La sociedad, la libertad y la creatividad. Literatura

Queridos amigos,

no ha de pasar un día sin que un escritor dé a luz, al menos, una línea en su cuaderno o en su archivo de trabajo. Es lo que yo llamo la Regla del Uno. El remedio a la inconsistencia y la parálisis resulta, pues en el cumplimiento de esta regla la mente se disciplina, se obliga a levantarse de su postración y puede así alcanzar, con fortuna, la libertad que hay en la luz, en la palabra.

A menudo, las obligaciones diarias nos arrastran a un agotamiento prematuro y profundo, que nos empuja a dejarnos caer sobre el sofá y llevar por los mass media, cuando nuestra jornada de trabajo ha terminado y llegamos a casa, con la mente atrofiada y seca. Así es como la exigencia de productividad y la competencia por los bienes y recursos está matando nuestra creatividad y condenando a millones de seres humanos, cotidianamente, a una suerte de esclavitud que no necesita cadenas ni grilletes, títulos de propiedad ni subastas públicas. Son las leyes laborales y fiscales las modernas galeras de transporte que conducen a los pobres desgraciados capturados por el sistema (la mayor parte de las veces, en su más tierna infancia) hacia los campos de trabajo donde pasarán el resto de su vida, con la promesa de un retiro dorado subvencionado por el padre todopoderoso en que el estado se ha convertido. Y mejor no hablamos de los que jefes que piensan que los trabajadores deben sentir su empresa como si fuera su hogar, y que no tienen derecho a tener vida fuera de ella, como si el sencillo pensamiento de que pudieran dedicar un solo gramo de energía a otra cosa pudiera arrebatarles el dominio sobre sus voluntades. Son los poderes políticos y económicos (¿hay alguna diferencia?) los modernos señores feudales que exigen la entrega periódica o extraordinaria de impuestos y la realización de servicios obligatorios, a los incultos e impotentes campesinos que viven en sus dominios, con la excusa de protegerlos de las agresiones de los otros señores (triste sistema opresor en el que unos y otros señores se necesitan amenazándose, para que la amenaza justifique su mera existencia y su poder). Son los partidos políticos, los medios de comunicación, los entretenimientos públicos, las instituciones públicas educativas, los regímenes de seguridad social, estas modernas explotaciones algodoneras en que los esclavos de hoy se desloman de sol a sol, por un ínfimo premio, que apenas llega para mantenerles con vida, con la excusa de subvenir a sus necesidades básicas (comida, sanidad, educación), y para evitarles la molestia de procurárselos por ellos mismos. Así, las instituciones democráticas se han ido convirtiendo en cargas de opresión, donde las élites, casi siempre profundamente antidemocráticas, provenientes muchas veces de ideologías totalitarias disfrazadas, hacen y deshacen a su antojo, a costa de unos ciudadanos que, como ciegos guiados por ciegos, como autómatas programados para no levantar su vista de su trabajo y de sus vísceras, siguen a pies juntillas sus planes de batalla, siempre enfrentados unos a otros, siempre entretenidos, siempre encorsetados. Hoy las cadenas ya no son visibles, precisamente porque son más poderosas y ya no se ponen al cuello de un solo hombre, sino de toda la sociedad.

El hombre lleva siglos, milenios, persiguiendo la libertad, y no hace más que inventar medios para aniquilarla. ¿Por qué? Porque, desgraciadamente, un hombre concreto puede entregar la vida por la libertad, pero la mayor parte de los hombres no está dispuesta a luchar por tal recompensa; y los peores de todos, cuando hablan de la libertad, se refieren solo y únicamente a la suya propia, estando dispuestos a cercenar en todo lo posible la de los demás. También sucede que estos son los a menudo llegan a los puestos de poder, porque la bondad (en los hombres también hay bondad, y en algunos domina por encima de cualquier malicia) no puede entender que sea posible dedicar la vida a obtener cada vez más poder sobre los demás, ni tienen la astucia suficiente para lograrlo. Pero los malvados tienen tres tremendas cosas a su favor: la voluntad, la penetración de mente y el odio, madre de todas las esclavitudes. Este odio no es necesariamente un odio agresivo y malencarado, como muchos piensan. Hay personas llenas de odio que caminan por el mundo con una sonrisa agradable en la cara, y lo hacen de forma sincera, ya que tienen un carácter naturalmente optimista y abierto; sin embargo, por dentro odian al prójimo e incluso la propia idea de la existencia, cuánto más la existencia de otros seres humanos. Este odio es fruto de un egoísmo lleno de terror e inseguridad, y se nutre de la soberbia más profunda, que es aquella que ve en el propio yo la finalidad de la vida, mentira tanto más dañina cuanto menos manifiesta. Y es que, si nos fijamos en los demás seres que pueblan el mundo, veremos que ningún individuo, ni siquiera los grandes depredadores, ni siquiera los animales más peligrosos, ni siquiera los virus y las bacterias, hace una mayor consideración del yo que del nosotros, y muy pocos o ninguno están en condiciones de suprimir toda forma de vida semejante a la suya ni de someterla por el mero hecho de servir a sus placeres o caprichos personales. Pero el ser humano ha alcanzado un grado tan elevado de egoísmo, de soberbia y de odio a otros seres humanos, y esos sentimientos de muerte están sembrados de tanto terror y tanta inseguridad, que cualquier cosa que se salga de su propio ser, que no sirva a su propio ser, que se oponga a su propio ser, es considerado inmediatamente enemiga, hostil, y debe aniquilarse. Las leyes protegen la vida de los hombres, sin duda porque la razón todavía no se ha apartado del todo de la especie humana, aunque ya comienza a vislumbrarse un futuro cercano en que la vida valdrá menos que un pelo de una mosca. Mas aun son protectoras. Por eso el ser humano no se atreve a atacar inmediata y abiertamente a otros. Busca, en cambio, caminos ocultos hacia la opresión, caminos que quizás no finalicen en un campo sembrado de cadáveres que son devorados por los buitres y calaveras de cuencas vacías (el sueño plácido de más de uno), pero que sustituyen, cobardemente, ese cementerio a la intemperie por uno mucho más sofisticado, mucho más sibilino: el cementerio de las almas esclavizadas, que es exactamente el escenario de nuestro mundo moderno.

¿Por qué están las almas esclavizadas? No es solo el sistema político, más denigrante cuanto menos liberal, ni solo el sistema político, más ruinoso y fangoso cuanto más intervenido, sino todas las intrincadas redes, poleas, pesos y contrapesos que se han ideado para que los hombres de la calle, los ciudadanos de a pie, sean cada vez más estúpidos, más manejables, más tristes, más inseguros, más cobardes, menos libres y más esclavos. Si todavía no se ha logrado someter del todo al hombre y queda algo en él que pueda rebelarse; si todavía no se le han arrancado los ojos y puede percibir la negrura que se cierne sobre él, es solo porque no hay una sola cabeza pensante detrás de todos estos procesos, y porque siempre pugnará dentro del alma un fuego divino que no será fácil aplacar, ni echándole encima todos los glaciares del mundo.

Las almas están también narcotizadas por la era digital, que ha servido para que la comunicación entre todos los seres humanos sea más rápida, eficaz y directa, y que ha puesto a nuestro alcance una cantidad ingente de conocimientos y actividades que no creíamos posible, con muy poco esfuerzo, pero que está siendo poco a poco controlada por estos mismos poderes, no siempre visibles, no siempre racionales, no siempre personales, que son como la amalgama teórica de todos nuestros egoísmos particulares, como la reacción química de todos nuestros odios personales, hasta que llegue el día en que también la red, a pesar de sus posibilidades casi ilimitadas, se convierta en coto de poderosos, en feudo de señores implacables; y que donde abundó la libertad, abunde entonces la esclavitud. Porque la era digital es también la del surgimiento de nuevas esclavitudes para el alma humana, desde el porno barato y fácil, hasta las enfermedades psiquiátricas derivadas de la adicción a los aparatos electrónicos y a las aplicaciones informáticas, pasando por la pérdida de nuestra intimidad, la banalización de nuestra cotidianeidad, y la publicación de nuestros datos personales.

Veo a la humanidad, hoy más que nunca, sometida a la terrible esclavitud, que ya no es la del dueño que manda sobre otro ser y decide sobre su vida o su muerte, sino la del sistema que gobierna las almas y mata todo lo que es sagrado en ellas, incluso las ganas de seguir viviendo, la autoestima, la creatividad, la magia, la imaginación, la fe, la bondad, la generosidad, la reflexión, la familia, la paz interior, la meditación, la soledad, la pausa, el color; la simple y sencilla aventura de estar vivo; las lágrimas sinceras de la presencia perdida; el recuerdo de los seres amados; la aspiración a la grandeza; la lucha por los propios ideales; la libertad de decir no, incluso a la propia sociedad, incluso a la propia vida; la tradición que se siente propia y se cultiva; las enseñanzas de nuestros antepasados; la risa sincera, el juego, las horas pasadas con los niños; la capacidad de empezar de cero cuantas veces sea necesario y posible; la libertad de vivir donde se quiera, de ganar y de perder, de acaparar y de donar, de ser rico y de ser pobre; la esperanza en el triunfo merecido; el pago por el mérito bien ganado; y tantas otras cosas que hacen que valga la pena ser humano y que se están apagando poco a poco, mientras nos pintan a todos con el mismo color, nos ponen a todos las mismas cadenas, nos meten a todos en el mismo envoltorio biodegradable y nos inoculan a todos el mismo veneno, cabe la excusa de que ellos saben mejor que nosotros lo que nos conviene, de que ellos cuidan de nosotros, de que ellos harán que todo nos sea mucho más fácil y traerán una nueva era de paz y justicia a la galaxia, acabando, por supuesto, con los otros, con el enemigo más ficticio que real, con las viejas supersticiones, con ese capricho malvado de la libertad individual, que solo trae al hombre indigestión y errores.

¿Os suena este discurso? Tristemente, parece el programa de alguno de nuestros partidos políticos, siempre en defensa de lo público, o lo que es lo mismo, de la esclavitud y dependencia del estado, este constructo moderno destinado a hacer creer a los hombres que sirven a un dios en una religión sin dios.

¿Sabéis por qué esto es malo? Porque mata la libertad humana; porque acaba con la posibilidad de errar, caerse, levantarse y aprender por uno mismo; porque acumula y aglutina todos los recursos y potestades en las manos de unos pocos (normalmente los peores, recordad que la tenencia del poder es una ascensión en la que unos suben a costa de la caída de otros); y porque asesina la creatividad del hombre, que es precisamente la cualidad que le bajó de las copas de los árboles, le puso a caminar en el suelo, le liberó de sus predadores, le extrajo de las cuevas donde se refugiaba y le llevó a conseguir, paso a paso, siempre imparable, las altísimas cotas de desarrollo y tecnología que hoy tiene. Borrad esto, convertid al hombre en un simple trabajador, en un simple consumidor, y habréis obtenido sobre él el poder absoluto, porque habréis matado lo único que hace de él el ser más especial de la Tierra: su creatividad.

La literatura es precisamente una de las mejores muestras de esta creatividad. Por esta razón, el inicio de la historia ha sido colocado en el momento de la invención de la escritura. No es casualidad que el primer texto escrito que conservamos corresponda a un registro contable, porque el manejo de las finanzas es una de las conquistas de la creatividad humana; como tampoco es casual que el primer relato coherente que tenemos tenga que ver con el anhelo del hombre hacia la inmortalidad, su aspiración a lo eterno, el amor, la amistad, la rebeldía frente a los poderes que pretenden su esclavitud y su muerte, que es lo que puede leerse en esa maravillosa oda a la humanidad que es La Epopeya de Gilgamesh. Este (rey absoluto y terrible él mismo) se enfrentó con los dioses, pero su verdadera y loable guerra comienza cuando ya no es rey, sino cuando pierde a su gran amigo Enkidu y el dolor y la amargura embargan su alma, ante el abismo de la muerte, sentida no como una simple pérdida, sino como un estado de limitación y esclavitud ideado por los dioses, y parte en busca de la vida eterna a las regiones desconocidas, llevado por la desesperación y la nostalgia del amigo amado. ¿Es así el hombre en sí mismo: un ser terrible lleno de dolor y de desesperación, que, no obstante, no puede partir sin más hacia la oscuridad, sino que se impelido a recorrer el universo para encontrar el sentido y el secreto de la vida eterna, una vida cada vez más penosa, cada vez menos libre? Quizás, ¿quién sabe? Pero yo no me resigno. Si Gilgamesh nos enseña algo, más allá de su belleza y su novedad, es justamente esto: la increíble e indescriptible sorpresa por este hallazgo de la humanidad traducido en el arte de contar historias, de crear relatos imaginarios que, sin embargo, están enraizados en su misma naturaleza y describen, con palabras que la disfrazan, una verdad más alta, más profunda, más ancha que su mera existencia corpórea.

Quieren quitarnos también esto, amigos míos, y mi grito resonará en el desierto, acaso sin que nadie lo escuche. Pero no por eso he de callar. Algunos prefieren la paz a la verdad. Yo creo que sin verdad no hay paz verdadera. Como tampoco hay libertad. Porque la verdad y la libertad son las dos caras de la misma moneda. Sin ellas, prefiero no vivir. Tristemente, una gran parte de la sociedad está dispuesta a ello, y no tienen reparos en cambiar verdad por tranquilidad, libertad por una aparente seguridad.

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