El Poeta loco doma los vientos

Muchos años habían pasado desde que los sangrientos sirvientes de Edic, el famoso rey, cruel hasta la degradación, habían comenzado a perseguir a los fieles que creían aún en los viejos mitos y los viejos dioses de Junk. Se habían ocultado en las cuevas del Freintamüe o habían perecido en las hogueras descomunales que había devorado la carne de los fieles, mientras sus gritos se elevaban con el humo. Una hoguera en cada plaza, una hoguera en cada cruce de caminos, una hoguera en cada castillo. Así habían sido exterminados todos aquellos que no habían huido o que no habían caído ante la espada y el martillo, ante el puñal y la fecha.

No pasó mucho antes de que los verdugos pusieran sus ojos en el Poeta loco y sus amigos y seguidores. Aunque el Poeta no hablaba de los viejos dioses ni conducía a la gente a los templos; aunque no los alababa ni contaba historias sobre ellos; aunque no predicaba en los caminos ni nos inculcaba los misterios de las viejas religiones… nada evitó que lo detuvieran y le llevaran ante Edic. Pero cuando iba de camino a la capital, encerrado en un carromato-jaula, mostrado en cada aldea y en cada pueblo, como un mono de feria, nos llegó la noticia de la muerte de Edic y la subida al trono de su hijo Grocc, tan desequilibrado o más que su padre, pero no tan cruel, sino con una enfermedad del alma muy diferente. Grocc era más amigo de las cárceles que de la horca, y se deleitaba en conocer personalmente a los presos, en dialogar con ellos, y a veces hasta los convertía en sus propios consejeros y hombres de confianza. Porque Edic había perseguido la fe en nombre del progreso. Pero Grocc amaba la maldad en su propio nombre, y se rodeaba del delito.

Metieron al Poeta en una celda oscura, en lo más oscuro del palacio. Lo dejaron allí varios días, sin saber lo que sucedía ni lo que sería de él, sin conocer la acusación de que era objeto. Tampoco le permitieron comer ni beber. Al tercer día, exhausto y macilento, recibió por fin una extraña visita. No lo reconoció al instante. Sus ojos estaban empañados por la oscuridad. Sus sentidos, embotados de la soledad y el silencio, de la opresión de los muros y la desesperación.

-¿Quién eres y por qué me retienes aquí, preso como un criminal, escondido como un muerto que se pudre? Muéstrame al mundo y déjame cantar.

-Ya no hay más cantos, bardo -replicó una voz metálica, no exenta de simpatía-. Es tiempo de volar.

-¿Volar? ¿Cómo puedo volar enterrado en las entrañas de la tierra?

-El fuego te guiará.

-El fuego solo me quemará si no lo apartas de mi cara -protestó el Poeta.

-Es hora de salir de aquí.

El desconocido asió el jirón de ropa maloliente que le quedaba al Poeta. Le obligó a levantarse. Y situándose detrás de él, le empujaba por los corredores de las mazmorras. Llegaron a una escalera de caracol. El desconocido obligaba al Poeta a subir. Hacia arriba, siempre hacia arriba, sin detenerse un instante, aunque las piernas del Poeta vibraban como cuerdas rotas.

Salieron a la claridad del día, en la torre más alta del palacio, y solo las almenas les separaban de un vacío de decenas de metros. El sol estaba en la cúspide de su viaje. Sus rayos deslumbraban las pupilas del Poeta, que después de tres días apenas podía oponer a su influjo una figura escuálida, que provocaba una sombra enfermiza. Dos guardias se arrodillaron ante el desconocido. Este hizo un gesto y los guardias desaparecieron por la escalera de caracol. Luego rodeó despacio al Poeta, casi parsimonia, saboreando cada paso, mientras su mirada recorría el horizonte. El sol no le molestaba, sus rayos no dañaban sus pupilas.

Después de dar varias vueltas alrededor del Poeta, que en el centro de terraza superior se hallaba encorvado como una vieja encina maltratada por el tiempo, con un cuchillo cortó las ligaduras de sus muñecas, y con las manos arrancó de su piel el raído trapo que aún vestía. El Poeta, como tantas veces, quedó desnudo. Desde las ventanas de palacio y desde la distancia los curiosos miraban la escena.

Luego un guardia subió con un raro traje en las manos. El desconocido se lo puso al Poeta, metiendo su cabeza y sus brazos en los agujeros correspondientes. Al fin, los curiosos ya no vieron a un hombre desnudo, sino a un pájaro muy crecido, con sus grandes plumas de colores.

-Y ahora, ¡a volar! -exclamó el desconocido, empujando al Poeta hacia el vacío con una fuerza ciclópea-. Canta ahora como los pájaros, ave funesta. Canta, y baila sobre los vientos, y celebra a esos dioses de la tierra y del aire que tus antepasados adoraron como estúpidos villanos. ¡Canta! ¡Quiero oírte cantar antes de caer!

Un escándalo de trompetas y pífanos saludó la partida del gran ave. Alguno que otro de los mudos espectadores se echó la mano al pecho, asustado. Pero la mayor parte rieron nerviosamente la macabra broma. Muchos movieron las manos, como si aletearan tratando de mostrar al polluelo cómo había de hacer para volar.

Nadie sabe si el Poeta cantó. Los instrumentos de los músicos que tocaban desde la muralla, las risas y los ruidos de las palmas silenciaron cualquier otro sonido. Pero en el ínfimo tiempo en que estuvo en el aire, el Poeta abrió los ojos para saludar a la hermana muerte y musitó para sus adentros solo una palabra.

El gran ave no voló, sino que nadó. Cayó en el foso que protegía el palacio, entonces lleno de agua sucia y desechos. El impacto fue terrible, pero las plumas amortiguaron el perjuicio y el dolor, y antes de ahogarse, aunque el fondo fangoso intentaba atraparlo, el pájaro recobró el dominio de sí mismo, y dio brazadas hacia la superficie. No había llegado su nariz a asomar sobre el agua cuando ya varias manos callosas lo agarraron y le auparon a la fuerza hasta la orilla. Allí estaban sus hombres, sus fieles amigos, exultantes de haberlo rescatado con vida.

El desconocido miraba desde las almenas de la torre más alta. Nadie sabía si sonreía y fruncía el ceño.

-¡Maestro! -dijo al Poeta uno de sus discípulos-. ¡Alabados sean los dioses por haberos salvado!

-Los dioses no me han salvado -replicó el Poeta-, como no salvan a los que mueren a manos del hombre. Ellos no se inmiscuyen en estas menudencias. Dieron al hombre manos para hacer el bien y para hacer el mal. El hombre decide. Ellos juzgan.

Y otro exclamó:

-Tendríais que haberos golpeado contra la base de la torre. ¿Qué os ha salvado entonces?

El Poeta se detuvo, vestido aún de pájaro con plumas grandes de colores, aunque manchadas de barro y excrementos, y le dijo:

-Llamé al viento, y el viento me respondió.

Desde entonces, todos los hombres comenzaron a llamarle con otro apodo: El Maestro de los Vientos.


¡Ah, se me olvidaba! Grocc murió al año siguiente porque uno de sus hombres, un traidor pagado por un rebelde levantisco, lo empujó desde la misma torre.

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