El Barón y el Poeta loco (proyecto de curso de escritura)

Amigos míos, en muchas ocasiones os he hablado de quien fue mi maestro, conocido por el vulgo como el Poeta loco. Fue este un apodo que llegó a ser tan popular, que nosotros mismos lo usábamos sin reparo. Nuestro maestro no solo no lo rehuía, sino que le agradaba, pues decía que aceptaba con gusto que le llamaran loco siempre que dicho adjetivo acompañara a la palabra poeta; y que ser llamado poeta era un honor tan excelso e inmerecido, que jamás se vería ensombrecido por el desprecio de loco; y que, en efecto, hasta los locos podían ser poetas; o por mejor decir, que solo los locos eran (y debían ser) poetas. No sé si con esto quería significar que solo los locos entendían bien las intrincadas razones y retruécanos de la poesía, o si había que estar loco en aquel mundo para simplemente hacer poesía y tratar de vivir de ella.

Aunque he dicho algo de lo que ya me estoy arrepintiendo. ¿Vivir de ella? Jamás, en ninguna época de la historia, la poesía ha sido un medio de vida, ni debe recomendarse así a un estudiante de letras o un escritor en ciernes. “Vivir de” es una expresión sucia, utilitarista, servil, que pervierte aquello que toca. “Vivir de tu trabajo” es algo que mucha gente desea y a lo que mucha gente aspira, pero a mí siempre me ha parecido que no hay camino más directo hacia la esclavitud que depender de algo o de alguien. Llega un momento en que todo se sacrifica a la idea de “vivir de”; esta preposición envenena una palabra tan hermosa como “vivir”, y cambia su sentido, hermoso y excelso (“vivir tu trabajo”), en algo pútrido y fangoso (“vivir de tu trabajo”), interesado, materialista y fuente de frustraciones, desgracias y penas. Porque el hombre está llamado a vivir, simplemente, a vivir eternamente, y no a vivir de, salvo que se refiera a lo único que, cuando le entregas el corazón, el tiempo y el cuerpo, no solo no te esclaviza, sino que te libera, el amor.

Un poeta sabe esto. Mi maestro me lo enseñó.

Pero no creáis que mi maestro era simplemente un poeta. Es más, no estoy seguro de que fuera realmente un poeta. Permitidme la paradoja, incluso la reducción. Un poeta es alguien que hace poesías y luego se va a su casa, y quizás cobre por ellas, o las venda, o la cuelgue en un árbol para que los ávidos sin lengua ni imaginación vengan a leerlo y aprenderse de memoria sus versos. Un poeta, en estos días aciagos de nuestro tiempo, es solo un hombre. Pero mi maestro, que hacía versos, era mucho más que todo eso, y desde luego jamás vendió un poema. Ni siquiera escribió más que unos cuantos garabatos.

Bueno, hubo una vez que sí vendió uno. Os contaré la ocasión.

Recorríamos tierras del bondadoso Barón de Azetsirt, éramos apenas una decena, y estábamos cansados. Mi maestro buscaba lugares apartados donde nadie nos molestase, y allí pasábamos las horas conversando, caminando, comiendo y bebiendo vino aguado. Las noches eran largas y cálidas, junto al fuego protector. Los días eran neblinas fantasiosas que nos llevaban de un lado a otro. A veces visitábamos algún castillo, o alguna posada, aunque no solíamos entrar, sino que nos quedábamos en la puerta, esperando que salieran los de dentro, llevados por la fama de mi maestro, y recibiendo lo que querían darnos. Mi maestro nos regañaba por aceptar regalos, sobre todo si superaban nuestra necesidad, pero las gentes nos abrumaban y acabábamos con las manos llenas de comida, ropas y regalos de todo tipo. Cuando mi maestro lo veía, torcía el gesto, y nos ordenaba entregar las riquezas y vestidos hermosos en las aldeas por las que pasábamos después. Razón de más para que los campesinos, los agricultores, las señoras, los mendigos… nos acompañaran allá donde íbamos, esperando recibir alguna migaja de tanta ofrenda.

Hubo entre nosotros uno, sin embargo, que se negó en una ocasión a entregar una rica túnica con tocado y flecos que había tomado de las manos dadivosas de un barón. Se llamaba Aerlis, y no era el chico más listo del grupo, ni el más bondadoso, pero siempre trabajaba como el que más. Quizás por eso, pensó que merecía un pequeño premio, y se quedó la túnica para él. Arrojó sus viejos ropajes a un arroyo fangoso, y se colocó encima la túnica, paseándose muy ufano por los alrededores, como si de pronto hubiera adquirido el título de sir y no hubiera nacido de una porquera y un jornalero. Mientras tanto, nuestro grupo repartía regalos, jamón, queso y vino en la aldea cercana al castillo del barón. Y el barón nos miraba desde las almenas de su torre del homenaje con el gesto torcido, diciéndose a sí mismo que aquel hombre estaba loco de verdad, y él más loco por tratar de agraciarle con su mecenazgo.

Lo que Aerlis no sabía, despreocupado y vanidoso, es que un grupo de ladrones cada vez más numeroso seguía también a mi maestro, a cierta distancia; y aguardaban a los incautos que se desperdigaban por los alrededores sin compañía ni vigilancia ni previsión. Aerlis cayó en sus manos, cuando saltaba como un niño feliz por un sendero que corría entre flores y árboles cubiertos de verdes hojas, en el comienzo de aquella primavera llena de vida. Él los vio venir, sin embargo, y corrió hasta quedarse sin aliento. Y tanta era su energía que los dejó atrás, riéndose porque un joven solitario y adornado de riquezas se hubiera librado de hombres sin ley y avezados en el crimen. Pero ellos lo siguieron a una distancia, sabedores de dónde buscaría refugio, pues el estúpido no se privaba de gritarles que ya no podrían arrebatarle nada cuando etuviera con el Poeta loco.

Así llegó la noche, sin que supiéramos lo que nos aguardaba. El silencio en el campamento era absoluto. Los aldeanos y rogantes se habían marchado, y ya no nos quedaba nada que regalar, salvo nuestras gastadas túnicas de lana y la túnica de lujo de Aerlis, que no estaba dispuesto a desprenderse de ella. Alguno hubo que le insultó por ello, pero pronto las voces callaron y nos sumimos en el sueño. Cerré los ojos sin percatarme de dónde estaba el Poeta, y supuse que se habría buscado algún árbol hueco algo separado del resto o que estaría vagando por las proximidades, como solía hacer. A veces nos preguntábamos si aquel hombre dormía una noche entera alguna vez.

En mitad del silencio, a la hora en que la naturaleza misma está aletargada, comenzó la algarada. Los ladrones llegaron y cogieron a Aerlis, al que venían observando seguramente durante todo el día, y lo sacaron a rastras del campamento, sin cuidarse de los gritos que pegaba. En el camino, tiraron frascos, patearon cuerpos y dieron un par de dentelladas de acero. Gritaban para que los oyéramos bien:

-Si el Poeta loco quiere volver a ver a su chiquillo, que venga él personalmente a buscarlo, donde la vega del arroyo se junta con la cueva.

Lo repitieron varias veces, ante nuestro desconcierto, mientras los chillidos de Aerlis se perdían junto con él. Estaba aterrorizado, y le estaban golpeando. Luego se hizo el silencio de nuevo, y la noche fue aún más oscura. Nos mirábamos uno a otros en las tinieblas, sin atrevernos a hablar. Durante unos minutos, nadie se movió.

Al fin, nos fuimos relajando. Encendimos hogueras, discutimos sobre qué hacer, buscamos al maestro… Pero nuestra cobardía pudo más que nuestro dolor, y nos quedamos sentados, esperando el alba y que el Poeta apareciera de alguna parte. Y el día tardó una eternidad en llegar.


Escribe a partir de aquí…

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8 comentarios en “El Barón y el Poeta loco (proyecto de curso de escritura)

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