TERROR EN LA CARRETERA. Trabajos de los alumnos (VI)

Buenos días, amigos. Good morning, my friends.

Bienvenidos de nuevo a la aventura de escribir, y al tiempo de leer. Estéis donde estéis, seáis de donde seáis, España, China o México, Estados Unidos o Turquía, Rumanía o Canadá, da igual, somos todos hermanos y este es nuestro lugar de reunión. Una cosa nos congrega: la literatura. Esta es la casa de la literatura. Aquí hay para todos, no tengáis miedo. Literatura para descansar y regenerarse, literatura para soñar y evadirse, literatura para aprender y para emocionarse. ¡Bienvenidos a vuestro hogar!

Aunque hay una cosa que nos gusta en esta casa de las letras: los relatos de terror. Creo que para algunos de mis alumnos en el Curso de Escritura Novelística esta ha sido la primera experiencia como escritores de este género tan particular. No solo es que se estén enfrentando continuamente al reto de empezar a escribir, sino que, además, lo están haciendo en géneros complicados, que exigen mucho y en los que no es nada fácil sorprender al lector, que está hoy en día abotargado y ahíto de historias de miedo. Estos valientes aprendices no han tenido en cuenta las dificultades. A despecho de cualquier crítica, han desplegado sus tropas sobre el terreno y han enarbolado la bandera de su creatividad.

Hace unos días, nos estremecimos con el relato de Álex Padrón, que supo hacernos sentir el frío de la niebla, casi sólida, como un muro que se acercara o una boca que amenazara tragarnos, en su relato “Por el camino verde”. Os dejo aquí el enlace:

https://somniablog.com/2021/02/01/terror-en-carretera-trabajos-de-los-alumnos-i/

Después, disfrutamos y nos asustamos con el relato de Rocío Llamas, una excelente recreación de un episodio de verdadero estupor y temblor, demostrándonos su dominio de la psicología y de los tiempos. Podréis leerlo en este enlace:

https://somniablog.com/2021/02/03/terror-en-la-carretera-trabajos-de-los-alumnos-ii/

Ana López nos mostró los terrores de una niña y los efectos de la imprudencia al volante en su relato, que podréis leer aquí:

https://somniablog.com/2021/02/06/terror-en-la-carretera-trabajos-de-los-alumnos-iii/

Luego le tocó el turno a Laura, que se animó con un relato psicológico, introspectivo, lleno de dudas y soledad, inquietante, en el que las voces sonaban como maldiciones calladas. Podéis leerla aquí:

https://somniablog.com/2021/02/08/terror-en-la-carretera-trabajos-de-los-alumnos-iv/

Después de Laura, Óscar Green nos dejó boquiabiertos con su relato de carretera, que podréis leer otra vez si queréis en el enlace que os dejo a continuación:

https://somniablog.com/2021/02/09/terror-en-la-carretera-trabajos-de-los-alumnos-v/

Pero no os vayáis, que hay más y os va a encantar…

El relato de hoy está escrito por Rosa, que nos ha demostrado de nuevo la maestría de su prosa y la delicadeza de su visión psicológica, en un relato que va a poneros la piel de gallina, titulado

CUENTOS DE VIEJOS

Caminaba sin saber con certeza hacia dónde se dirigía; pero tampoco le importaba mucho.

Alejándose de la carretera, había decidido tomar ese día un sendero nuevo, al que su prudencia le impedía siempre acercarse.

“No lo hagas. No lo digas. No lo toques”

Demasiadas veces se había dicho a sí mismo esas frases, evitando con ello cualquier riesgo de algo que le llevara más allá de lo conocido.

No pensaba seguir haciéndolo. Iba a tomar las riendas de su vida y ser el osado intrépido que siempre había soñado.

Su primer acto de rebeldía había sido desoír los consejos y recomendaciones de los nativos locales y explorar el “camino rojo de Nergal”, llamado así por una antigua leyenda aborigen que contaba cómo el demonio Nergal se había arrastrado bosque adentro, herido de muerte por los dioses como castigo por su desobediencia y dejando un rastro de sangre a su paso.

No es que fuera una senda prohibida. Algunos excursionistas forasteros lo habían recorrido; pero al ser gente de paso no hubo forma de conocer su experiencia al respecto.

Él nunca había creído en leyendas o cuentos de viejos, pero procuraba que sus rutas de senderismo no se acercaran mucho a la zona.

Hoy no. Hoy era el día de romper miedos y hacer algo atrevido.

Ciertamente, la tierra era de un tono rojizo poco habitual en la región, aunque mayoritariamente estaba cubierta de maleza y rastrojal, lo que manifestaba el poco tránsito que por ahí había.

Al continuar avanzando hacia el interior, notó que los matorrales eran cada vez más robustos y altos, llegando incluso a juntarse con los enormes robles y olmos que custodiaban el camino y que, envolviendo la senda, conferían al paisaje un aspecto algo siniestro.

Sentía el aumento de la humedad y el espesor del aire, que empezaba a dificultar la respiración. La luz del sol apenas se colaba entre las inmensas copas verdes, y su inquietud crecía por momentos, así que pensó que ya era suficiente valentía por un día y decidió dar la vuelta, dispuesto a desandar el camino.

No lo vio venir. Ni siquiera había notado presencia alguna, pero nada más girarse una sombra se cernió sobre él, haciéndole caer al suelo. Sintió cómo una gruesa rama se clavaba en su muslo izquierdo.

El grito de dolor fue ahogado por el denso aire y empujado hacia el interior de su garganta, impidiéndole emitir sonido alguno.

Viendo como el espectro – o lo que fuera – se alejaba, intentó arrancar la rama hundida en su extremidad pero solo consiguió partirla, aumentando la profundidad de la herida.

Con el corazón a punto de estallar y arrastrando su ensangrentada pierna – y sobre todo temiendo que la sombra volviera por él – se levantó y echó a andar como pudo, pero sentía que apenas avanzaba. Se veía a sí mismo dentro de una de esas pesadillas en las que corres pero no te mueves del sitio.

Había conseguido adelantar unos pocos metros cuando hubo de parar. El dolor era insoportable y se sentía mareado.

Apoyó su cuerpo contra un árbol caído. Mirando hacia atrás comprobó el reguero de sangre que había dejado en la huida, y recordó el funesto nombre de la senda: El camino rojo de Nergal.

¡Cómo se arrepentía en ese momento de haberse burlado de las historias que contaban los ancianos!

Necesitaba tomar fuerza y volver a la carretera. Allí estaría a salvo y podría pedir ayuda.

¿Qué era eso que le había atacado? Solo había alcanzado a ver una enorme masa oscura, pero no estaba dispuesto a quedarse para averiguarlo.

Poco le duró el respiro…

Al intentar incorporarse apareció de nuevo. Pudo verlo bien: etéreo, tenebroso, y con ojos brillantes como el fuego.

Se abalanzó sobre él, lanzándole a varios metros de distancia y haciendo que su cara golpeara contra una piedra. Un aullido de dolor escapó de su boca. Sangraba por la nariz y sentía que un ojo se le hinchaba rápidamente.

– ¡Déjame en paz! No volveré ¡Te lo juro! – gritó, acurrucado en el suelo.

No hubo respuesta. Solo silencio… Ni el ruido de los árboles mecidos por el viento, ni los sonidos propios de un bosque, ni pisadas. Nada.

Se incorporó levemente, apoyando todo el cuerpo sobre la roca contra la que había caído.

A pesar de la vista nublada por la sangre y el bombeo incesante de su cabeza, pudo ver que la carretera se encontraba a unos pocos metros de él.

– ¡Llegaré! -se dijo, aliviado-. ¡Puedo llegar!

Enderezó el cuerpo, animado por la visión de la salvación cercana.

De pronto, sintió una respiración a su espalda y un aliento caliente rozó su nuca.

Ahogando un sollozo cerró los ojos, derrotado, y supo que todo había terminado.

– No – fue lo último que oyó.


No sé vosotros, pero yo, por un momento, he sentido el mismo escalofrío que me hacía padecer y disfrutar Bécquer con sus leyendas, como “La ajorca de oro”, que siempre me estremeció en mis tardes de fin de semana, cuando me encerraba en la vieja y oscura biblioteca del internado, con mi amigo Ángel, y leíamos libros antiguos. ¡Bravo, Rosa!

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