Mis libretas y yo

En mi trayecto vital siempre ha habido una compañía íntima e imprescindible: la libreta. En cierta forma, puede reproducirse parte de este trayecto revisando las libretas que he ido abandonando, unas por consunción, otras por desgana, y otras por la llegada de libretas mejores o más hermosas. Debería hacer acopio de todas las libretas de mi vida y hacerles un homenaje. El homenaje del fuego, quizás. Que ardieran todas para que mi se elevara también como el humo, y como el humo desapareciera sin dejar rastro, fundida con el éter infinito.

Las libretas han sido mis amantes. He hecho el amor con ellas en mil maneras distintas, en mil lugares distintos, en mil momentos dispares, con lágrimas y con risas, en soledad y en medio de la multitud. No me han pedido nada. Han venido tras de mí sin exigir nada a cambio, leales hasta la muerte. No han tenido celos unas de otras. Han guardado celosamente mis secretos (pobres e insignificantes secretos) y jamás me han faltado cuando las he reclamado.

Hoy tengo un nuevo amor. Quiero presentárosla. A los fanáticos de Tolkien les entrarán las mismas cosquillas que a mí en el estómago al verla. Es tan hermosa y tiene una figura tan exuberante y atractiva, que cuesta no pensar en todas las increíbles cosas que haré con su interior. ¿Qué os parece? A partir de ahora, pasará mucho tiempo a mi lado.

A mis amigos de la Sociedad Tolkien seguro que les gusta y les da un poco de envidia. Lo siento, amigos, pero no revelaré las fuentes ni diré de dónde he sacado este «Libro rojo de la frontera del oeste», como lo llamaría probablemente el mismísimo Bilbo Bolsón.

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