TERROR EN LA CARRETERA. Trabajos de los alumnos (V)

Good afternoon, my friends. Buenas tardes, amigos míos.

¡Es tiempo de lectura! Time to read!

Volvemos hoy a disfrutar con las composiciones y relatos de los alumnos del Curso de Escritura Novelística Libre. Esta semana seguiremos con el tema del Terror en carretera. Y la semana que viene celebraremos la Semana del amor.

Ya sé que todos estáis pensando en san Valentín, pero olvidaos un poco de esa cuestión y paraos a pensar: decidme si a veces la vida no es más terrorífica que cualquier película; si la enfermedad, si la muerte, si el dolor o la soledad, si el hecho mismo de vivir no dan a veces más miedo que cualquier historia. No hace falta llegar a tanto, por fortuna, y vamos a quedarnos hoy en los cuentos de terror, que pretendemos sean propios.

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Hace unos días, nos estremecimos con el relato de Álex Padrón, que supo hacernos sentir el frío de la niebla, casi sólida, como un muro que se acercara o una boca que amenazara tragarnos, en su relato “Por el camino verde”. Os dejo aquí el enlace:

http://somniablog.com/2021/02/01/terror-en-carretera-trabajos-de-los-alumnos-i/

Después, disfrutamos y nos asustamos con el relato de Rocío Llamas, una excelente recreación de un episodio de verdadero estupor y temblor, demostrándonos su dominio de la psicología y de los tiempos. Podréis leerlo en este enlace:

http://somniablog.com/2021/02/03/terror-en-la-carretera-trabajos-de-los-alumnos-ii/

Ana López nos mostró los terrores de una niña y los efectos de la imprudencia al volante en su relato, que podréis leer aquí:

http://somniablog.com/2021/02/06/terror-en-la-carretera-trabajos-de-los-alumnos-iii/

Luego le tocó el turno a Laura, que se animó con un relato psicológico, introspectivo, lleno de dudas y soledad, inquietante, en el que las voces sonaban como maldiciones calladas. Podéis leerla aquí:

http://somniablog.com/2021/02/08/terror-en-la-carretera-trabajos-de-los-alumnos-iv/


Hoy quiero que le dediquéis un rato al texto de Óscar Green, magnífico alumno que se ha lanzado de lleno en este género y nos va a demostrar que es capaz de encontrar formas para hacernos perder el sueño. Preparaos. Este es el relato titulado

LA DAMA DE LAS BESTIAS

— Has matado a mamá…

Apenas ha sido un susurro casi inaudible pero sus palabras han sido bien claras. Acaba de romper el silencio ensordecedor de una noche oscura solo alumbrada por los faros delanteros de mi coche y el resplandor de aquella presencia etérea. Podría ser mi imaginación si no fuese por la visión clara y nítida de su figura y del halo de luz que desprende su contorno, contrastando con la oscuridad que envuelve el lugar. Quizás no llegue nunca a saber si lo que acaba de decirme tiene un tono de pena, si es una advertencia, una amenaza o una condena por lo que acabo de hacer. Pero el cuerpo todavía caliente del animal ha averiado mi vehículo con el impacto, provocando su muerte instantánea. Lo que está claro es que mi temor a llegar a aquella situación se ha materializado después de tantos trayectos.

Mi primer encuentro con ella se produjo hará poco más de un año, en invierno también, y bajo una espesa capa de niebla que impedía ver más allá de los cinco metros de la carretera que tenía por delante. Volvía del trabajo, como cada tarde —ya de noche en la estación invernal—, a bordo de mi viejo coche familiar, pensando en los quehaceres que me esperaban al llegar a casa. Suerte que, por prudencia, había reducido la velocidad hasta los treinta kilómetros por hora. De no ser así, no hubiese podido evitar el accidente que en el futuro sí me estaba aguardando. De pronto, en el lado derecho de la carretera, apareció una masa grande y peluda que comenzaba a cruzarla, lo que hizo que pisara el pedal de freno a fondo. No hubo demasiado margen para evitar el impacto en aquella ocasión, pero por fortuna, conseguí detener mi coche a menos de diez centímetros de aquel animal. Porque era un animal, un jabalí para ser más concreto. La bestia apenas se inmutó ni aceleró el paso por el peligro que había estado a punto de atropellarla. Las luces tampoco parecieron atemorizarla. Era un animal de casi un metro de altura y bastante corpulento. Pero no estaba solo. Tras él, cuatro pequeños jabatos le seguían arruando y moviendo rápidamente sus patitas para intentar alcanzar al que debía ser su progenitor.

Cuando ya comenzaba a recuperarme de la sorpresa y del susto, apareció ella. Fue en el preciso instante en el que me disponía a reanudar la marcha, tras el paso del último jabato, que había quedado rezagado al final de la comitiva. Estaba soltando el embrague lentamente y pisando con suavidad el acelerador cuando tuve que volver a frenar en seco, calando el coche y quedando el motor parado. Allí estaba.

Desde el primer encuentro no tuve dudas de que era la silueta de una fémina. No se le distinguía el rostro, pues llevaba puesta una capucha que formaba parte de una larga capa de color morado que arrastraba por la calzada. Tampoco fui capaz de ver sus pies ni sus manos, pues la capa llegaba con holgura al suelo y las mangas eran largas y anchas, pero sí que aprecié que sujetaba con la mano derecha un cayado con el que se apoyaba para caminar y que le superaba en altura. Si a aquello se le podía llamar caminar, pues su movimiento, lento y sigiloso, no parecía movido por la cadencia de los pasos de unas piernas, sino que más bien parecía navegar a través del suelo como si flotara. El cayado hacía más la función de remo que de apoyo en el asfalto.

Mis manos apretaron el volante, clavé las uñas en él hasta hacerme daño en las articulaciones y un frío comenzó a invadir el interior de mi vehículo, a pesar de llevar puesta la calefacción. Ahora no puedo recordarlo, pero creo que dejé de respirar durante el tiempo que duró la aparición. Dejé de pensar en todo para centrarme en la mujer, el resto del mundo dejó de existir, incluso los animales que había visto segundos antes. Toda mi atención quedó fijada en ella pero no puedo asegurar que sintiera miedo en ese momento. El miedo aparecería más adelante en forma de temor por volvérmela a encontrar.

La encapuchada había cruzado casi la totalidad de la carretera cuando, justo antes de salir de la misma para llegar al otro lado del bosque, volvió su cabeza hacia mí. Solo entonces pude sentir a través de los pliegues de la capucha su mirada. Pero no vi en ningún momento sus ojos, sino la sensación certera de que me observaba. Sin embargo, su marcha no se detuvo mientras avanzaba, pues seguía caminando hacia la arboleda. En el preciso instante en el que ya abandonaba la calzada y comenzaba a internarse en el bosque, se esfumó de mi vista sin haber dejado de mirarme. No fue algo gradual como una evaporación ni el apagado del resplandor que emanaba, sino que pasó de estar al no estar dejándome unos segundos sin poder reaccionar. Aunque todavía no sentía miedo en el sentido estricto de la palabra. Solo entonces volví a respirar. Un coche deportivo negro que circulaba a toda velocidad por el carril contrario, me devolvió a la cotidianidad con el fugaz zumbido de su motor al cruzarse conmigo. Cuando pude continuar el camino a casa, me invadió el miedo y el temor de volver a cruzármela.

En las jornadas que siguieron a aquel suceso, cambié la ruta de ida y vuelta del trabajo, ya que el simple hecho de pensar en un nuevo encuentro, ponía mis músculos a temblar sin control. Pero contra toda lógica, después de una semana, aquel miedo fue diluyéndose y dio paso al escepticismo sobre lo que había visto o quizás imaginado. No llegué a comentarlo con nadie, ni siquiera con Laura, mi mujer. En realidad nunca lo he hecho. Tampoco conocía ninguna leyenda concerniente a la misteriosa mujer en el pueblo donde resido, en pleno Pirineo Aragonés. Así que volví a coger la ruta habitual diaria, primero de ida con las primeras luces del día y después con la noche casi cerrada de vuelta. Volví a pasar por el mismo camino, que es donde el bosque es más frondoso, y algunas de las ramas llegan casi a abrazarse para formar un techo natural. No sentía miedo pero inconscientemente levanté el pie del acelerador aminorando la marcha. En el camino de regreso a casa volvió a suceder.

Como si de una coreografía ensayada se tratase, volvieron a hacer acto de presencia los mismos personajes que la primera vez. Esta vez detuve el coche con un poco más de distancia, de manera que en esta segunda ocasión, sí pude ver por completo el cuerpo del jabalí cruzando ante mí, seguido por los jabatos. Parecía una película que ya hubiese visto, pues hubiese jurado que los animalillos representaban los mismos movimientos que la vez anterior, incluyendo al jabato que quedaba rezagado al final. El miedo comenzó a abrasarme el cuerpo por completo y se apoderó de mí ante la inminente aparición que tanto temía. Y ahí estaba de nuevo, la dama encapuchada deslizándose transversalmente por la carretera, con los mismos movimientos y con la última mirada final para desaparecer de nuevo al llegar a las primeras ramas. Todo igual, la misma sensación de ser observado desde la oscuridad antes de que el bosque volviese a engullirla. Y lo más curioso de todo fue que, una vez que todo se hubo esfumado, volvió a cruzarse conmigo otro vehículo a toda velocidad, aunque no acerté a reconocer si era el mismo de la vez anterior.

Tomé la determinación de seguir viajando cada día por aquel trayecto, y aunque era cierto que no sucedía cada tarde, rara era la semana en la que no volviese a tener aquel extraño encuentro. Sentía miedo, sí, pero comenzó a ser un miedo controlable, un miedo que le daba un toque de riesgo a mi rutina, un miedo, por qué no, adictivo. Siempre sucedía de la misma forma, en el mismo lugar, con los mismos movimientos y la misma duración. Y al concluir el espectáculo, aquel rápido coche volvía a cruzarse conmigo, o más bien aquellos coches, porque a esas alturas estaba convencido de que nunca era del mismo color ni modelo. Podría decirse que se había convertido en una costumbre, en una necesidad. Supongo que la mente estaba jugándome una mala pasada y de forma inconsciente lo digería como un sueño recurrente, ni siquiera ya como una pesadilla. Y así se prolongaron las apariciones hasta más de diez veces. Llegó un momento en el que se convirtió en un aliciente para la vuelta del trabajo y me confié. Ese fue mi error. Ése y suponer que todo estaba en mi imaginación, pues al fin y al cabo nadie en las cercanías habló nunca sobre aquella extraña dama. Por eso me encuentro en este ahora.

— ¡Has matado a mamá! —Lo ha vuelto a decir y esta vez me ha quedado claro que está enojada.

Tan solo dos minutos antes me encontraba dentro del coche con un exceso de confianza. ¿Y si no freno?, me había dicho a mi mismo pensando, con más fuerza que nunca, en la posibilidad de que todas aquellas apariciones solo estuviesen en mi cabeza en forma de ensoñaciones conscientes. No solo no he frenado en el punto clave sino que, además, iba algo más rápido de lo habitual. El impacto ha sido violento, ni he llegado a ver al animal en el instante que ha puesto sus patas sobre la carretera. Yo estoy bien, al menos físicamente, pero el coche no ha arrancado después del choque. El animal está muerto. Al menos eso dice ella.

Si el coche hubiese arrancado no me lo habría pensado dos veces y hubiese huido sorteando el cuerpo inerte del pesado jabalí, sin ni siquiera preocuparme por cuál había sido su suerte. Pero no ha habido manera de que arrancara. Me ha recordado a las típicas películas de terror norteamericanas, donde el protagonista comienza a rogarle al motor “¡Vaamos! ¡Vaamos!”, pero esta vez formando parte de mi realidad. No quería salir fuera pero tenía que comprobar el estado de mi vehículo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Además, mi teléfono móvil no tiene cobertura. Hasta la radio se ha parado. Solo las luces se han quedado encendidas en medio de la nada. Así que he salido.

— ¡HAS MATADO A MAMÁ! —vuelve a decir elevando el volumen del susurro y su enfado.

El terror invade cada célula de mi cuerpo. Cada vez hace más frío y me cuesta mucho respirar. El aire helado no consigue aliviar mis pulmones. Me mira, de nuevo esa mirada, pero ahora sin ningún cristal que se interponga entre los dos. Esa mirada oscura está helando mis pensamientos. Se lleva las manos detrás buscando la capucha con la intención de descubrir su rostro. Sigo sin poder ver sus manos, que no han soltado en ningún momento el cayado. Ni rastro de los jabatos. Ni rastro de ningún vehículo que pueda auxiliarme. Los latidos de mi corazón desbocado martillean mis sienes, bloqueando cualquier reacción de huida. La dama comienza a retirar la tela que envuelve su cabeza dilatando el tiempo que se hace eterno. A medida que se va descubriendo, toda la tela que conforma la raída capa comienza a resbalar por el cuerpo de la mujer. Bajo la capucha no hay rostro alguno y una vez que cae la tela que cubría la supuesta cabeza, se inicia el desprendimiento de toda aquella vestimenta sin que nada haya debajo. Nada. Tanto la capa como el bastón caen en el asfalto sin hacer ruido. La ropa y el cayado permanecen aquí pero ella se ha evaporado.

El silencio se rompe con una vieja furgoneta blanca que acaba de adelantar a mi coche. Quizás ya es tarde para pedir ayuda pero tampoco logro reaccionar. Tengo que salir de aquí. Vuelvo al interior del coche, y como por arte de magia, arranca esta vez al primer intento. Mi sorpresa no tarda en convertirse en desesperación por salir de este lugar sin perder ni un segundo más. Desde dentro no consigo distinguir si los restos de la mujer siguen en el suelo. Acciono en la palanca de cambios la marcha atrás para poder esquivar el cuerpo del animal que permanece inmóvil en el suelo. Ahora consigo distinguirlo en todo su volumen y a mi derecha vuelvo a apreciar los ropajes de la dama. Inicio la marcha invadiendo en su totalidad el carril contrario para poder librar el cuerpo del jabalí, sin prestar atención si otro vehículo circula en sentido contrario. Suerte que no venía nadie.

Consigo alejarme de allí. No dejo de mirar a través del retrovisor interior del coche para ver si distingo al jabalí o algún movimiento en la zona del incidente. El habitáculo de mi coche está helado y mi exhalación no deja de producir el vaho que empaña los cristales y comienza a dificultar mi visión. Acciono el botón del aire para que desempañe el parabrisas pero escucho algo en el asiento de atrás…

Intento distinguir algo a través del retrovisor interior en los asientos traseros. No veo nada, pero hay algo. O más bien, alguien. Y me está mirando. Vuelvo a notar que estoy siendo observado. Momentáneamente dejo de prestar atención a la carretera que tengo delante y me centro en aquello. ¿Es ella? En vez de dejarme en paz, ¿se ha metido en mi coche? ¿Qué hago ahora? Comienzo a entrar en pánico y vuelvo a hiperventilar.

Sin darme cuenta, aparece un obstáculo en el camino pero todavía no reacciono. Cuando ya estoy a pocos metros de lo que bloquea la carretera vuelvo a fijar la vista en el asfalto. Es un accidente. Dos vehículos han colisionado frontalmente y no parece haber signos de vida de sus ocupantes. Acaba de suceder. Ella sigue ahí detrás, lo sé.

Detengo la marcha y caigo en la cuenta de algo. Uno de los vehículos, el que iba en el mismo sentido de mi marcha antes del accidente, es la furgoneta que he visto pasar hace ya una eternidad mientras la dama todavía llevaba la capa puesta. Podría haber evitado la fatalidad si hubiese pedido auxilio cuando pasó a mi altura. Pero aun voy más allá: si ella no hubiese aparecido, ¿estaría yo en el lugar del conductor de la furgoneta? Estas reflexiones me vienen a la cabeza en décimas de segundo. Pero la abrumadora respuesta se encuentra en el otro vehículo: es un deportivo. Vuelvo la cabeza hacía los asientos de atrás y busco. Nada. La presencia se ha esfumado.

Antes de que pueda volver la vista hacia la carretera, algo llama mi atención en la luneta trasera. Está empañada pero creo distinguir algo más. Enciendo la luz interior y veo unas letras mayúsculas escritas sobre la superficie empañada del cristal. Mi voz temblorosa pronuncia en voz alta las dos únicas palabras que hay escritas:

— De nada…

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