El Chorro de Los Navalucillos (Toledo)

Aunque no lo creáis, amigos del mundo, en Somnia nos gusta viajar. Nos encanta viajar, en realidad. El viejo sueño húmedo de quien esto escribe es dejar atrás todos los equipajes pesados y recorrer el mundo envuelto solo en unos vaqueros gastados, unas zapatillas cómodas y una americana de segunda mano, sin agobios, sin miedos, sin hora ni fecha de vuelta, con la compañía de una libreta resistente y un lápiz fiel. ¡Hay tantos lugares hermosos en este vasto mundo por descubrir! Una vida no sería suficiente para conocerlos todos.

Dejaremos este sueño, sin embargo, para ocasiones más propicias, acaso para novelas futuras por escribir, y nos centraremos en las experiencias realmente vividas. Porque una cosa habéis de tener clara, amigos del mundo: aquí no se vende humo, aquí no llevamos máscaras, aquí no contamos historias ajenas. Hablamos de lo que hemos visto y oído, tenedlo claro. Por eso, podemos invitaros a conocer este lugar maravilloso que titula este texto: El Chorro de Los Navalucillos (Toledo, España). Este amigo vuestro lo visitó personalmente el pasado día cuatro de abril. Todas las fotos y vídeos los he tomado yo. Y esta es mi experiencia.

Principios de abril es un momento óptimo para hacer alguna de esas rutas que han permanecido ocultas durante mucho tiempo y que hemos redescubierto en esta época de restricciones, en la que no nos permiten salir de nuestra comunidad autónoma. Resulta que, a tiro de piedra, hay rincones espectaculares que el tiempo ha conservado intactos y que merecen una visita, sea de lunes, de sábado o de domingo, pero una visita tranquila y paciente. Y sobre todo, con unas buenas suelas y una cámara de fotos.

Para ir hay que recorrer esas típicas carreteras de los Montes de Toledo, recurvadas, estrechas, expuestas a los elementos, que se adentran en las laderas de las montañas como senderos de pastores, o se asoman a caídas vertiginosas lo suficiente para entrever la claridad del aire. Luego, unos kilómetros después del centro urbano de Los Navalucillos (pueblo que sorprende por su gran tamaño, para estar escondido en los solitarios Montes de Toledo), se toma una pista forestal, que serpea por la falda de la colina y permita contemplar un amplio valle mediterráneo, mientras desciende hasta arroyos escondidos, en los cuales se conserva aún la flora de tiempos pasados más fríos y húmedos, como el tejo o el abedul. Entonces, cuando por fin se puede abandonar el coche en el aparcamiento preparado para las visitas (gratuito), empieza el verdadero camino.

Son unos kilómetros engañosos. Algunos dicen que seis. Otros que nueve. En todo caso, solo de ida. En realidad, lo que sucede es que hay varios «chorros» (cascadas), y no solo una, pero el que os narra esto solo llegó hasta el primero de ellos, el más espectacular y de mayor altura de caída, como podréis observar en la galería de fotos. Me acompañaba mi familia y mi perra Arya (una alaskan malamute). La vía asciende y asciende, a veces después de derramarse hasta sonoros arroyos de primavera, hasta que alcanzas un punto en el que la pista se abandona y comienza la ascensión por unas escaleras de cemento y madera, estrechas, empinadas, que dan paso a un camino de cabras que se interna bajo las encinas y otras especies de la zona, incluso atravesando pedrizas naturales, de cierta dificultad (a mi modo de ver, peligroso para los niños y los ancianos, salvo que no tengan vértigo), hasta desembocar en una zona abierta pero oculta, misteriosa, repleta de claroscuros, en la cual el peregrino puede hacer el alto final y contemplar, a través de una pasarela de madera instalada al efecto, el impresionante chorro de casi veinte metros que se abre camino entre las rocas de la montaña y se desploma grácilmente sobre un adorable y fresco remanso. El lugar tiene la magia de las grandes películas de aventuras de Hollywood. Me imaginaba ser uno de esos exploradores que, tras muchos peligros, traspasan una cortina de vegetación y se topan, anonadados, con el valle de la ciudad perdida o el tesoro que se creía robado. La sensación de esplendor y éxtasis se corona con el lenguaje musical del agua cayendo, incesante, y los colores de la luz tamizándose y dividiéndose en el vapor de agua que sube hasta lo alto de la hondonada.

Allí comimos. ¡Qué bien saben los bocadillos cuando has hecho un largo esfuerzo y estás en medio de la naturaleza, deliciosa a aquellas horas de la tarde! Unos bocadillos coronados por unas cervezas españolas, Mahou para más señas, de las que te dejan el alma elevada y el cuerpo satisfecho. Y luego emprendimos el descenso, esquivando a otros curiosos que, como nosotros, habían elegido aquella opción para pasar el domingo.

Una señora mayor se cayó delante de mí y estuvo a punto de poner a prueba la ley de la gravedad en plena pedriza, pero por fortuna llegamos a auxiliarla a tiempo. Las lesiones no pasaron de la afectación a su amor propio, y haciendo cola detrás de ella, lenta, pero con cuidado si cabe, fuimos bajando por el estrecho sendero labrado con el tiempo entre la roca y la arcilla, hasta llegar a la ancha vía forestal, primero y, tras un par de horas de lento vaivén, al coche, que nos esperaba indiferente en el mismo lugar donde lo habíamos dejado.

Para rematar la jornada, nos detuvimos en un mirador que hay unos cientos de metros antes del desvío donde toma la pista forestal, e hicimos una fotos preciosas que también os dejo en la galería.

Mi consejo: no recomendable para personas con movilidad reducida o con mucho miedo a las alturas.

¿Recomendable? 100%. Vale la pena el esfuerzo.

A continuación, algunas fotos y vídeos. Espero que os gusten.

Pincha en este enlace para ir directamente a Google Maps y saber cómo llegar:

https://goo.gl/maps/TAVUSZuc9CkCYdQ29

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