El Mandaloriano (II)

Hello, my friends! Good morning.

¿Todavía no has visto El Mandaloriano, de Disney +?

Pues no sé a qué estás esperando.

Yo terminé de ver la segunda temporada ayer.

Ya he hablado de esta serie en otra ocasión (pincha aquí). Pero tras visualizar la segunda temporada completa, no podía dejar de escribir unas cuantas palabras para tratar de hacer justicia a esta serie de tan solo 16 capítulos (sumando ambas temporadas), producida por Disney, y que, al contrario que las últimas películas, hace justicia a la trilogía original y demuestra que Disney, cuando quiere y cuando se deja aconsejar por gente dispuesta a honrar la tradición que ha recibido, puede hacerlo mejor que nadie, porque tiene, quizás, más medios que nadie.

No os voy a contar de qué va El Mandaloriano. Podéis saber la sinopsis oficial en el enlace de más arriba, o buscándolo en internet.

Os voy a contar, empero, lo que he sentido al verla, brevemente.

He sentido que volvía a tener sentido apasionarse con la saga galáctica de George Lucas. He sentido que se le hacía homenaje a los héroes de dicha saga, a todos, especialmente al más importante de todos ellos. He sentido que no se me intentaba vender una ideología barata y políticamente correcta a toda costa. He sentido que lo importante era contarme una historia seria, con una técnica de nivel elevado, y que para ello no era necesario mantener mi atención (o rellenar metraje) con bromas estúpidas ni con personajes infames ni innecesarios. He sentido que tenía sentido todo lo que me apasionó siendo niño. He sentido que Disney ha comprendido la pasión de cuidar a alguien y ser padre, por encima de todo. He sentido que el espectáculo puede ser al mismo tiempo grandioso y sobrio. He sentido, simplemente, que para que haya un buen film es necesario que detrás haya un guion sustancioso, fuerte, no perfecto, pero sí capaz de soportar sus propios defectos y seguir teniendo pleno sentido, como la vida misma.

Hace un par de años creí que ya nunca más vería nada que Disney produjera. Con «El último jedi» sufrí tal decepción, me sentí tan traicionado, tan engañado, tan insultado, que me dije a mí mismo que Disney se había convertido en mi enemiga. Y no como grupo de presión y de opinión, que no me merece mayor respeto que un sindicato de preñadores de arañas, sino como productora audiovisual. Pero desde entonces Aladdin primero, y El Mandaloriano después, han logrado hacerme cambiar de opinión. No era fácil, pero lo han logrado. Por supuesto, ello ha puesto de relieve (todavía más) la lamentable basura ideológica que vomitaron los creadores de los episodios 7, 8 y 9 de la saga Star Wars, con la aquiescencia de Kathleen Kennedy y la presidencia de Disney, aparentemente con la intención de destruir la trama profunda misma de la historia, basada en la lucha entre dos bandos muy claros, la luz y la oscuridad, y el reparto de papeles entre héroes y villanos, entre hombres y mujeres, entre humanos y droides… en definitiva, un grano de arena más en esta «revolución cultural» posmoderna que pretende subvertir los valores de la civilización occidental, no con el propósito de cambiarlos por los contrarios, sino de crear confusión y sustituir esos mismos valores, hasta ahora claros y firmes, por una amalgama indefinida y relativista de ideas, que tienen como principal abanderado el pensamiento único marcado por los gobiernos de turno y por quien (solo Dios lo sabe) les guíe y controle desde la oscuridad.

Pero El Mandaloriano ha conseguido que me reconcilie, al menos, con la manera de hacer cine (porque cine es, al fin y al cabo) de Disney. Se lo debo a Jon Favreau. O se lo deben ellos, yo qué sé. Cada capítulo es una pieza plateada del séptimo arte, si no a la altura del mítico cine de aventuras «georgeluquiano», sí al menos digna variación decadente del mismo, capaz de pegarte a la televisión sin reventarte la mente, sino tomándose en serio al espectador, sabiendo que tiene al menos la última potestad de cambiar de canal o de apagar el televisor, y comprometiéndose, por ello, a ofrecerle un producto coherente, concienzudo y alejado de caprichos y desvaríos intelectuales, más propios de guionistas de tercera que conciben la sorpresa y la autocontradicción como el summum de la creatividad. Allí, sucedía que el jedi más poderoso de la galaxia arrojaba al mar su espada y renegaba de su poder, el mismo que le ayudó a salvar a su hermana y a sus amigos, y a vencer al Imperio, que amenazaba con sojuzgar a toda la galaxia. Aquí, es posible que el mandaloriano no sea más que un cazarrecompensas triste y solitario, pero está dispuesto a morir con las botas puestas y a ser fiel hasta el final al pequeño ser que se le ha dado como tutor y padre.

«Este es el camino», lema de La Tribu de Mandalor. Y lo mismo podría decírsele a Disney, a tenor de lo que, como yo, han sentido millones de espectadores más. Incluso mi mujer, hasta ahora reticente, se ha convencido de las virtudes de esta serie, y ha visto el último capítulo dos veces más que yo (tanta es su grandeza y emoción). Este es el camino, en efecto: mantener el espíritu de las viejas historias, no descomponerlas y arrastrarlas por el barro como detritus del pasado, y dar continuidad a las mismas con nuevas creaciones que destilen ese amor por las buenas historias, por la grandeza, por la épica, por la libertad, por la amistad, por la luz. Una luz pura, sin manchas ni claroscuros, en contraposición a una oscuridad sin tonos grises ni luminosidades, porque ya tiene la vida demasiadas miserias, como para que también nuestros héroes las tengan.

Por favor, amigos, seáis quienes seáis, no escribáis villanos con traumas infantiles ni héroes que se arrepienten de su pasado heroico. ¡Basta ya de tomarnos el pelo y relativizarlo todo, como si no existieran las barreras morales y todo fuera un mero hecho, mera existencia! Yo os digo como el gran Hércules Poirot: existen el bien y el mal, y en mitad no hay nada.

¡Gloria a El Mandaloriano, a Jon Favreau y a Agatha Christie!

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