Beltrán cumple 10

Si tuviera que elegir, si alguien me pidiera hacerlo, o quizás un niño, en uno de esos juegos de preguntas que tanto les gustan, los días que prefiero de todo el año, probablemente diría, sin pensar, esos que todos estamos pensando: Navidad, o el primer día de la vacaciones de verano. Pero estaría mintiendo, o mejor dicho, estaría equivocándome. Porque hay dos días en el año que son muchísimo más especiales para mí, con permiso de mi mujer. Y este es uno de ellos.

Cuando pienso en cómo me cambió la vida, cuando pienso en todo lo que he sentido a su lado, cuando pienso en sus ojos alegres mirándome fijamente y en sonrisa auténtica, cuando pienso en sus abrazos, en los llantos que hemos pasado juntos, en las noches sin dormir apenas, en los viajes, en las aventuras, en los juegos, en las alegrías y en las decepciones, en todas las conversaciones que hemos tenido, en todo lo que hemos compartido y seguimos compartiendo… Sí, un día como este, tal día como hoy, nació mi gran amor, una de las dos personitas que más me importa en la vida.

Tal día como hoy, en efecto, nació nuestro hijo Beltrán, que cumple diez años. Este es mi homenaje particular a este ser humano increíble, dulce, travieso, divertido, cariñoso, rebelde, inteligente, soñador, vaguete, generoso, guerrero, adorable, simpático, carismático, y ante todo, capaz de amar con una autenticidad que te deja el corazón hinchado y loco.

A él le he dedicado interiormente muchas de las cosas que he hecho y que he escrito en la vida. Él ha sido la causa de mis desvelos, la energía de mis días malos, la luz de mis oscuridades, la personita que me arrancaba una sonrisa y me obligaba cariñosamente a tener pensamientos positivos en los momentos en que quería hundirme en la amargura o en la desidia; él es el tesoro que convive conmigo todos los días y que me motiva para ser fuerte, que me interpela con sus preguntas y me exige que dé razones de todo lo que soy y lo que pienso, y el aprendiz que estoy moldeando con mucho amor, y que se resiste también, como debe hacer todo aprendiz, a asimilar lo que le enseño, y que quiere hacer su propio camino. A pesar de eso, sé que cada vez estamos más unidos (al menos hasta que llegue la adolescencia jeje).

Es mi hijo. Nuestro hijo.

Beltrán.

Nuestro primogénito.

Aún recuerdo el día que nació. Supongo que es de esas cosas que nunca se te olvidan, al menos en lo esencial, aunque algunos detalles pueden «cambiar» con el tiempo o acabar borrándose, por efecto del tiempo y de la acumulación de recuerdos. Pero fue un día duro, largo, difícil. Comenzamos con las contracciones de madrugada, nos mandaron a casa, luego volvimos, y mi mujer, la pobre, estuvo todo el día sufriendo, hasta que por la noche, al fin, Beltrán nació. A mi mujer le dieron un montón de puntos. Pero allí estaba él, tan pequeño, tan bonito, tan lleno de vida, tan sonrosadito. Aún lloro algunas veces cuando lo recuerdo y nadie me ve.

Lo que siento por mi hijo no puedo describirlo con palabras. Soy escritor, pero hay veces que ni siquiera yo mismo logro encontrar la expresión exacta que dé noticia de la grandeza de un sentimiento. Supongo que es lo que sienten todos o casi todos los padres, pero es tan fuerte y tan intenso que me abruma, que me supera, que es más fuerte que mis sueños, incluso que mi voluntad. Nunca imaginé la dimensión de algo así. Siempre había querido ser padre. Pero emocionalmente no estaba ni remotamente preparado para la explosión de amor, instinto de protección, necesidad incluso, que surgieron en mi corazón desde el mismísimo momento en que pude cogerle por primera vez en mis brazos. Tuve que adaptarme en unos minutos y asumir mi nuevo estado a toda prisa. No obstante, no tuve miedo. Sentí en ese instante que todo había merecido la pena. Supe que estaba llamado desde antes de nacer a ser el padre de aquel maravilloso niño, y que aquello tenía que ser así, porque él me necesitaba. Me propuse no fallarle jamás. Sé que lo he hecho muchas veces, aunque él no se haya dado cuenta. Cuando crezca, y quizás lea esto, sabrá que su padre no es perfecto, que ha cometido muchos errores, algunos cruciales a sus ojos, pero sabrá también que lo he amado tanto y con tanto ardor, que podría regresar del más allá solo para estar un solo día más con él y abrazarlo como he hecho tantas veces hasta hoy.

Es mi Beltrán. Es mi príncipe. No es un niño mimado, ni un salvaje, ninguno de los extremos le cuadra. Es simplemente un maravilloso ser humano que está creciendo, aprendiendo, cayéndose al caminar y al correr, haciendo poco a poco su propio camino, y que me ha tomado, al menos durante estos años tiernos, como su ejemplo y su modelo. Y yo trato de estar a la altura, aunque un niño tan hermoso y tan bueno, y con tan buenos sentimientos en todo, se merecería un padre mucho mejor que yo. Ojalá yo pudiera darle todo lo que soñaba y todo lo que él desea, pero desgraciadamente he volado bajo, demasiado bajo. Me he esforzado, bien lo sabe Dios. He luchado hasta donde he tenido fuerzas, sin hacer daño a nadie a sabiendas. Pero no ha sido suficiente. Por lo menos, no lo ha sido para lo que me gustaría, razonablemente, que mi hijo hubiera recibido de su padre. Sin embargo, en lo que creo que he llegado hasta las más altas cosas, es en el amor que le tengo. No creo que pudiera haber padre alguno, en ninguna parte de la tierra o del cielo o del abismo, que lo amara más que yo.

Cuando he sido padre, he comprendido mucho mejor a Jesucristo, cuando hablaba de su padre Dios y nos invitaba a llamarle «Abba», papá. He creído comprender mejor a Dios Padre mismo, en su amor hacia todos nosotros. He entendido que el amor de un padre, y de una madre, supera toda medida, supera toda imaginación, y que es un fuego que no se apaga, una gasolina que te levanta cada día y da vida a tu motor incesantemente, siempre en marcha, siempre acelerando, siempre preparado. El amor es una palabra con un sentido nuevo y pleno cuando se ama a un hijo.

Todo esto y más es Beltrán para mí. Para nosotros. Hoy es su cumpleaños. 10 añitos maravillosos. Sé que algún día él leerá esto y sabrá cuánto le ama su padre, quizás cuando yo ya no esté. Pero por si acaso no lo lee, ya me encargo yo de recordárselo todos los días. Y os voy a decir algo para terminar: jamás se siente nada igual ni más feliz, como cuando un hijo te abraza sin motivo alguno y te dice simplemente «te quiero».

Por algo así, vale la pena vivir.

¡Felicidades, hijo, que seas muy feliz toda tu vida, y que te conviertas en un buen hombre, y que nunca olvides que tus padres te aman con un amor incontenible en los límites y fronteras de este mundo!

Un comentario en “Beltrán cumple 10

  1. Jod*r, Jaime…
    Te puedes creer que me ha sido todo un esfuerzo leer el texto cn lágrimas en los ojos casi desde el principio…no me dejaban ver las letras las lágrimas… como he sentido estas palabras…te lo juro… tengo los mofletes empapados de las lagrimas que van cayendo…
    Que bonito es ser padre/madre… con sus cosas buenas y con las difíciles…

    Muchas felicidades a tú hombrecillo, le deseo toda la felicidad que un niño merece. Muchas felicidades para ti y tú mujer pq hoy hace una década que sois papás por 1era vez.

    Un abrazo enorme desde Madrid.

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