Breve adelanto de la 2ª parte de Canción Eterna

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<<Aunque su interior hubiera bullido como un océano revuelto, por fuera el joven capitán se mostraba taciturno y silencioso, inabordable para los demás. No se quitaba la máscara de dureza y autoridad ni siquiera para dormir. Era su defensa contra el desaliento. Era la única manera de asegurarse de que sus dudas no se contagiaran a los demás. Lo que más le preocupaba, por encima de todo, era perder la unión y la consistencia del grupo. Aunque la reina Ela tuvo la impresión, durante un momento, de que sus ojos se atemorizaban, el momento pasó, y luego lo vio de nuevo seguro de sí mismo y férreo. Al menos por fuera.

La reina sabía que los hombres son débiles. Al fin y al cabo, gobernaba sobre millones de ellos. Había visto cientos de veces su aprensión, su necesidad y su súplica. Entendía que el joven capitán luchara en su interior contra mil sentimientos a la vez. Había visto crecer a aquel chico, elevarse hasta la capitanía, ganarse el respeto de sus hombres y sus superiores. Conocía bien su alma, como conocía el alma de los pueblos. Demasiado bien. En sus almas, había bondad y fuerza, pero también sufrimiento y miedo. Un miedo tan enorme como su deseo de ocultarlo. «Una mujer que ha dado a luz lo sabe. Sabe lo que es llorar y gritar de dolor, y a la vez llevar a cabo la mayor gesta: traer al mundo a un ser nuevo, en medio de sangre y de sufrimiento», concluyó para sí misma. «Una mujer, una madre, sabe muchas cosas. Los hombres no saben nada. Saben luchar, saber mandar, saben morir. Pero no saben lo que es el dolor impotente, no saben lo que rezar mientras sufres para que tu dolor dé vida, no saben lo que es ser fuerte en medio de tu flaqueza. Ellos no saben lo que hay en el corazón de una madre. ¿Sabrá este joven lo que su madre sentía al verlo con su armadura reluciente? Quizás creyera que era mero orgullo, pero no. El orgulloso se mezclaría con la ausencia, y la ausencia con el temor. Porque en el amor siempre hay temor. Esto una mujer lo sabe. Y este chico está plagado de temor hasta las cejas. Esto una mujer lo sabe».

Ela se mantuvo en silencio, miró para otro lado y dedicó una breve oración a Anup, para que diera fuerzas a sus hombres, tan castigados por la derrota y la huida, y permitió que su imaginación cansada volara hasta su esposo extraviado. Los demás creían haber perdido su hogar; algunos, quizás, también lloraban por el reino. Ella había perdido todo eso y muchísimo más: había perdido a la persona a la que amaba. Algunas noches se preguntaba si existía algún motivo por el que debiera seguir teniendo esperanza.

En aquellas noches de soledad y tristeza, se daba cuenta de que estamos solos bajo el palio del universo estrellado, que los dioses están muy lejos y que no tenemos otro valor que el que nosotros mismos creamos en nuestro atribulado, desesperado y loco corazón>>.


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