Mi lista de deseos. ¿Alguien se anima?

Hoy voy a escribir mi carta a los Reyes Magos. Espero que los Reyes lean mi carta y aún les quede algo de efectivo en la cartera para mis caprichos lectores. En todo caso, si no pudieran regalarme nada, les agradecería que me enviaran una nota de disculpa, como corresponde a unos personajes de tan recio abolengo y tan alta posición, con sus adornos de oro y su lacre sellado y unas vueltas de hilo rojo, al estilo de los templarios.

Ya sé que hoy en día casi nadie cree en los Reyes Magos, pero ¿qué queréis? Soy un romántico. ¡Me parece tan divinamente hermoso y adorable creer en unos señores venidos de muy lejos y sin ningún interés en nuestro mundo, dispuestos a regalar cientos de miles, millones de regalos a niños a quienes no conocen, solo por el hecho de que un día vagaron en una búsqueda alocada, para encontrar a un niño recién nacido, envuelto en pañales, acostado en una cuadra, que decían que era el rey de Israel! Si esta costumbre no existiera, habría que inventarla. Si estos personajes no fueran históricos, daría igual, porque su leyenda es tan conmovedora y tan idealista que provoca verdaderos anhelos de hacerla real.

Aún recuerdo una vez, era yo muy pequeño, que vinieron los Reyes Magos al pueblo donde vivía. Estaban subidos en un escenario, bajo unos soportales en la plaza mayor. Había mucha gente. Mi padre me tenía cogido a hombros, al final del todo. Iban llamando a los niños por sus nombres. Pero mis regalos no llegaban. Los niños desfilaban antes los Reyes Magos, sentados en tronos con sus hermosos y ricos trajes, y con sus barbas largas de distintos colores, venidos desde muy lejos para traernos los juguetes que más ilusión nos hacían. Había por allí algún primo mío también. Pero el tiempo pasaba, los montones de paquetes iban disminuyendo, los soportales se iban vaciando, mientras los demás niños partían felices con sus recién llegados presentes, y a mí no me llamaban. Entonces, temeroso de quedarme sin nada, comencé a llorar desconsolado, preguntándome por qué a mí no me traían lo que había pedido. Mis padres me miraban con cierta burla cariñosa, y trataban de consolarme, con una seguridad que yo no entendía. Yo no había sido malo, me había portado bastante bien, y quería mi bicicleta. Al fin, cuando ya apenas quedaban unos pocos regalos que repartir y unos cuantos niños haciéndome compañía en la noche invernal, de manera que nos habíamos ido acercando poco a poco, casi sin darnos cuenta, hasta el elevado escenario, un angelical paje pronunció mi nombre ante el micrófono. Yo subí con las lágrimas aún en los ojos, impulsado por los poderosos brazos de mi padre, sin apenas tocar las escaleras. Entonces la vi… Tenía papel de regalo alrededor, pero era inconfundible. ¡Mi bici!

Estuve un par de horas practicando con la bici allí mismo, bajo los soportales, cuando todos se hubieron ido. Me caí varias veces, pero no me importó. Fui feliz. Valió la pena.

Mi bici azul con ruedines. Puedo recordarla como si la tuviera ante mí ahora. ¿Os pasa también a vosotros? Hay imágenes en la vida que jamás desaparecen. Acaban fundiéndose con uno mismo y casi anudándose al nombre propio. Se podría decir que, de una forma misteriosa, somos aquello que hemos amado. Soy Jaime «bici azul», y muchas más cosas.

¿Qué sois vosotros?

Ahora sueño con casas en la playa, vacaciones eternas y con libros.

Sé que la casa es difícil que me la traigan. Las vacaciones, ni hablamos. Pero los libros… Yo, por si acaso, voy a dejar por aquí mi lista de deseos para esta Navidad. Y aunque no espero que los Reyes me envíen a casa ninguno de estos , quizás alguno de ellos coincida con mi forma de ver las cosas, se lo lea y luego me cuente de qué va. Quizás así al menos sabré si mis deseos son buenos o malos, y si vale la pena esperar.

¿Sabéis lo que más echo de menos? Los fuertes brazos de mi padre…

Ahí va mi lista de deseos:

SAPIENS. DE ANIMALES A DIOSES, de Yuval Noah Harari.

EL MONJE QUE VENDIÓ SU FERRARI, de Robin Sharma.

LÍNEA DE FUEGO, de Arturo Pérez-Reverte.

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