No tengo ganas de celebrar nada

Demasiados han quedado atrás.

Demasiada carga en nuestras cabezas.

Heridas muy profundas, tanto más dolorosas cuanto menos esperadas.

Sincronías que dejan rostros pálidos, ojos atónitos y vidas frustradas.

Sangre que aún está manando a nuestros pies, inundando los corvejones de una esperanza de cristal.

El año en que fuimos mortales.

El año en que se desmoronaron nuestras fortalezas de merengue.

¿Qué vamos a celebrar hoy, mermados, cansados, exiliados a un exterior frío, ventoso y solitario?

No tengo ganas de celebrar nada.

Que esto vaya por quienes conviven conmigo todos los días.

Nada puede paliar algunos dolores.

Ausencias que dejan huella.

Cenas de Navidad sin comensales.

Kilómetros y barreras de aire que separan almas.

Todo concentrado, en el veneno más poderoso que hemos conocido.

Pronto terminará el año del apocalipsis, pero empezará el año de la condena.

Por todos los infiernos personales desatados en la triste cadena de la desidia, la infamia y la incompetencia, hoy no tengo ganas de celebrar nada. Me niego.

Acabo de vestirme de un negro disimulado. Me he roto las vestiduras ocultas. He dejado que mi alma llore sin lágrimas.

Voy a seguir adelante. Tengo que seguir caminando.

Por los que ya no podrán.

Por los que me necesitan.

No pienso faltarles.

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