Extracto de Canción Eterna II

Buenas noches, amigos. Good night, my friends.

Yo quería traeros ya la novela entera, pero aún no está terminada, y estos tiempos que vivimos no son propicios para aventuras literarias. Pero quizás sea al revés, quizás la gente necesite evadirse de sus problemas reales con relatos de fantasía, y esta sea la terapia más adecuada para los tiempos que corren.

No lo sé.

Lo único que sé es que yo escribo historias inventadas. Una de ellas es la segunda parte de mi novela Canción Eterna. Actualmente, el manuscrito supera ya las 600 páginas. Pero, tranquilos, hoy solo voy a mostraros un par de ellas. Espero que os gusten.

<<Por fortuna, nadie pudo seguirlos. Puede que aquellos bandidos no desearan internarse mucho en el bosque; o puede que no se sintieran tan seguros como para perseguir a una compañía a caballo. Quizás pensaran que, después de todo, otros jinetes podrían unírseles o esperarles más adelante. De todas formas, nada de esto lo supieron los generales del ejército bárbaro, ya que ninguno de los saqueadores estaba dispuesto a volver a contarlo. Ignorantes de la posición y la importancia de quienes se habían topado, decidieron que lo mejor era marcharse antes de tener un aprieto, fuera con amigos o enemigos; y ninguno regresó al ejército kaxesh para contar la noticia de aquel encuentro. Los desertores y ladrones no son muy bien recibidos, ni siquiera entre los kaxeshi. Cada uno se echó su petate al hombro y se largó con viento fresco. Se separaron, se disgregaron y se perdieron en la noche de la historia.

Por unos minutos, el futuro del mundo dependió de aquellos hombres. Ellos no lo supieron. Quizás animados por algún secreto destino, se ocultaron de la mirada de los siglos, temerosos de ser demasiado importantes para cambiar el signo de los acontecimientos. Pudieron haber tenido en sus manos la suerte de la guerra, pero se apartaron y dejaron pasar la ocasión. Así también el hombre ordinario ve venir las grandes gestas no como una oportunidad, sino como un peligro; y echándose a un lado, muy a menudo ve marcharse la ocasión para nunca más regresar. Pero el hombre grande, el egregio, el excelente, no se queda a la vera del camino como una vaca masticando hierba, sino que va al encuentro del peligro, y lo enfrenta hasta triunfar o morir en el intento. No hay ningún ejército que amilane a un hombre verdaderamente valiente. Es muy fácil mostrar una opinión y una conducta aprobada por la mayoría; lo heroico es remar contra corriente y poner la fama y la vida a los pies de los caballos.

En silencio, furtiva, la compañía de la Reina se alejó en dirección al noroeste, perdiéndose entre los matorrales, las piedras y los árboles cada vez más apiñados. Cuando cayó la tarde, acamparon en la falda de un macizo de poca altura, coronado de rocas desnudas, separado del resto de las montañas como una isla en medio del océano. Había allí un hueco profundo, menor que una cueva, mayor que una grieta. Durmieron todo lo apretados que pudieron, mientras las cabalgaduras descansaban a la orilla de un minúsculo arroyo que se suspendía y demoraba, antes de ir a morir lejos a un río más nutrido, arropado por los altos matorrales y las ramas caídas arrastradas por la corriente.

Pasaron allí no solo la noche, sino también el día siguiente. Fue una parada táctica, destinada no tanto a darles descanso, cuanto a permitir a los exploradores que examinaran el terreno y comprobaran si les seguían o no. Tuhner dio orden de no encender fuegos ni armar jaleo. Pero no habría hecho falta. En realidad, muy pocas palabras se dijeron durante aquellas horas, pues sus espíritus estaban inundados de una impresión abismal. No obstante, antes de anochecer de nuevo, Tunher les hizo desmontar el campamento de nuevo y tomar las riendas de nuevo. Ahora estaba convencido de que aquellos que se habían topado no iban tras ellos, y pretendía aprovechar la ocasión para desaparecer definitivamente. Desde entonces, cabalgaron más deprisa, y no se detuvieron sino en muy raras ocasiones, siempre para comer y dormir muy poco. Por suerte, no encontraron ningún enemigo más. Ya no se escondían en las sombras de la noche. Cabalgaban tanto a plena luz, como a oscuras. Era como si Tunher temiera llegar tarde a una cita amorosa. Veían pasar los árboles, las colinas, las granjas desatendidas, los caminos cubiertos de maleza, con la rapidez de una mañana soleada de invierno. A su paso, solo contemplaban desamparo. El mundo daba la impresión de estar abandonado. Los pájaros no cantaban. Los ciervos ya no pastaban en las leves altitudes ni en las laderas abiertas. Las bestias ya no merodeaban de noche. Y ni siquiera los mosquitos molestaban en las horas de calor.

La vida toda, salvo la de los árboles, parecía haber marchado de aquellas tierras. Y aun los árboles se hubiera ido, de haber podido. Quedaba una tierra muda y vacía, en la que resonaba como un tambor el sonido de los cascos de los caballos y el tintineo de las armaduras. Aquellas férreas campanillas les acompañaban todo el tiempo, y ocultaban sus susurros. Susurros era lo único podían intercambiar. Aunque hubieran querido que fuera de otra forma, no les daba mucho tiempo a charlar. Al final, se habían acostumbrado a marchar casi siempre en silencio. En furtivas ocasiones, Teobald dirigía alguna mirada rápida a Tunher, a quien veía agobiado por el peso de su responsabilidad, y hasta dudoso. Se preguntaba si sabía a ciencia cierta adónde se dirigían o qué buscaban. Desconocía, sin embargo, cuáles eran las verdaderas preocupaciones que atravesaban el espíritu de Tunher: desde el encuentro con la horda de bandidos y saqueadores, este no hacía más que volver con el pensamiento al rey, pues existía la posibilidad de que la compañía en que el monarca marchaba se hubiera encontrado con alguna tropa de enemigos y hubiera perecido. Si era así, antes o después debían de toparse con algún resto o alguna pista. En todo caso, su instinto le decía que el rey Roderik habría buscado igualmente la protección del Gran Bosque, que en algunas zonas ciertamente era inhóspito, pero que ello redundaría en una mayor defensa para sus hombres, fueran cuantos fuesen. Y si algún sitio podía encontrarse a Ároc, era precisamente allí. Eso era exactamente lo que él esperaba: que pudieran hallarlo a su vez, o bien que se encontraran con el ejército real. En caso de que no estuvieran allí o que no los toparan ni en varias semanas, ¿qué harían? ¿Tenía él capacidad suficiente para tomar una decisión, si la Reina le pedía consejo? Pero todavía le temía más a otra cosa. Pues si el legendario general salía a su encuentro, ¿qué haría con ellos? ¿Sería todavía un amigo o ya un enemigo? Según había escuchado entre los oficiales, desde hacía un tiempo se había vuelto terriblemente peligroso y amenazador. Quizá no habría dudado en cobrarse la deuda de justicia que el rey tenía con él, y si Roderik había podido alcanzar el corazón del bosque y lo había encontrado, quizá Ároc había mandado que lo apresaran o, aún peor, que lo mataran. Era algo que le resultaba impensable, pero los rumores sobre el profundo cambio obrado en el héroe desde su destierro se habían extendido por todas partes, y en el ejército, incluso quienes lo conocían, daban pábulo a lo que se contaba de él. “La guerra puede cambiar a los hombres”, se decía Tunher, “también a los mejores”.

Las dudas le carcomían. Él había visto a muchos hombres valientes mancharse los pantalones ante el filo de la espada o cuando sufrían tortura. Había visto a hombres buenos vender a sus propios amigos para alargar la vida un día más. A aquellas alturas, poco quedaba en él del chico ingenuo y con la cabeza llena de ilusiones que había entrado en el ejército “para lograr grandes proezas”, como le había dicho inocentemente a su sargento cuando le entrevistó la primera vez.

—Aquel hombre se rio de mí —recordó Tunher, cabizbajo. Pero ya no sentía dolor por aquella humillación Ahora la veía normal—. Un buen sargento, un gran hombre, en el fondo era tan idealista como yo. En realidad, él fue quien realizó la proeza, guardando nuestras espaldas con un puñado de muchachos en la emboscada de Feinz, cuando el reyezuelo local se alzó con la ayuda de varias tribus de Omalios. ¡Viejo estúpido, nos hiciste llorar, tú que te reías de nosotros!

¿Podía Ároc ser un enemigo más? A un espíritu noble como Tuhner, tal cambio le parecía inconcebible. Un soldado y capitán como él no se volvería contra su rey, ni siquiera después de haber sido desterrado. Un hombre de armas le debía lealtad a su rey siempre, hasta la muerte. Pero también era posible que aquel capitán orgulloso, aquel ser extraordinario, no fuera como los demás; ¡se decían tantas cosas de él! ¿Y si alguna era cierta? ¿Y si era cierto que tiempo atrás había sido un general sanguinario y un asesino de inocentes? En tal caso, él, Tuhner de Lor, estaría llevando a su señora y dueña, la Reina, a su hija y a los demás acompañantes, soldados, nobles, criados… a su propia muerte.

—De todas formas, pronto lo sabremos —se dijo—. Hasta entonces, solo nos queda seguir hacia adelante. Si tengo que optar entre la esperanza y el miedo, elijo lo primero. La esperanza es lo que construyó Somnia. No voy a darle la espalda. Quizás yo sea el último de los capitanes que le queden. Pero no dirán que me escondí. Iré en busca de Ároc. Afrontaré lo que tenga que venir.

Estas eran los pensamientos que recorrían el corazón de Tuhner. Y aunque Teobald lo miraba tratando de descifrarlas, el joven capitán se mostraba taciturno y silencioso, inabordable para todos los demás. No se quitaba la máscara de dureza y autoridad ni siquiera para dormir>>.

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