El Barón y el Poeta loco. Trabajos de los alumnos (I)

Queridos amigos, buenos días. Good morning, my dear friends.

Hoy la nieve vuelve a colmar los campos y calles de mi ciudad. Hermosa estampa de invierno, poco recomendable para caminar por las aceras, pero maravillosa para ver tras las ventanas.

Antes de Navidad, propuse a mis alumnos del Curso de Escritura Novelística Libre un reto muy especial: continuar el relato “El Barón y el Poeta loco”, publicado en mi blog el día 22 de diciembre pasado, y darle su propio final.

Aquí os dejo el enlace de ese reto, os recomiendo que leáis esta entrada antes de continuar:

https://somniablog.com/2020/12/22/el-baron-y-el-poeta-loco-proyecto-de-curso-de-escritura/

Han sido varios los alumnos que se han atrevido, y hoy os traigo el trabajo uno de ellos, Álex Padrón, un autor cubano que tengo el honor de tener como alumno en el Curso de Escritura Novelística Libre.

Espero que os guste. Iremos poniendo más en los próximos días.

<<Grande fue nuestra sorpresa cuando, con las primeras luces del día, llegaron mi maestro y Aerlis por el trillo que daba a la vega del arroyo. El uno en silencio apesadumbrado, pero el otro lanzaba ayes a siniestra y diestra. Lo más probable es que sus gritos estuviesen motivados por el hecho de que el Poeta Loco llevaba al zagual bien trincado por la oreja, que lucía más roja y llamativa que la túnica lujosa que aún conservaba.

A nuestras voces de bienvenida, mi maestro soltó presa y dejó tirado al simplón de Aerlis en la hojarasca del sendero. Pocas veces le había visto enojado… a fe mía, era la primera ocasión en que su semblante estaba duro y vacío de expresión, sin la habitual sonrisa de la sabiduría que nos animaba a seguirle. Sin pronunciar palabra, se internó en un hayedo cercano a rumiar sus pensamientos, dejándonos a todos con la disyuntiva y las preguntas colgando del labio.

Luego que Aerlis tomó algo de resuello y se apagó algo el dolor de la oreja en la corriente fría del arroyo, nos sentamos en corro junto a él, en la espera que nos contase como la había librado de los bandidos, conservando incluso su túnica. El chaval no atinaba a decir palabra: solo de cuando en vez soltaba un quejido y una lágrima, que no podría decir si era de dolor por su apéndice, por vergüenza o por ambos.

Los más impacientes decidieron al rato que era hora de hacer menesteres más útiles que contemplar a Arlis en su miseria, así que se pusieron a preparar algo de yantar. Mientras, otros prefirieron recoger el campamento, pues aún faltaba un buen mediodía de marcha antes de llegar al próximo pueblo.

Así que uno a uno regresamos a nuestros deberes habituales, dejando al zagal con su propia conciencia. No es que no diésemos importancia a los acontecimientos del día anterior, sino que de hecho nos preocupaban: si Aerlis había escapado de los bandoleros y el Poeta Loco lo había encontrado en su huida, lo más seguro es que los malhechores buscasen en nuestro campamento antes que en otro sitio.

Tales miedos se vieron confirmados cuando los hombres barbudos y cargados de hierro volvieron a emerger de los árboles. Pero esta vez no venían gritando y maldiciendo, sino con gran oscuridad y pesadumbre en sus miradas.

El que parecía líder entre ellos se adelantó, tirando un fardo de tela basta a los pies de un Aerlis que temblaba como si fuese el más crudo invierno. Al caer, dentro tintineó el metal y un vaso de bella factura se escapó de la boca del morral.

—Dile a tu maestro que, luego de considerarlo bien, además de tu vida y tus ropas su poema bien vale estas baratijas en adición. Espero que con ello nuestra deuda quede saldada.

Nunca llegué a escuchar, ni de boca del Poeta Loco ni mucho menos de Aerlis, que glorioso poema valía aquel pago generoso. El contenido del fardo fue repartido con largueza entre los vasallos del Conde de Azetsirt en nuestra siguiente escala, y de a poco en poco el incidente fue olvidándose entre los seguidores de mi maestro, opacado por otras muchas proezas de sabiduría e ingenio a lo largo de nuestro peregrinaje.

No obstante, único debía ser el poema con que mi Maestro rescató la vida del vanidoso Aerlis, cuya túnica de lujo yace ahora sobre su cuerpo devenida harapos por el uso y las lavadas. Pero aún no se deslíe de sus ojos el miedo, mezclado con una gran oscuridad y pesadumbre en su mirada>> (ÁLEX PADRÓN).

10 comentarios en “El Barón y el Poeta loco. Trabajos de los alumnos (I)

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