Estaban con las piernas tendidas hacia el mar, sin sospechar el peligro que los acechaba. Mas entonces, como una pesadilla, surgió de las aguas una gran bestia, que, de un poderoso salto sacó su cuerpo entero fuera del agua, alcanzó las piernas de uno de los marineros, y lo arrastró en su caída a las profundidades. Sin tiempo para reaccionar, otro tiburón saltó, y luego otro, y otro más, aunque ninguno de ellos logró morder a los otros hombres, que agarrándose como buenamente pudieron al parapeto, se habían puesto a salvo, sin que esos terribles cazadores del mar dejaran de lanzar sus nunca vistos ataques contra el aire. Ante los gritos de los marineros, salí de mi camarote, el mismo donde ahora nos hallamos, y me fue narrado el pavoroso hecho, que tuvo a toda tripulación desconcertada y asustada durante días. Me asomé sobre la borda y allí seguían, elevándose rítmicamente desde el agua teñida levemente de rojo. Ahora algunos intentaban morder la pulida madera del casco. Ello me espeluznó, y por un momento les confieso que me sentí mareado y me tambaleé. Y hubiera caído al agua, para ser devorado por aquellas bestias, de no ser porque mis hombres me rodearon y con sus brazos me sostuvieron. Cuando me repuse, decidí trabar contra las bestias una guerra sin cuartel. Dispuse a los hombres con arpones y flechas, e incluso mandé preparar las lanzas, por si fuera necesario. ¡A fe mía que les hicimos pagar su atrevimiento, pues cazamos en dos días hasta siete ejemplares de esos magníficos animales! Sin embargo, sólo nos fue posible subir a bordo tres de ellos, y no enteros, pues una vez muertos, los demás no dudaban en arrancar con sus mandíbulas descomunales trozos de sus inertes cuerpos, practicando un canibalismo feroz, cual feroces eran sus destelladas al aire amenazándonos.

»Al fin, dos días después de aparecer los grandes tiburones, cuando el manto negro de la noche se extendía sobre el incólume océano, dejamos de sufrir los ataques de los escualos; nos envolvió una densísima niebla que se acomodó sobre la superficie. Recogimos las velas, encendimos todos los faroles, y rogamos al cielo que no permitiera que chocáramos contra los arrecifes o los acantilados de alguna isla oculta entre la niebla. Y no dimos con arrecifes ni corales, pero embarrancamos en la playa en la que nos encontramos. Sentimos que la quilla se adentraba lentamente en la arena, y eso me hizo deducir que entrábamos en una tranquila ensenada, protegida de los vientos y de las grandes olas. Por la mañana, comprobamos que las deducciones de la noche no habían sido desacertadas. La subida de la marea nos trajo, sin embargo, unos ligeros vientos que nos devolvieron al mar. Intentamos aferrarnos a la playa, pero nos dimos cuenta de dos cosas, a cada cual más sorprendente: la primera, las dos masas de agua se unían y anegaban la hermosa y calurosa playa; la segunda, nuestra ancla había desaparecido misteriosamente. Como saben, queridos amigos, un ancla no es fácil de construir, y no tenemos a bordo tanto hierro del que podamos prescindir, ni tampoco un horno suficientemente poderoso como para fundirlo. De modo que nos hemos quedado condenados a derivar por las ondas tanto como quieran las corrientes. No obstante, tras el primer día, comprobamos que estábamos literalmente atrapados en esta playa, a la que volvíamos una y otra vez, a pesar de nuestros esfuerzos, cada noche, tras internarnos en las nieblas repentinas. ¡No entiendo cómo puede ser y qué maleficio nos ata a este destino! Por suerte, no nos ha faltado el agua y la comida. Aquí llueve bastante, y hemos fabricado una especie de cubas con unos grandes embudos de cuero, donde recogemos el agua de lluvia. Y, en cuanto al alimento, cada noche cazamos algún tiburón, y no nos falta la carne seca o cruda de tiburón para comer. Por desgracia, no tenemos con qué hacer fuego. La poca madera que conservamos para este menester la guardamos para ocasiones especiales como ésta. Aunque, la verdad, no habíamos visto a ser humano alguno hasta que vuestras mercedes asaltaron mi humilde nave. En concreto, este vigoroso y valiente muchacho llamado Dik. ¿No viste a los delfines?

Dik, ensimismado en la narración del capitán Juan, ni siquiera contestó. Pero Tunher, cuando escuchó sus últimas palabras, reaccionó y dijo:

– Yo sí. Temí que fueran tiburones.

– Los delfines tienen las aletas más pequeñas, y ellos mismos son menores de cuerpo que los tiburones, aunque son más rápidos y ágiles. Cuando se ven acuciados, pueden ser muy peligrosos, pues viven y actúan en grupo. Y son inteligentes. ¡Por Dios que lo son! Pero con los humanos son muy amables y juguetones. En general, les gusta llevarse bien con todos.

– Unos animales hermosos y adorables –respondió Tunher.

– Ahora sí, ¿verdad? –rio el capitán Juan-. Pero cuando usted vio sus aletas sobresaliendo del agua, pensó otra cosa bien distinta –Tunher sonreía aliviado, pero los demás estaban todavía algo espantados, pues también habían visto las aletas y el forcejeo del capitán Tunher contra las aguas intentando huir de lo que creía unos crueles depredadores.

– Esas bestias me han matado dos caballos –dijo Tunher, temblando de rabia contra ellas.

– Fue algo aterrador –terció la reina, interviniendo por vez primera-. Aunque usted ya ha perdido a un hombre, por lo que ha contado.

– Majestad, gracias por vuestras palabras  -contestó el capitán Juan-. Ciertamente, esos animales insaciables me han arrancado a uno de mis marineros, pero a cambio yo les he golpeado infinidad de veces. Aunque una cosa no logrará calmar el dolor por la otra.

– ¿Volverán a atacar el barco, capitán? –preguntó la princesa.

– Muy pronto, mi querida princesa –respondió el capitán.

– ¿Por qué lo hacen? –inquirió Teobald.

Pero el capitán Juan se quedó mirándolo un instante, y en lugar de contestar directamente a su pregunta, dijo:

– Vos me recordáis a un viejo preceptor que tuve, si me permitís decíroslo. ¡No os inquietéis: era un gran hombre! Tenía vuestro timbre de voz y vuestro rostro, o a mí se me parecen, al menos. Debéis ser un hombre sabio: lo he notado en vuestro gesto, en vuestro silencio, y ahora lo noto en el sentido de vuestra pregunta. Pues no me interrogáis sobre un hecho, sino sobre su causa. ¡Seguramente sois un filósofo!

– Me halagáis con vuestras palabras, capitán –contestó Teobald, confuso ante el atributo utilizado por Juan, ya que no sabía en realidad si era bueno o malo; por eso prosiguió diciendo: -Ahora bien, me vais a perdonar si esta vez os formulo una nueva pregunta, no sobre la causa, sino el hecho mismo de lo que acabáis de pronunciar; pues en nuestro país no sabemos qué es un filósofo.

El capitán lo miró extrañado. Al parecer, era la primera vez que se encontraba con alguien que no había oído hablar de los “filósofos”, y esta ignorancia aumentó su sensación de hallarse en una parte del mundo muy diversa a la suya, e incluso en un mundo diferente. Pero no aminoró su opinión de estar ante un hombre sabio, al menos a su manera, puesto que la expresión de los ojos de Teobald era la de un anciano que ha estudiado mucho y ha cavilado en cosas profundas. Por ello, tratando de poner mucho cuidado y énfasis en cada palabra, sentenció sobre el arte de filosofar como buenamente pudo, él que era un marinero casi iletrado.

– Dicen entre los míos, de donde yo procedo, que filósofos son aquellos que son amigos de la sabiduría, y que gustan de investigar las causas de las cosas, especialmente aquellas que son más importantes para la vida del hombre o más extrañas a su quehacer diario y material. Por ejemplo, el movimiento de las estrellas; o también las partes y potencias del alma. No sé si me entendéis, pero entre los nuestros, y también en otras naciones de la extensa Europa, del presente y del pasado, y asimismo entre los pueblos asiáticos, en tiempos remotos, hubo personajes extravagantes y sesudos pensadores que largamente divagaron y discutieron sobre estas y otras cuestiones de mayor o menor alcance, dando lugar a extensísimos libros sobre ellas, sobre el amor, sobre Dios, sobre el cielo y el infierno, sobre las pasiones, sobre la amistad, sobre la forma de gobernarse los pueblos, y muchas otras razones que no entiendo. Porque yo, al fin y al cabo, no soy más que un marino. Pero vos, mi querido amigo, he visto que no os separáis de un gran libro que lleváis como tesoro en vuestra alforja; y de eso y de vuestra conversación deduzco que sois aquí lo más parecido a un filósofo. ¿No os parece?

– No sé decir ni sí ni no. ¡Son tantas las cosas que desconozco!>>


Cuando tengo miedo, cuando estoy a punto de desfallecer, me pongo esta música. Quiero que la escuchéis. Porque lo que vale en la vida es tener valor para ser libre. Espero que os inspire como a mí.

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