Semana del amor. Trabajos de los alumnos (II)

Buenos días, amigos.

Good morning, my friends. Hello, world!

Llega el tiempo de leer. Esta es la Semana del Amor. Aunque he estado varios días inactivo por culpa de una lesión leve en la muñeca, ya estoy otra vez con vosotros, con más ánimo que nunca.

Como sabéis, les propuse a mis alumnos que dejaran volar su creatividad sobre el amor y el desamor, y ya habéis visto cómo se las gastó Rocío Llamas, con un relato precioso, que podréis leer si pincháis en el siguiente enlace y que os recomiendo que no os perdáis.

http://somniablog.com/2021/02/13/semana-del-amor-relatos-de-mis-alumnos-i/

Hoy tengo el gustazo de presentaros el trabajo de Ana López, con el que estoy seguro de que también vais a disfrutar. Sentaos, tomad vuestra taza de café, y no permitáis que nada os moleste. Llega la hora de leer. It’s time to read. Un texto precioso y lírico que me he permitido titular…

LA PRIMERA VEZ

<<Tumbada en la cama, con la mirada clavada en el blanco del techo, mis brazos y mis piernas extendidas a ambos lados de mi cuerpo, tan solo consciente de mi propia respiración y del silencio que reinaba en la habitación, venían a mí las imágenes de la madrugada recién acabada.

A la orilla de mi mente, como oleadas, volvían las contracciones que me despertaron en la noche; sentía esa inyección en la espalda que no consiguió llegar a tiempo de evitar el dolor; veía mis pies, cubiertos con calcetines rosas, temblando involuntariamente frente a mí, bajo la influencia de un dolor que prometía partir mi cuerpo en dos mitades; regresaba la ansiedad de tener un cuerpecito pequeño lleno de fluidos sobre mí; de nuevo escuchaba un lloro lejano, no estridente, no más del necesario… Todo parecía tan lejano…

Ahora solo quedaba incertidumbre, el terror de dejar en aquel lugar una parte de mí misma que se abría camino en mi mente como la más importante. Empezaba a sentir que había dejado en el quirófano algún miembro u órgano de mi cuerpo sin el que ya no me iba a ser posible vivir. El blanco del techo estaba comenzando a desenfocarse bajo el efecto de las lágrimas.

Y entonces se abrió la puerta. Viniste en los brazos de una enfermera sonriente. Me aferré a esa sonrisa y me tranquilicé, a pesar de que mi respiración se aceleraba. No encontré energía suficiente para incorporarme, pero no fue necesario. Ella dijo algo que ya no recuerdo. Toda la atención la tenía puesta en aquel bultito que traía abrazado. Con suma delicadeza te colocó junto a mi cuerpo, envuelto como estabas en una mantita blanca y con un gorrito de malla quirúrgica muy poco favorecedora cubriendo tu pequeña cabecita. Solo entonces mis brazos se movieron solos, mis piernas ayudaron a que girara mi cadera para orientar todo mi ser hacia ti. No recuerdo cuándo se marchó la enfermera, pero tú, mi hijo, y yo quedamos a solas, juntos por primera vez en este mundo. Y todo mi cuerpo sintió el calor de estar completa.

No te cogí. Te dejé allí tendido, de lado, orientado hacia mí. Solo puse mi antebrazo en tu espalda y acerqué mi rostro al suyo. Y te observé, recreándome en mi obra. El milagro de la vida se acostaba a mi lado, ofreciéndome un momento de auténtica trascendencia. Y allí estabas, frente a mí, con tus pequeños ojos abiertos y tu mirada puesta en mi voz. Te hablaba de nuestro futuro juntos, de mi idea del mundo, de nuestra familia, de la que no conocerías también te hablé…

Y entonces la burbuja de calor, milagros y secretos se rompió. La puerta se abrió y entraron más personas a conocerte. Mi cuerpo te acercó instintivamente aún más a mí. Y mientras en mi rostro se dibujaba una sonrisa sincera para todos, en mis dedos crecieron garras, se afilaron mis colmillos y un fuego interno me lo dictó: “te protegeré con mi propia vida>>.

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