Amor y Navidad

Buenos días, amigos del mundo. Good morning, my friends. I wish you all are well and have a very happy Christmas. I would like to be with every one of you in this Christmas, and to take a coffee, and to talk about life and love, and to smile with you.

Por desgracia, solo puedo estar en un sitio a la vez, y la pandemia nos tiene condenados a no poder salir de nuestras ciudades o nuestras regiones durante un tiempo. De modo que solo puedo enviaros un saludo cariñoso a todos, estéis donde estéis, y limitarme a hablar de la vida y del amor aquí, a través de la palabra escrita.

Hoy quiero abriros el corazón.

Tranquilos, no voy a hacer filosofía barata, ni tampoco cara (como si la filosofía pudiera o debiera venderse, por otra parte, a precio de mercado…). No quiero que dediquéis una mañana de Navidad a leer un texto largo sobre vaguedades. Quiero que me acompañéis tan solo unos contados minutos y dejéis que vuestra imaginación vuele con la mía, como Wendy y sus hermanos tras Peten Pan por los cielos nocturnos de Londres. Quiero que penséis en lo que la Navidad nos transmite a todos, creyentes o no, cristianos, musulmanes, budistas, ateos… Pues todos somos humanos y tenemos una misma forma de sentir y una firma manera de pensar.

Os hablo ahora a los corazones, desvestidos de ideologías, desprovistos de nombres y etiquetas… Quedaos un segundo conmigo y meditad en lo hondo del espíritu. Solo soy un escritor cualquiera de un pueblo cualquiera, de un país cualquiera. Y puede que nuestro mundo sea solo un mundo cualquiera de miles de mundos. Pero ahora decidme, ¿recordáis el momento de vuestra vida en que os hayáis sentido más increíblemente felices, más llenos, más valorados, más serenos, más «en vuestro sitio»? Estoy seguro de que, en la mayor parte de los casos, tendrá que ver con el amor. Me da igual si es el amor de vuestra pareja, o el de vuestros padres, o el de vuestros hijos… Amor, la palabra más usada del mundo y quizás la menos comprendida, por acabar significando cualquier cosa y valer para cualquier finalidad. Pero amor, al fin y al cabo, que colma el corazón, como el vino la copa, parafraseando a Tagore.

¿Habéis tenido la ocasión de vivir un amor que os colme, siquiera durante un minuto de vuestra vida? Tengo que deciros que, si no es así, no sé a qué estáis esperando: dejadlo todo, el trabajo, la casa, el dinero, y entregaos a la única busca que tiene sentido en la vida: la del amor verdadero y su poder para construir la felicidad y germinar un oasis en vuestro desierto. Dejad incluso los libros ¡Abajo con el mundo, si no habéis bebido de la copa del amor! Porque sin ese toque mágico, sino ese instante de sublimidad, sin ese alzarse sobre el suelo un centímetro, la vida resulta sosa, triste, aburrida, repetitiva. La existencia es ausencia cuando el amor está ausente.

Ya sé que pensaréis que tengo una visión muy romántica y literaria del amor. Pero os equivocáis si pensáis que un amor así no puede hallarse. Está ahí. En el abrazo de un hijo. En el retorno de un amigo. En la curación de un familiar. En la mano de un abuelo. En el cuerpo desnudo de una mujer. En el beso de una madre. En la caricia de un padre. En esos ojos que te dan la bienvenida como si solo tú existieras. En el abrazo de ese amigo que te aprieta fuerte y que te dice que te echaba de menos. En el beso de esa niña que te dice que te quiere. Incluso hay retazos de ese amor en los ojos suplicantes de vuestro perro que os recibe con algarabía.

Olvidaos de la literatura y los cuentos de hadas, ¿quién no ha sentido alguna vez algo de esto en su vida? Y si lo ha hecho, ¿puede decir que no es hermoso como el mismísimo origen del universo? Hay días que cambiaría la suerte entera del mundo por un instante así.

Si no has sentido esto, eres un ser hueco, un ser vacío. Tristeza. Tristeza y soledad son tu nombre. Puedes tener todas las riquezas del mundo y gobernar sobre la humanidad entera, pero eres un pobre mendigo, sucio, asqueroso, raquítico, hambriento.

Si lo has sentido, tu suerte solo ha mejorado un poco, puesto que quieres regresar una y otra vez a ese momento… y quizás no ese momento no regrese nunca a ti.

Este es precisamente el mayor enemigo del amor: la vida, el mundo, el tiempo. O lo que es lo mismo, las leyes de la naturaleza. Porque el tiempo te arrebata ese instante de felicidad, y al segundo siguiente ya se ha ido, ya no está, ya solo es un recuerdo. Y al día siguiente es un recuerdo menos nítido. Y llega un día en que ya ni siquiera es un recuerdo, porque incluso las cosas más importantes se olvidan… ¿Qué queréis? Es lo que hay. Son las leyes de la naturaleza. Todo tiene un fin, todas las historias terminan con la muerte. Todos los libros mienten, porque su único final debería ser «y el autor murió y sus libros se olvidaron». Así, todos los amores se terminan… a no ser que el amor no se someta, en última instancia, a las leyes naturales. ¿Quién sabe?

Quiero decir que yo creo que el amor «no es de este mundo», que no es una mera cuestión de hormonas, instinto de supervivencia y usos sociales. Que no es una mera cuestión de «necesidad», si me entedéis. Si fuera así, no provocaría en nosotros esta «llamada» tan poderosa. Sería un lazo que nos ataría solo para algunas cosas, como alimentar y proteger a nuestros hijos, pero que nos «liberaría» el resto del tiempo; y por supuesto jamás sería posible pensar en cosas como la amistad, que es el amor más libre y puro que existe, pues no responde a ninguna carencia concreta de alimentación, vestido o supervivencia. Hay personas que jamás sienten la necesidad de tener amigos íntimos, lo que demuestra que se puede vivir sanamente sin este amor. Incluso se puede vivir sin ningún amor. Pero quienes viven el amor plenamente no lo cambiarían por nada, y demostrarán que es una de las experiencias que más enriquecen la vida humana. Tampoco la pareja humana es como las demás del mundo animal: se crea, se construye a base de renuncias mutuas y puede perdurar toda la vida, convirtiendo en uno a los dos amantes. Hay personas que literalmente mueren cuando su pareja muere; es como si perdieran una parte de sus propios cuerpos. Pero la unión no es solo física, a veces ni siquiera es mayoritariamente física; es espiritual, y se va acrecentando con el tiempo, y no se ciñe solo a la crianza de los hijos. Va mucho más allá de lo necesario. Funde dos almas en una. No hay ninguna ley de la naturaleza que responda a esta cuestión. Es un misterio espiritual.

A veces, esa sensación de plenitud no se produce en un instante, sino que es como la depuración de todo un proceso, como el resumen de mucho tiempo y muchas vivencias. Cuando se echa la vista atrás, se siente la fuerza del amor y la felicidad de lo vivido, tan fuertemente que no puede pensarse en otra cosa más que en conservarlo. Pero he aquí la mayor demostración de que el amor no es de este mundo: todo aquí se pierde, muere, se modifica, cambia, se destruye, se convierte; de una u otra forma, pasa. Pero el amor que ha fructificado en felicidad… ese no muere. Quizás se adormece, quizás se disfraza de dolor, pero no muere. Y siempre vuelve. A veces vuelve antes de morir, como un reproche, como un recuerdo… Pero jamás se va. Esto no es literatura. Si pudiéramos preguntar al soldado que muere en el campo de batalla a quién desearía tener en ese momento a su lado… ¿qué creéis que diría? A su madre, a sus hijos, a su esposa… la respuesta no sería muy diferente. Pero ¿por qué? Por amor. El amor no puede acabar con la muerte. Pero el amor le da un sentido nuevo a la vida, y quizás también a la muerte.

Al final el tiempo se lo lleva todo. Pero todos nosotros, si pudiéramos conservar ese instante de plena felicidad mediante una mera palabra, nos quedaríamos en él para siempre. Este anhelo de perduración es el fruto del amor. Es eterno, imborrable, invencible, inmortal. Puede perderse hasta la razón, pero jamás se pierde este anhelo. He aquí la prueba de su importancia. Quizás la eternidad sea precisamente esto: perdurar en ese instante amoroso en que fuimos, total y profundamente, una llama ardiente luciendo en la noche oscura.

Si existe la vida más allá de la muerte, ¿qué será sino vivir de amor o sinvivir?

La Navidad… Para mí es el tiempo del amor. Será por la costumbre, será por la cultura, será por mi religión, pero no me imaginaría pasando la Navidad con otras personas que no sean aquellas que amo con todo mi corazón: mis hijos, mi mujer, mis padres, mi familia entera. Mis amigos incluso, si se pudiera. Ellos son mi Navidad. Ellos son mi mundo. Ellos son mi eternidad. Por supuesto, yo que soy cristiano, también pienso en pasar esta Navidad con aquel que nació en Belén. Él está siempre presente en mi vida. Me enseñó que nadie tiene mayor que aquel que da la vida por sus amigos. Él me enseñó que el amor verdadero existe, y que soy depositario de él. Por eso, para mí la Navidad no es luces, música, cenas, bebida, regalos… Es todo eso, sí, pero es mucho más. Es amor. Ama y haz lo que quieras, que decía san Agustín.

El amor es algo que se vive y se experimenta. Cuando se vive, la vida entera cambia, la cabeza cambia, el corazón cambia. El mundo cambia.

El amor vale.

El amor perdura.

El amor llena.

No quiero vivir si no tengo amor.

Deja un comentario