Coches y teléfonos

Hoy estaba junto a mi coche en el aparcamiento público, allí donde vamos todos los hijos del pueblo, con nuestros coches de poca monta y chapas rayadas.

Junto a mí ha pasado una mujer de mediana edad. Venía hablando por teléfono, y lloraba ostensiblemente, mientras decía a grandes voces: «¡Se me ha muerto, mamá! ¡Se me ha muerto!»

En ese momento, se me ha partido el alma, se me ha encogido el corazón. El sufrimiento humano siempre me provoca una compasión que comprime mi espíritu y le arrebata el hálito. Me he quedado mirándola, como si yo pudiera hacer algo por mitigar aquel dolor, aunque bien sabía que no era posible.

¡Qué desgraciados somos los hombres! ¡Qué pobres, débiles y desvalidos!

También en ese momento, me he acordado de mis propias lágrimas y de mis propios lamentos. Y he cerrado el coche y el guardado el móvil. Por ahora, prefiero el silencio y la soledad, hasta que el lago de mis lágrimas se desborde.

Sufro, sufren, luego escribo.

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