Sufro, luego escribo

Sueño muchas veces que hay muchos misterios por resolver en la inmensidad del cosmos, y que el ser humano tiene todavía la fuerza de seguir atreviéndose a enfrentarse a ellos. ¡Hay tantas cosas a las que dedicamos nuestras energías, siempre limitadas, y que nos consumen horas, días, años, mientras el mundo a nuestro alrededor sigue su curso y los hombres se comen unos a otros en bacanales maculadas de pesar e hinchadas de potencias fabricadas!

El sufrimiento del hombre daría por sí solo para centrar la atención de todo el universo. Hasta en este ámbito el hombre es la medida de todas las cosas, mientras no se demuestre lo contrario. No podemos perder este humanismo. Un humanismo, insisto, compañero del sufrimiento. Es tan ciclópeo su tamaño y tan incontable su acontecer, que resulta al fin, para aquel que piensa, el único hecho cierto e interesante de la naturaleza física y espiritual del hombre. El único fenómeno digno de atención. De la misma forma que los astros se mueven por el firmamento sin que seamos conscientes de sus traslaciones, rotaciones, derivaciones y encuentros, así también los hombres sufren constantemente y mueren sin que nos percatemos de su dolor, de su tortura, de su acabamiento. Pero cuando tenemos ante nuestros ojos siquiera una pizca de este inmenso cauce de caudal irrefrenable e inagotable, entonces nuestras pupilas se dilatan, nuestra respiración se acelera y nuestra mente se estremece. Es el sufrimiento, el aldabonazo que despierta el alma, o que la sume en la confusión. Por eso mismo, el imán de la literatura. El dolor despierta la creatividad como ninguna otra sustancia estupefaciente, narcótica o hipnótica. Ante su presencia aborrecible, surge la chispa de la literatura, a veces en formas primigenias, puramente inspiradas pero torpes; aun así, literatura. Esta se afana en contemplar su causa, su desenvolvimiento y sus consecuencias. No puede pasar ante el mendigo en la puerta del alma, producto de la contemplación y de la experiencia del dolor, como un Epulón cualquiera. Ante su cercanía, simplemente se detiene y cobra vida. Por eso, amigos míos, después de todo, si me preguntaran por qué escribo, diría que no escribo porque sí, sino porque sufro.

Sufro, luego escribo, podría sentenciar, parafraseando a Descartes. O porque sufren… Aquí la persona verbal no creo que importe mucho.

Es una experiencia universal. No es solo mía, pero es mía de todas formas. Porque mío es el dolor que siento y mío el dolor que veo en los demás, que hago mío al contemplarlo y compadecerme. El dolor de los demás, misteriosamente, también me pertenece, en la medida en que lo contemplo. Por ello, cuando lo veo y no hago nada, ese mismo dolor me condena: porque, siendo mío, no hago nada para aplacarlo o ponerle remedio, siquiera inmaterialmente, y pesa sobre mi alma como una losa que me hunde en las aguas oscuras de la justicia. Por eso también, cuando me compadezco de otros no me rebajo hasta ellos, sino hasta mí mismo, y me rescato de las profundidades. Y conmigo, a los demás. En la humanidad todo es comunitario, especialmente la salvación o la perdición.

La compasión es la prueba de la humanidad. Si uno solo de nosotros vagara por un mundo vacío de humanos pero repleto de cualesquiera otro seres, y viera de pronto a lo lejos a otro individuo como él, siendo acosado y perseguido por toda clase de alimañas, de cazadores, de fieras, ¿no iría en su socorro y llegaría con todo su poder para librarlo de los peligros que le acechan, solo por la mera razón de compartir la misma especie y el mismo nombre bajo el que puede ser definida su existencia? La compasión se convierte, así, en la razón que nos crea como especie, y en el lazo que nos une como sujetos. Un sentimiento que solo surge ante el dolor del otro, ante el sufrimiento, ante la caída, ante la desgracia, ante la decadencia, la pobreza, la soledad o el peligro. Es la respuesta del corazón ante la pena del otro. Es lo que nos define. Y también es lo que nos convierte en escritores.

He aquí, pues, el principio de nuestro camino, no el final. Escribimos porque somos humanos con los otros humanos, y en la medida en que comprendemos el dolor de ser humano, simple y llanamente, y la necesidad de vivir cada minuto como si no hubiera más, y la ausencia del pleno sentido mientras se está viviendo, y la tremenda congoja que surge de la pérdida, y las lágrimas inconsolables de la separación, y el pavoroso espanto de la muerte, y la apabullante humillación de la derrota, y tanto afanarse y tanto fracasar…

He aquí la chispa que da lugar al incendio de la inspiración, el canto que da lugar al baile ritual y místico de la creatividad, la lluvia que hace germinar las semillas escondidas e ignotas de la literatura: dolerse y doler, que es no menos que vivir y morir, amar y odiar, reír y llorar, luchar, vencer y caer derrotado. Todo esto merece ser contado, no por quienes van a leerlo, sino por quienes van a ser tomados como motivo y excusa de la escritura, para que su nombre no se pierda, para que se dé el milagro de la compasión y de la redención, de la justicia y del rescate, de la verdad y de la imaginación.

He aquí mi corazón, expresado en esta sencilla fórmula: sufro, luego escribo.

¿Has encontrado ya tu fórmula? Va siendo hora, amigo. Let’s go, my friend.

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