TERROR EN LA CARRETERA. Trabajos de los alumnos (II)

Good morning, my friends. Buenos días, amigos míos.

Huele a literatura en el aire matutino. ¿Qué olor es este? Es más intenso aroma que la piel de una mujer, más dulce que las granadas maduras, más poderoso que cualquier narcótico, más fresco que el deshielo de un glaciar. Es la fuerza de la palabra, creadora de vida y de productora de muerte.

Y de muerte trata la cosa hoy… O quizás no, ¿quién sabe? La verdad es que muchos asocian el terror con la muerte. Pero, en realidad, si lo pensamos fríamente, no hay nada más terrorífico que la vida.

Una vez más, mis alumnos del Curso de Escritura Novelística Libre han demostrado la fuerza de sus corazones y el talento de su creatividad. Hace unas semanas, les propuse un nuevo reto: escribir un relato breve de terror en la carretera. ¿Y qué creéis que ha sucedido? Exacto: que han aceptado el reto y se han lanzado de cabeza hacia el abismo de la literatura del miedo. A estos titanes no hay montaña que les asuste ni dios olímpico que les detenga. A estos grandes escritores que algún día verás en las estanterías de tu librería o que pedirás a través de Amazon no les arredra ninguna aventura. Quizás ellos también tengan miedo, pero están dispuestos a mirarlo a la cara y a decirle: “Ya no existes”. ¿Estás tú dispuesto a hacer lo mismo? Empieza por clavar tu mirada en él a través de estos relatos.

Hace unos días, nos estremecimos con el relato de Álex Padrón, que supo hacernos sentir el frío de la niebla, casi sólida, como un muro que se acercara o una boca que amenazara tragarnos, en su relato «Por el camino verde». Os dejo aquí el enlace:

http://somniablog.com/2021/02/01/terror-en-carretera-trabajos-de-los-alumnos-i/


Hoy, vamos a disfrutar con el trabajo de Rocío Llamas, que os dejará pegados al asiento, os lo aseguro. Decidme si no es increíble… Aquí lo tenéis:

<<Un día más miro el reloj

…y son más de las 20:00h.

Aunque nunca se lo diré, admito que mi psicólogo tiene razón al decir que prefiero mantener la mente ocupada a enfrentarme al vacío que me espera tras la puerta de lo que se supone que es mi hogar. Aun así, ya tengo suficiente por hoy. Me esperan más de 40 minutos de camino a casa.

Apago las luces, echo un vistazo en forma de breve despedida al cartel de mi despacho y cierro la puerta de la oficina con la esperanza de que la noche acabe pronto y pueda volver a sentarme en mi mesa mañana a primera hora, hueco de remordimientos y envuelto tras una coraza de poder ficticio que me protege de la realidad.

No me había percatado de que llovía hasta que un par de gotas rebeldes me han dado la bienvenida al mundo haciéndome recordar que desde el momento en que cierro la puerta del despacho y acepto ser un simple mortal, me afecta (igual que al resto) el tiempo y sus inclemencias. Tras asegurarme de que nadie podía verme, echo a correr (sin ganas pero sin remedio) hasta el refugio particular con el que tenía pensado llegar a casa.

Se agradece un poco de aire caliente en las manos para afrontar el trayecto hasta la magnífica casa (la más alejada y grande que había en la urbanización en lo alto de la montaña). Cuando me ascendieron, Marga y yo decidimos cambiarnos de casa a una más espaciosa y bonita desde la que pudiéramos hacer creer al mundo que éramos felices, sin valorar que parte de mi vida la pasaría en el camino solitario y oscuro que me esperaba diariamente hasta llegar allí. Tampoco me importó.

Era una casa antigua con muchas opciones para crear recuerdos nuevos junto a esa pequeña personita que crecía en su interior. Si así ella estaba contenta y tenía algo con qué pasar el tiempo hasta que yo llegase, para mí ya era una buena decisión. Y lo fue durante un tiempo (breve) en el que se la veía pletórica, decorando cada rincón con pedacitos de amor que se percibían por doquier hasta que Víctor, nuestro pequeño (varios días después de su segundo cumpleaños), mientras jugaba en el jardín consiguió abrir la verja que daba a la calle y un enorme cuatro por cuatro arrasó con su vida sin tan siquiera dejar una huella de frenada en el suelo.

Yo no estaba allí. Ese día ni tan siquiera le había dado un beso de despedida. Tenía una reunión importante y había salido de casa cuando aún era de noche y ellos estaban durmiendo. Marga fue quien encontró su cuerpecito pequeño y húmedo tirado en el suelo con un hilo de vida.

Me llamó infinitas veces mientras presentía que el ángel de la guarda de nuestro pequeño se iba alejando poco a poco. Cuando finalmente consiguió hablar conmigo, no tuve el valor ni de susurrar dos palabras con las que reconfortar a quien se suponía que era el amor de mi vida. Salí directamente al hospital al que, como siempre, llegué tarde.

Nunca llego a tiempo a lo importante.

Con ese recuerdo cíclico en mi cabeza, enciendo el coche. Pongo la sonata de piano número 14 de Beethoven (Claro de luna) para hacer algo más ameno el monótono trayecto hasta mi huérfano hogar y me decido a salir.

No llueve en exceso. Es más, el sonido de la lluvia acompaña el efecto del suave tacto en mi alma que genera el piano firme y decidido con el que interno hacerme un poco mejor persona.

Al llegar al inicio de la urbanización, las luces de la ciudad no son tan frecuentes y la lluvia parece aprovecharse de la situación para desahogar su furia. En cinco años he hecho el mismo trayecto diariamente (y en los últimos 2 años y medio sin la esperanza de encontrar a nadie al llegar), así que reconozco cada rotonda, cada semáforo, cada calle como si fuera parte de mí mismo. Sin embargo, estoy viendo un cruce que jamás había visto.

Al reducir un poco la marcha, confirmo que donde ayer había un voladero hacia el abismo de la montaña, hoy hay una salida marcada hacia una carretera que puede verse antigua y traída por los años; como si hubiera estado siempre en ese mismo punto aunque mis ojos cansados nunca se hubieran percatado de ella.

Sin salir de mi asombro, sigo hacia adelante (no sin antes girar una vez más la cabeza para confirmar lo que creo ver) y observo a través del retrovisor esa imagen confusa del camino que ha tirado por tierra mi cordura.

Es imposible. Debo estar delirando. Ahí no ha habido nunca nada.

Nunca.

Nada.

A los pocos metros freno en seco. Me invaden las ganas de saber si hay un nuevo camino y adónde irá. Tal vez siempre lo ha habido y yo, que no veo más allá de lo que quiero ver, jamás he prestado atención y lo he pasado por alto; así que pongo marcha atrás hacia el cruce con destino a la nada.

La furgoneta que venía en sentido contrario me pita bruscamente al ver la imprudencia que intento hacer y el limpiaparabrisas de la luna trasera se pone en marcha para intentar ayudarme a llegar al mismo punto donde el cartel marcaba la salida.

Sin embargo, a pocos metros de mi meta una ráfaga de luz de un coche me avisa desde atrás para que cese en mi intención de explorar la nueva ruta obligándome a seguir hacia delante.  

Maldigo la coincidencia. Nunca pasa nadie por aquí (y menos a esta hora) para obligarme a subir cuesta arriba solo 500 metros más hasta donde el coche que venía detrás gira hacia la derecha y se pierde en la sombra de las farolas de la primera tanda de casas de la urbanización.

Ya una vez ahí (y sin espacio para dar la vuelta), no me planteo una nueva imprudencia que pueda costar la vida a alguien, así que doy un golpe seco al volante y, disgustado, me decido a llegar por fin a casa.

La lluvia empieza a disminuir y, como ya ha sonado varias veces el Claro de luna, el eco de mi corazón me agradecerá unos minutos de silencio. Reduzco la marcha y en el momento en que bajo la cabeza un segundo para apagar la radio, de la nada aparece una chica joven empapada y golpeando mi ventana como si en ello le fuese la vida.

Del sobresalto, se cala el coche. Intento poner atención a lo que quiere decir, pero sigo sin descifrar las palabras de angustia que se está llevando la lluvia. Aún y así el lenguaje universal del miedo se palpa en sus ojos mientras aporrea el cristal mojado.

Sin dar mucha credibilidad a la imagen, bajo la ventanilla para dirigirme a ella.

—¿Puedo ayudarte en algo?

—¡Por favor! ¡Mi bebé! ¡Ayúdame!

La joven, rubia y asustada, parece haber salido de una pesadilla en la que, por más que gritas, nadie puede oírte.

—Pero ¿qué te ha pasado? ¿Dónde está tu bebé? —le digo sin tener aún muy claro que no estoy hablando con alguna parte de mí mismo.

La chica, con voz entrecortada y sin dejar de señalar hacia el fondo de la montaña, consigue decir:

—Iba de camino hacia casa de una amiga y el GPS me indicó girar hacia la izquierda en esa calle.

Su dedo tembloroso me indica la oscuridad de una enorme piedra.

—Cuando encaré el coche hacia allí, me topé de frente con un muro enorme. ¡No lo vi! ¡Te juro que no lo vi! Mi bebé… ¡Por favor! ¡Está ahí dentro!

Con un nudo en la garganta, salgo del coche en plena tormenta para ver con mis propios ojos si era verdad. En un tramo recto, justo antes de afrontar una importante pendiente, me encuentro un pequeño coche azul oscuro cuya parte delantera estaba empotrada de frente en el canto pétreo de la montaña. De fondo, ahogado entre el sonido de la lluvia, se escuchaba el llanto desgarrador de un niño llamando a gritos a un ángel de la guarda.

Sin volver a mirar a los ojos a su madre, me introduzco dentro del coche (sin saber ni cómo) con la esperanza de poder redimir el peor de mis pecados. Un trueno desgarrador hizo callar por un segundo a la criatura, mientras yo le grito a su madre:

—¡Ayúdame! El cinturón está atascado, yo estoy chorreando y… ¡¡no me deja tocarle!! Está asustado.

—Yo no puedo…— repetía la chica con un tono lastimoso e implorante.

Cuando consigo, por fin, liberar al niño del cinturón que le ataba a la sillita, lo cojo en brazos para que se refugie en pecho de su madre pero ella ya no está.

Sin salir de mi asombro, miro hacia todas partes y no hay rastro de ella.

Grito al unísono del llanto de su hijo y la chica no aparece. La tierra se la ha tragado.

Al ver la imagen de un hombre con traje empapado bajo la lluvia pegando gritos a la nada con un niño en brazos y las luces de mi coche parado enfrente, otro vehículo se para para ver qué ha pasado. Se baja un señor mayor con un paraguas al que le pregunto inquieto:  

—¿Ha visto a la chica que estaba detrás de mí hace un momento? —me escucho a mí mismo con voz acelerada mientras el bebé me agarra cada vez más fuerte del cuello.

—¿Qué chica? —contesta el hombre asombrado acurrucándose bajo el paraguas—. ¿Está usted bien?

—Yo no iba en el coche —aunque parecía algo evidente para mí, él carecía de información para saberlo—. Ella me ha pedido ayuda porque no podía sacar al bebé y me he bajado a ayudar.

El tramo era muy oscuro y la luz de mi coche no llegaba a alumbrar del todo el vehículo siniestrado, pero antes de entregarle el niño al individuo que vino a ayudar, me asomo por la ventanilla para ver si hay algún bolso, un nombre, una dirección o algo con lo que poder localizar a la madre.

En mi perpleja incredulidad, al acercarme al asiento del conductor, me encuentro a la misma chica rubia que hacía escasos minutos había aporreado la ventanilla de mi coche pidiendo ayuda. Tenía puesto el cinturón de seguridad, los ojos abiertos mirando al abismo de piedra que le había arrancado la oportunidad de vivir y la cabeza inclinada hacia abajo goteando sangre sobre el volante.

Con su hijo aún en brazos, me ha inundado una sensación de tristeza, vacío y desconsuelo que me ha obligado a sentarme en el suelo (entre el borde de la montaña y una rueda de lo que quedaba del coche azul) intentando saber qué está pasando.

¿Habrá visto ella también la imagen nítida de una carretera que en realidad no existe?

¿La he visto en realidad o me estoy volviendo loco?

La sirena de la policía (a la que ha llamado el señor mayor del paraguas que sigue mirándome extrañado) ya se escucha a lo lejos, entre el sonido lejano de la tormenta que se reduce poco a poco y el llanto del bebé que se aferra a la vida a través de mi cuello.

Creo que el universo me está dando la oportunidad de redimirme a través de esta triste situación o ¿tendría que haber sido yo el que cogiera el atajo hacia la muerte?

Mi psicólogo dirá que he somatizado emociones y que creí ver lo que en realidad no veía, pero yo sé que estuvo ahí. El alma de esa mujer vino de allá donde estuviera para pedirme ayuda y salvar lo que más quería. Me transformó por un minuto en su ángel de la guarda (el que nunca he sabido ser) y, por una vez en la vida, no llegué tarde.

Tras varias horas en comisaría intentando aportar respuestas, me he callado la única verdad que tengo clara y es la imagen de la salida que vi minutos antes de que apareciera la chica pidiendo auxilio (tal vez la misma que ella vio en el instante de dejarse la vida en ese espejismo).

Al llegar a casa, he llorado… como no lo hice cuando debía.

He pedido perdón a Víctor y he sentido cómo se liberaba un pedacito de pesadumbre en lo más hondo de mi corazón. Voy a cambiarme (sin dormir) y llegaré a la oficina como un hombre nuevo, en la confianza de que esta noche, al volver, seguirá ahí el camino que realmente me devolverá a mi hogar>>

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