EL CUARTO DÍA (I)

Novelita sobre Lázaro

Dos hombres se encontraban de pie, serios, frente al procurador romano. Estaban en un patio amplio, sembrado de adoquines desgastados. Uno de ellos llevaba puesto un largo manto salpicado de oro y piedras preciosas, y un extraño tocado sobre el pelo; y pensaba en cuánto odiaba a aquel funcionario extranjero a quien tenía delante y ante el que tenía que impetrar justicia como si se tratase de un señor, de un dueño, él, que era la cabeza religiosa del pueblo de la Alianza. El otro, cariacontecido, miraba al suelo; su cuerpo estaba cubierto con una simple túnica gris, que en el pasado quizá fuera blanca, y un cinturón rojo que le rodeaba el talle; pensaba en el pasado, y lejanos recuerdos felices venían a su mente, invadiéndola de una sensación de acabamiento, como si estuviera a punto de abandonar un día feliz. Pero al mismo tiempo su mente vagaba hacia imaginados futuros, abrigando el consuelo de que la semilla de un nuevo tiempo estaba ya sembrada y crecía, aunque no se la advirtiera todavía.

El procurador estaba leyendo un informe de uno de sus agentes. En principio aquel caso era uno más. Lo había despachado como cualquier otro, y había sentenciado al hombre de la túnica gris a la cárcel, hacía siete meses.  En realidad, la acusación que recaía sobre él no era más que una calumnia más, pero ya sabía él bien cómo se las gastaban aquellos insoportables judíos, sus algaradas y sus conspiraciones. Así que, decidido a darles gusto por una vez, había atendido en parte la demanda del Sumo Sacerdote, que mostraba una inquina especial con aquel desgraciado a quien nadie amparaba, sin que un romano pudiera entender las razones enrevesadas que asistían a una mente de aquella catadura. Sin embargo, su sentido de la oportunidad no habría podido consentir ceder en todo a la acusación. Por ello, simplemente había ordenado encarcelarlo y se había olvidado de él.

Pero el Sumo Sacerdote no. Una y otra vez regresaba para requerirle que mandara a aquel pobre hombre a la muerte. No obstante, cuando él le interrogaba sobre el motivo, aquel judío orgulloso solo sabía farfullar las mismas excusas: sedición, rebelión, blasfemia… Había presentado múltiples testigos contra el reo, pero todos judíos… Ni un solo romano. A cambio, el prisionero había llamado en su descargo a varias matronas romanas asentadas en Jerusalén, así como a comerciantes, pedagogos y hasta soldados. El proceso se había convertido en un acontecimiento, y era seguido por multitud de personas. Se intercambiaban acusaciones y reproches, pero, al fin y al cabo, tan solo palabras huecas, que no podían forzar al brazo de la justicia romana a inclinarse de un lado o de otro. Por fin, el procurador había solicitado una investigación secreta a uno de sus mejores agentes. Pero lo había hecho una de esas tardes en que el trabajo se agolpaba en su mesa y en su cabeza como un martilleo de guerra incesante e insomne. Casi había olvidado por completo aquella investigación, cuando de pronto el agente se presentó y le entregó el informe.

El procurador le interrogó sobre el fruto de sus pesquisas:

– Señor, muchos años llevo en este oficio, pero juro por la laguna Estigia y por la sombra de mi espíritu que jamás había encontrado un caso tan extraño y de tan difícil comprensión.

Esta respuesta no era lo que precisamente estaba esperando el procurador. Tenía pensado levantarse y marcharse a casa. Aquella noche estaba invitado a cenar en casa de unos amigos venidos de Antioquía. Pero tendría que llegar tarde. Se sentó de nuevo y mandó traer agua para su confidente. Leyó las primeras líneas de aquel informe. Las letras le bailaban ante los ojos. Estaba cansado. Le dolía la cabeza. ¿Sería por los judíos? ¡Por algo se quejaba siempre Poncio Pilatos! Dios mío, ¿qué sería ahora de aquel pobre tiranuelo? Pero, en fin, de nada valía lamentarse…

– No puedo leer esto ahora. Explícate con más detalle. Dame algo que me ayude a resolver el problema –le dijo.

– Señor, me gustaría complaceros –contestó el agente-, pero después de investigar a fondo al prisionero no he encontrado ningún delito del que resulte culpable, al menos ante un tribunal romano. Seguramente los judíos lo condenarían enseguida, pero no creo que nuestras leyes lo permitan.

– ¡Bien! Eso lo resuelve todo.

– Sin embargo… -replicó el soldado.

– ¡Ya sabía yo que algo había que lo complicaría todo! –exclamó el procurador.

– Algo hay, sí, señor.

– ¿Qué? ¡Dilo ya! No te pago para que me vengas con secretillos. ¿O es que el pordiosero ese es el jefe de alguna secta y te ha convertido a ti también en un pregonero suyo?

– No, señor –respondió el agente-. Sin embargo, se trata de un hombre absolutamente… extraño. En torno a él hay un misterio que no he logrado más que vislumbrar de lejos, pero no desentrañar.

– ¿De qué se trata? –inquirió el procurador empezando a perder la paciencia.

– Señor, este hombre dice haber muerto ya una vez.

El procurador se quedó atónito. Pero sólo fue un segundo. Enseguida recordó de qué naturaleza era la gente de Oriente, y la cantidad de falsos profetas y mesías que pululaban por doquier por Judea, Samaria, Gaza, Líbano, Siria, Egipto, Arabia… y recobró el aplomo.

– Eso no tiene nada de especial –objetó, convencido-. Seguramente es uno de tantos magos o sofistas orientales que va por el mundo engañando a los bobos.

– Señor, sus enemigos también afirman que ha muerto ya una vez –dijo el agente.

– Pero ¿cómo? –exclamó el procurador-. Entonces ¿quién es ese hombre? Y, sobre todo, ¿por qué persiguen su muerte?

– Señor –dijo el agente, haciendo una pequeña pausa para crear el ambiente adecuado antes de seguir-, permitidme que os cuente la historia tal como he sido capaz de figurármela, después de interrogar a cuantas personas he podido, tanto de uno como de otro bando. Al parecer, todo empezó en Galilea…

(continuará)

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