Nuevo adelanto de Canción Eterna, segunda parte: «El Laberinto Turquesa».

Buenos días, amigos. Good morning, my friends.

Comienza una nueva semana y en Somnia eso significa, siempre, buena lectura. Hoy me vais a conceder la licencia de traeros un detallito solo para vosotros, lectores de Somnia: otro breve adelanto de mi próxima novela, la segunda parte de Canción Eterna. Como veis, aún no sé si simplemente se llamará así, Canción Eterna II (o 2ª parte, o similar), o si tendrá algún subtítulo. Estoy pensándolo. Luego lo discutiré con mi editor, y veremos qué es lo idóneo. Pero no quiero que os olvidéis de mí ni de mi novela, porque tuve la mala fortuna de que su presentación se suspendió porque estaba proyectada para el día 13 de marzo de 2020, y ya sabéis lo que sucedió, y cómo nos abordó el Covid, y que todo se canceló… En fin, es mi mayor obra hasta la fecha, y no estoy dispuesto a que se quede ahí, como unos papeles escondidos en el almacén de un museo. Quiero que tenga vida, que llegue hasta vosotros a través de las ondas y las fibras de las redes, y que podáis encontraros conmigo en este universo virtual y sentir el mismo palpitar que anima mi pecho cuando estoy, no con ella, sino en ella.

Por esta razón, desvelo hoy unas páginas de un capítulo que escribí hace muchos años, y que estaba en el plan original de esta saga. Reconozco que puede que no las leáis exactamente así cuando salga el libro, porque estos capítulos aún tienen que ser releídos y reescritos, pero creo que puede ser interesante para vosotros navegar por mis legajos raídos y bucear en su prístina e ingenua fantasía, antes de que, de alguna manera, se hagan mayores y pierdan esa inocencia que se tiene en la «primera vez».

Temo ser demasiado vulgar al describirlo, pero siempre me ha parecido que descubrir y hacer públicos textos que llevan tantos años con uno, escondidos, es casi como hacer el amor en la más tierna juventud. Puede resultar algo hermoso visto desde la vejez y el recuerdo, pero cuando acontece no deja de ser torpe y a veces insatisfactorio, aunque lleno de promesas. Al compartir con vosotros estos párrafos, no espero vuestra aprobación, ni vuestro consejo, sino que os abro mi corazón, que está lleno de esas mismas promesas del adolescente enamorado, tan repleto que no pueden contenerse en la soledad y la intimidad. Ruego, pues, que guardéis ese sagrado silencio complaciente que se tiene con los más jóvenes cuando deciden, por fin, contar sus secretos.


spiral green plants

<<El Laberinto Turquesa…

Así lo llamaban.

Figuraos una inmensa superficie ondulada cubierta de un bosque ameno, con suaves repechos y agradables descensos que terminaban en regaladas hondonadas, todas invitando al descanso sobre un césped mullido y fresco, junto a corrientes de agua silenciosas y transparentes, que tan pronto se embalsaban con sin igual delicadeza, como volvían a formar un cauce espumoso que solía crear graciosas estrechuras, en un proceso que parecía interminable.

Así era el Laberinto Turquesa…

Una tierra plácida, encantadora y luminosa.

Pero ¿por qué un laberinto? Porque, una vez entrado en él, el visitante no solía hallar el camino de salida. Y en el peor de los casos, aquella dulce cárcel le llevaba a la muerte, tumbado entre extasiados arrobamientos junto a las cristalinas corrientes.

En definitiva, una trampa de oro. Esas eran las leyendas. Cuentos inconclusos que bardos sin nombre cantaban ante fogatas hambrientas.

Antes de llegar a aquel lugar, Belidoro y Teobald dialogaron mucho sobre aquel nuevo descubrimiento. Era evidente que aquel bosque se hallaba escondido a los ojos de los hombres, y que solo podía llegarse a él a través de aquel sendero que se internaba entre las altas paredes de la tierra, penetrando en ella como si un enorme cuchillo hubiera abierto una herida sangrante que ahora recorrían. Sin embargo, Teobald conservaba algún remoto recuerdo de libros antiguos que hablaban de un bosque secreto en el corazón del Gran Bosque, separado del resto por un corredor oscuro, tal cual era el que los conducía a su interior. Y tenía el presentimiento (o el recuerdo) de que no se contaban precisamente cosas buenas sobre aquel lugar. Aun así, temía ser víctima de nuevo de su corazón pusilánime, y no abrió la boca sobre el particular más de lo conveniente. Casi siempre fue Belidoro quien habló. Él también había oído cosas. O las había imaginado. Con Belidoro nunca se sabía del todo.

Tal como Ároc los había dispuesto para las largas jornadas de marcha, esto es, en una suerte de fila quebrada, rodeados por varios soldados a los flancos a modo de protección, penetraron en el Laberinto. Pronto el camino se estrechó y la fila se alargó. Pero, en realidad, allí el orden era indiferente. Ni Ároc ni sus capitanes dieron orden alguna para recomponer la compañía. Parecían presa de un silencio de fascinación. Poco a poco, la velocidad de los caballos fue ralentizándose, y el camino, que se internaba bajo los árboles en sinuosas revueltas, se mezcló en algunos puntos con la tierra fértil y la hierba fresca.

Nadie dijo nada. 

En cierto modo, era lógico. El bosque invitaba al descanso y transmitía paz. El peligro no existía ni siquiera como temor. No había enemigos a la vista, era imposible pensar en un lugar más paradisíaco y acogedor. Sus nubes de flores corrían coloridas entre avenidas de árboles enhiestos y sonoros. El viento, fresco y débil como una brisa de una noche de verano, ululaba entre las ramas con la dulzura de una canción. El cuadro vivo que se plasmaba ante ellos resultaba placentero, invitaba con fuerza sobrehumana a tumbarse y cerrar los ojos, y llamaba a todas las potencias del alma a un apagamiento dulce y reparador. 

Empero, el Laberinto tenía un aspecto cambiante. Nadie que entraba allí “veía” lo mismo que los demás. Cada uno recorría un camino distinto, su propio sendero. En realidad, el Laberinto tentaba a todos, pero a cada uno según su carácter, sus miedos, sus sueños más profundos y su historia personal. Era como si el Laberinto los conociera de antemano, y pudiera leer en lo más recóndito de sus mentes. Los fue disgregando, los dividió, y pronto cada uno de ellos se encontró solo, sin nadie a su alrededor, rodeado solo de naturaleza silenciosa. Pronto, cada uno de ellos se perdió entre las ramas pesadas que tocaban el suelo y las tupidas paredes de madreselvas y jazmines, creciendo sobre el lomo de viejos troncos, tan viejos como el tiempo. Pronto, cada uno de ellos sintió que no había nadie más en el mundo, que estaba abandonado, vencido; y que aquel lugar era el único refugio posible.

Ninguno hubiera sabido decir cómo, pero un sopor y una niebla invadieron sus mentes. Hasta el más fuerte empezó a derivar a un lado o a otro; nadie gobernaba ya su montura. Los caballos vagaban por el bosque según el plan de otras potencias, como atraídos por un instinto más fuerte que sus jinetes.

Teobald presintió un gran peligro, y eso lo mantuvo despierto durante unos minutos. Al principio sintió miedo, y miraba a su alrededor con angustia. Pero luego se fue adormeciendo paulatinamente, y acabó por bajarse del caballo y sentarse junto a un árbol, sobre la hierba alta y mullida. Notaba un perfume en el ambiente, un olor embriagador que enturbiaba sus sentidos; y había una música que llegaba de lejos y acariciaba el oído.

Se durmió…

¿Cuánto tiempo estuvo allí sentado? Imposible saberlo con exactitud. Repentinamente, una voz lo despertó. Le llamó por mi nombre, diciendo perentoriamente: “¡Teobald! ¡Despierta!” Y abrió los ojos.

Era de noche.

Aparentemente, el Laberinto, a pesar de sus encantamientos, se regía por los mismos movimientos estelares que el resto del mundo. Pero nada allí parecía real. Sobresaltado, Teobald se irguió y echó a andar con un paso dubitativo. No veía su caballo por ninguna parte. Estaba solo, la oscuridad lo envolvía, pero podía ver el mundo a su alrededor, puesto que sus ojos estaban ya acostumbrados a la noche, por efecto del sueño. Sin embargo, no era muy consciente de sus pensamientos y sus sentimientos. Andaba como alguien que aún está dormido, y cuanto miraba se le figuraba producto de su fantasía. Sus reacciones eran lentas y la percepción de sí mismo, irreal.

Siguió andando. A pocos metros, oyó algo que le pareció un rugido, pero muy tímido. Se detuvo durante unos minutos, tratando de esconderse tras un árbol, lo más callado que podía. El rugido se repetía rítmicamente y no se movía. Poco a poco se asomó, y se movió vacilando. La intuición le decía que no había una bestia al otro lado del matorral. Pero el terror controlaba sus miembros, a partes iguales con la audacia. Si no hubiera sido por la extraña sensación de seguridad que le generaba el lugar, producto seguramente del encantamiento del Laberinto, no se habría aproximado a comprobar de dónde procedía aquel ruido. Cuando lo hizo, empero, esbozó una carcajada. Al menos eso creyó. Tampoco estaba seguro… El caso es que del otro lado no había un depredador aguardando el momento de saltar sobre su presa o protegiendo su territorio, sino un viejo cansado, tumbado como un niño de teta, roncando a pierna suelta: el buen y vivaz Belidoro>>.

Deja un comentario