Sentencias sobre el escritor y el mundo (I)

Esto no va a ser un ensayo sesudo y largo en el que se expongan antecedentes, circunstancias, contexto, hipótesis y síntesis, sino que serán los vómitos de mi alma atormentada de escritor contra un mundo que ha abandonado hace mucho la senda de la cordura y de la contemplación artística, y se ha entregado de lleno, con la conciencia pervertida y perezosa, al estado de molicie mental y estulticia espiritual más profundo, atolondrado, adormecido, enganchado a la peor de las drogas: el sueño de la razón. El mismo sueño que ha llevado al surgimiento de las formas de control de masas más efectivas y extendidas de la historia de la humanidad. El mismo sueño que ha derruido los monumentos antiguos al arte y la fe. El mismo sueño que nos ha introducido en un mundo posthumano, donde los seres antes llamados hombres son hoy pasto de los sueños de otros.

Comencemos:

Ser escritor hoy es la más sencilla de las cosas. Ser escritor antes era un camino peligroso. Es decir, escribir era poner la vida y el cuello en juego. Pocos daban el paso. Menos aún perseveraban. Y eso hacía que cada uno de los que podía poner el apellido escritor junto a su nombre fuera una lumbrera destacada sobre la tenebrosa estadía de la turba. ¡Menudos hombres aquellos, que movían naciones y removían conciencias! Pero hoy… hoy son hormigas, son cucarachas, son larvas, lombrices ciegas.

No toda la culpa la tienen los que escriben. La sociedad entera ha despreciado su función. La ha devaluado. Un poeta podía vivir con un poema antiguamente. Quizás internet no existiera, pero se copiaban los buenos poemas a mano alzada, y se pasaban de bolsillo en bolsillo; y el título de poeta daba entrada en cualquier palacio y la protección de los mecenas. Pero hoy… hoy los libros se pagan a céntimos, y un poeta es un pordiosero sin futuro. ¡Deja de escribir, poeta, y dedícate a algo que te dé de comer! Esta es la sociedad que hemos construido. Abarató tanto las retribuciones al arte, que acabó con el arte. Ya no hay edades de oro. Ya no hay poetas del mundo. Ya no hay genios. ¡Sí los hay, claro está! Pero se cansan y se esconden. Porque incluso los genios necesitan que el mundo les haga caso.

Desprecio a los imitadores de genios. Publican libros con páginas en blanco y dos líneas que pretender haber descubierto las fuentes de Atenea. Me vacío en sus líneas escasas y sus páginas caras, reflejo de sus cabezas abombadas y sus cerebros bailantes. Literatura de pantomima, fuegos sin artificio, falsos engaños, excrecencias infectadas del arte.

Estoy cansado de pedir apoyo. No ha de pedirlo quien ha traído a la vida Literatura de mundos olvidados. ¡Que caiga mi maldición sobre los siglos presentes! El futuro castigará a quienes son ciegos a las cataratas silenciosas que se alzan hasta los cielos a su alrededor.

Si no me queréis, vuestro desprecio me da más fuerza. Me alzaré. Mi nombre perdurará. El vuestro será olvidado. Allá vosotros. Seguid despreciándome. Por favor, hacedlo. Siento la energía que me inunda.

Seguiré mi camino. No el que vosotros me dictéis, sino el mío. El que me anuncie mi corazón. Tengo la certeza de que ese camino me llevará hasta la grandeza para la que nací.

Se me dio este talento para mostrarlo, no para esconderlo. No sé cómo hacerlo. No tengo una guía ni un libro de instrucciones. Pero lo mostraré. Y habrá un día en que ya no podrá negarse ni esconderse. Habrá un día en que seré inevitable.

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