Semana del amor. Trabajos de los alumnos (IX)

Buenas noches, amigos.

Nos pasamos la vida buscando algo, y no sabemos qué es. Estamos solos en este infinito universo, venimos llorando al mundo entre estertores de sangre, y nos vamos solos, muchas veces sin darnos cuenta, sin poder despedirnos. La gente vive anhelando con tanta fuerza algo que no tiene, o cree no tener, que cuando lo consigue es incapaz de conservarlo, puesto que no dejan de buscar, como leones hambrientos que olvidan a su camada, abandonada a su suerte, y a la postre devorada por la ausencia, el miedo y la hiena traicionera. Así pasa la vida de los seres humanos, con un eterno vacío que nada parece poder llenar. Como intentar atrapar el océano en un vaso de agua. Como intentar contener el universo en el hueco de la palma de la mano. ¿Estamos condenados a buscar sin encontrar hasta el final? ¿Estamos diseñados para ser infelices?

¿Cuál es el remedio que los hombres han encontrado a lo largo de la historia a sus males internos? El amor. Como decía Tagore, «el amor colma la vida, como el vino la copa». He aquí el secreto de toda búsqueda: se busca lo que se ama, se encuentra lo que se busca. Pero ¿cuánto y con qué voluntad buscamos? Este es otro de los grandes temas de la literatura relacionado con el amor: la añoranza del amado a quien no se conoce aún, el paso del tiempo, la pérdida de la esperanza y, acaso, el destino trágico de algunos amores. A veces, como una semilla venida de lejos con el viento y la tormenta, el amor nos sacude y nos ahoga, pero deja en nosotros un fruto que solo años después alumbra un instante nuestra alma, para regresar al silencio.

Hasta ahora, los alumnos del Curso de escritura nos han dado muchas visiones sobre el amor, todas ellas hermosas o terribles, pero personales. Si queréis leerlas, cosa que os recomiendo vivamente, no os abrumaré con enlaces, sino que os dejaré solo uno. A partir de este, no os será difícil encontrar, leer y emocionaros con los demás relatos que hasta ahora hemos publicado de estos alumnos.

http://somniablog.com/2021/03/03/semana-del-amor-trabajos-de-los-alumnos-viii/

Cada uno de ellos nos ha mostrado una faceta del amor. Si has tenido ocasión de leerlos, dinos, ¿con cuál te quedas? ¿Con cuán te sientes más identificado?


Hoy tenemos la gran aportación de Óscar Green, a quien agradecemos que se haya aventurado por los senderos, hasta ahora poco transitados por él, del relato sobre el amor, haciendo una vez más gala de esa fuerza y esa gallardía que le caracteriza. Las fibras con que está tejida la realidad de los sueños a veces se cuelan en las galas de la realidad, y dan color a un segundo efímero, como un relámpago en pleno día. Y de esto sabe mucho Óscar Green. Os aconsejo que toméis un café calentito o un buen vaso de vino, que os sentéis cómodamente y disfrutéis de este relato, titulado…

<<Amor a destiempo, y viceversa

El amor puede presentarse de forma precoz y otras, muy tardía; y aunque, según se suele decir, nunca es demasiado tarde ni pronto, hay amores que están sentenciados desde el principio a no ser correspondidos, por lo menos de forma simultánea. Éste fue el caso de Marta y Pedro.

Marta era una chica que acababa de cumplir los trece años e iniciaba lo que en aquellos años ochenta se conocía como la edad del pavo. Sus hormonas estaban en agitación y comenzaba a fijarse en algunos de sus compañeros de clase, pero sin excesivo interés, pues desde que iniciara aquel último curso de la E.G.B., se había enamorado de su amor platónico: su profesor de ciencias sociales. Su admiración por Pedro, su profesor, fue más allá de que lo considerara su docente favorito y de cómo quedaba maravillada de sus explicaciones lectivas. Se sentía embriagada por su voz, por sus formas siempre amables y correctas, manteniendo siempre aquel timbre de voz tan agradable para sus oídos. Su corazón se aceleraba cuando lo veía entrar en clase. Sus amigas no ignoraban lo que sentía por él, decían que estaba loca, que cómo podía gustarle un hombre que podría ser su padre. Pero Marta entró en el bucle indomable en el que, cuanto más luchaba por olvidarlo, más atraída se sentía por él. Aquel amor imposible fue adquiriendo un cariz obsesivo y llegó a influir en sus notas del último curso que pasaría en el colegio.

Decidió dar un peligroso paso adelante cuando tuvo la osadía de firmar uno de los exámenes dibujando un corazón al final del mismo. En aquella ocasión, no fue más allá, pues Pedro se había limitado a marcarlo con un círculo y un interrogante sin darle mayor importancia, pues él no era consciente todavía de los pensamientos de su alumna. De haberlo sabido entonces, hubiese puesto remedio a aquella locura hablando con sus padres. A medida que avanzaba el curso, Marta sentía miedo de separarse de él, pues sabía que era muy probable que, cuando llegara junio, no volvería a verlo nunca más. Las lágrimas hicieron acto de presencia e intentaba ahogarlas escribiéndole cartas de amor que nunca llegarían a su destino. Era un amor imposible que no solo le traería complicaciones a ella, sino también grandes problemas a él. Era muy joven, pero no era tonta; él estaba casado y tenía hijos, según se decía. Si él se enteraba, y sobre todo si él consentía, sería un escándalo del que posiblemente él saldría peor parado que ella. Pero no podía evitarlo, adoraba a aquel hombre en todo lo que hacía, contaba las horas para poder disfrutar de su presencia explicando cada lección y se sentía atraída sin remedio. Aquel tormento marcó la etapa de su vida previa al instituto.

Pero el tiempo no se detuvo y llegó el final del curso, y con él su última oportunidad para poder declarar sus sentimientos, por muy alocada que fuese la idea. Si iba a ser la última vez que iba a ver, Marta pretendía que Pedro por lo menos supiese lo que sentía por él. Imaginaba las consecuencias que le podría traer aquel impulso, pero también pensaba que se podría arrepentir toda su vida si no lo hacía.

Cuando llegó el momento de la despedida de profesores y alumnos, en la fiesta de fin de curso, Marta se acercó a él y le dijo:

— Te voy a echar mucho de menos, Pedro —consiguió decir de un tirón, no sin ruborizarse de inmediato.

— Yo también, Marta. Os echaré en falta a todos y cada uno de vosotros —contestó Pedro sin darse cuenta de las intenciones que acompañaban a la despedida.

— Pero yo… —dijo ella suspirando con los latidos del corazón acelerados—. Yo te echaré mucho de menos. Me encantas como profesor y como persona. Es una lástima que yo sea tan joven para no poder agradarte tanto como me gustaría.

Ya lo había dicho.

Pedro la miró turbado sin saber muy bien como tomarse aquella declaración de amor en toda regla, a la vez tan inesperada como peligrosa. ¿O quizás solo lo había malinterpretado? Miró hacia ambos lados por si alguien había escuchado lo que le acababa de decir.

— Marta, tú tienes que centrarte ahora en tus estudios y cuando llegue la hora ya tendrás tiempo de fijarte en los chicos de tu edad —contestó Pedro intentando reencauzar la conversación, sin saber si ella llevaba aquellas intenciones.

— Adiós… —contestó Marta acercándose a él y dándole un beso en la mejilla. Después de aquello salió de clase corriendo sin mirar atrás para no volver jamás.

Pedro intentó detenerla, pero cuando salió del aula, ella ya se había marchado escaleras abajo. En aquel momento no pensó si alguien se había fijado en la escena.

Ella lloró a escondidas, fuera incluso de las miradas de sus amigas, durante aquellos primeros calurosos días de verano de 1981. Pero a medida que avanzaban las vacaciones y se aproximaba la llegada del instituto, el sufrimiento fue remitiendo poco a poco y consiguió olvidar a su profesor. Sus nuevas amigas, y sobre todo el conocer a nuevos chicos, consiguieron enterrar definitivamente el recuerdo de Pedro. Por su parte, él no volvió a pensar más allá de aquella misma tarde cuando cerró el colegio por vacaciones. Nadie pareció darse cuenta de lo que había pasado.

En los siguientes años, Marta descubriría de nuevo el amor, quizá el de verdad, tendría dos novios fallidos, se casaría con el tercero y tendría dos hijos de él. Pedro perdería a su mujer con solo cincuenta y dos años víctima de un accidente. Más tarde se jubilaría y podría disfrutar de una solitaria jubilación relativamente tranquila viendo crecer a sus tres nietos.

              Pasaron treinta y nueve años… Nos situamos en el año 2020, donde nada fue igual a todo lo que se hubiese vivido hasta entonces. Amanecía en la residencia para mayores que había junto al mar. Los días eran largos e inciertos. Allí, el miedo comenzaba a hacer acto de presencia, tanto para los residentes, como para todos los trabajadores. Además, estaban en cuarentena: dos trabajadoras y tres residentes habían dado positivo y estaban infectados por el virus que tenía al mundo en vilo. Uno de los infectados ni siquiera recordaba su nombre pues tenía Alzheimer y se encontraba en un estado bastante avanzado de la enfermedad. Una de las cuidadoras, con su equipo de protección puesto, entró en la habitación para comprobar cómo estaba aquel abuelito de ochenta años.

              — ¡Pedro! ¿Cómo te encuentras hoy? —exclamó la cuidadora lo suficientemente alto con la intención de comprobar su estado de salud.

              Pedro asomó sus ojillos por encima de las sábanas y enseguida las retiró de su rostro, en el cual comenzó a dibujarse una sonrisa iluminadora. Tenía devoción por ella, desde la primera vez que la vio; y, aunque olvidaba con frecuencia quien era, cada día era como si volviera a enamorarse. Dentro de su mundo, que se desdibujaba con el paso de los días, ella era su ángel de la guarda y nunca se mostraba violento si ella estaba presente.

              Marta no lo recordaba, pero ese abuelito que estaba mirándola fue en su día su profesor, aquel por el que se había obsesionado hasta casi hacerle perder el camino en la preadolescencia. Hacía años que había dejado de pensar en aquella etapa de su vida y en esos momentos, sobrepasados los cincuenta, no imaginaba ni por asomo que ya conocía a aquel hombre.

              Sin embargo, después de aquella alegría inicial, Pedro comenzó a toser con violencia y sufrir un amago de ahogo. El virus lo había alcanzado de lleno y comenzaba a padecer sus síntomas más violentos. Marta avisó a sus compañeras para poder atenderlo y le colocaron una mascarilla de oxígeno. Pero la cosa pintaba mal y decidieron llamar a urgencias. Pedro necesitaba un respirador y ser atendido en un hospital o no conseguiría oxigenar su sangre lo suficiente. Él no dejaba de mirar a su ángel de la guarda que se preocupaba por él, no le hacía falta recordar nada, solo estaba ella, era su mundo y el sentido de su existencia; en esos momentos era más valiosa que el aire que necesitaba para respirar.

              Minutos más tarde, llegó una ambulancia y dos enfermeros vestidos con sus trajes de protección EPI comenzaron el protocolo para el traslado de Pedro al hospital. En la maniobra habían tenido que despejar la habitación, y Marta y su compañera tuvieron que salir de la misma. Ella sintió una tremenda pena al ver salir a Pedro desorientado y con dificultades para respirar. Sabía que ya no podía acercarse, pero no pudo resistir la tentación de hacerlo y cogió la mano de Pedro. Él la miró como encontrando el faro del puerto en su mar de oscuridad. Y aunque la tormenta comenzaba a desatarse en su cuerpo, sonrío al notar el contacto de la mano con su hada madrina, su luz, su todo. Pedro se acababa de enamorar de ella por enésima vez. Y antes de que pudieran salir de la residencia para meter al paciente en la ambulancia, él consiguió pronunciar algo:

              — Marta, ¿encontraste a tu chico? —dijo sin más.

              Ella se quedó embelesada, sin saber por qué le preguntaba aquello, porque él ya llevaba días sin articular palabra alguna. La ambulancia se marchó dejándola allí en la puerta sin reaccionar. Solo entonces comenzó a recordar tímidamente algo que acudió desde muy atrás en su memoria.

— ¿Cómo se llama Pedro de apellido? —le preguntó a su compañera.

              — Pedro Quesada, ¿por? —le contestó esta extrañada.

              Como una ola gigantesca acudieron los recuerdos con imágenes cada vez más nítidas y rememoró a un tal Pedro Quesada que había sido uno de sus profesores en el colegio. Habían pasado casi cuarenta años, pero en aquellos instantes en los que lograba recordarlo, comenzó a entender por qué su mirada le había resultado siempre tan familiar. ¿Era posible que fuese la misma persona? El mundo era un pañuelo y cosas más inverosímiles solían acontecer. Sus ojos se humedecieron al encontrarse cara a cara con los recuerdos de los primeros latidos amorosos de su corazón.

              Pedro no volvería a ver más a Marta, pues murió solo y arrancado de su hábitat tres días más tarde. La enfermedad que estaba poniendo a prueba al mundo le ganó la batalla. En el último instante de lucidez no pudo recordar quién era, ni a todas las personas que habían pasado por su vida, ni siquiera a su querida mujer ni a sus hijos. Nadie pudo estar presente en esos últimos instantes. Dijeron que murió por el contagio y que tampoco hubiese durado mucho tiempo debido a su larga enfermedad, pero lo que sí era cierto es que todo se había acelerado. Sobre todo porque le habían apartado de la persona que había alumbrado sus mañanas en esa etapa de su vida. Y en el último suspiro consiguió reconocer quién era en realidad su princesa salvadora. Así que se marchó en paz y feliz>>.


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