Sentencias sobre el escritor y el mundo (II). Te odio

Seguramente esta será la serie que menos se leerá en este blog. Pero me da igual. Porque mi blog lo pago yo. Y lo uso para escribir lo que me sale de los huevos. ¿Quién ha dicho que un escritor no puede escribir «palabrotas»? Eso es una tontería. Una parte muy importante de nuestra vida la pasamos enfadados, indignados, cabreados, o más inflamados que un mono con rabia. ¿Por qué nuestra escritura no puede reflejar nuestros sentimientos? ¿Siempre se ha de pensar lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se piensa, como expresaba Quevedo?

El objetivo de la literatura es sorprender, atrapar y engañar, para producir impresión en el lector. No tiene que ser infantil, ingenua ni inocente. Puede hablar de vulgaridades, puede hablar de sexo, puede hablar de muerte, puede hablar de mierda… Lo importante es el cómo y hacia dónde, no tanto el qué.

Pues eso, cojones: yo escribo lo que quiero. Igual que tú lees lo que quieres. ¿Acaso te has gastado veinte pavos en comprar mi última novela en papel? No, ¿verdad? Entonces no tienes derecho a nada sobre mí. No te lo reconozco.

¿Por qué estoy cabreado? Porque no te gusto, lector. Tú me haces estar cabreado. Tú me estás destrozando. Seguramente jamás leerás esto, así que grito en el desierto. Además, ya sé que el amor no surge a base de insultos ni tampoco de peticiones. El amor surge o no. Es la belleza su catalizador. Y si tú no amas lo que escribo, no sirve de nada que yo me queje, que yo suspire y jadee, que yo llore. Por eso te amo y te odio a la vez, lector. Sí, te odio, porque no me amas como yo quiero que me ames, aunque no conozca ni tu nombre ni tu rostro.

Para mí esto es serio, ¿sabes? Yo escribo con toda el alma. Y me desespera profundamente que mi escritura no tenga impacto en vuestras vidas. Me frustra tanto que podría abrirme el pecho en dos para dejar de sufrir. Quiero llegar a ti, lector, quiero emocionarte, quiero impresionarte, quiero arrastrarte, y que quedes tan prendado de mi palabra que no puedas vivir sin ella. Quiero llegar al mundo entero y estar en todas las casas, tener habitación en todos los corazones. Ya, ya sé que mis pretensiones son ambiciosas, y que con tales propósitos solo lograré sentir más frustración. Pero es que yo te amo y te necesito. ¿Cómo ponerle fronteras a estos sentimientos? Si tú sabes el secreto, dímelo.

Yo sigo buscándote en la oscuridad, tendiendo mis brazos hacia ti, con la sola guía de mis pobres palabras lanzadas al viento, que iluminan por un instante efímero el lugar y me permiten ver tenuemente las formas. Pero cuando mis palabras se apagan, solo encuentro silencio y vacío. Tú no estás aquí. Yo te llamo de mil formas, mas tú no vienes. Por eso te amo y te odio. Te busco y te desprecio. Y, créeme, mi odio y mi desprecio no son más que formas de mi amor apasionado, epifanías de mi necesidad y mi dolor.

Tú vives hoy en la infancia intelectual más lamentable. ¿Cómo esperar que te intereses por las palabras de un escritor maduro y consciente? Tendría que conformarme con ver cómo te arrastras cada día hacia el sofá desde el que devoras los shows televisivos y la cadena de producción cinematográfica de bajo coste y alta despersonalización. Pero no me conformo. No puedo. Quiero más de ti. Sé que puedes darlo. Sé que no has perdido tu humanidad todavía, aunque lo pretendan los dueños secretos de las sombras. Sin embargo, necesito que te des cuenta, antes de que sea tarde. ¡Tienes que despertar! Apagar el ojo del Gran Hermano, y salir a la luz, y entrar a los libros, y pensar con ese órgano atrofiado que aún tienes en la cabeza.

Te odio, lector, pero te necesito.

No me dejes solo.

Cuando mi voz se apague y se extinga, como se extingue el día cada tarde, ¿quién la resucitará? ¿Harás duelo entonces por mi voz muda? Ven a mí antes de que el día termine.

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