Nuevo capítulo de DON NADIE EL DESEADO (XIV)

Buenos días, amigos del mundo. Good morning, my friends.

Seguimos con la historia de Paco y compañía. Si queréis leer el capítulo anterior, solo tenéis que pinchar o copia el siguiente enlace en vuestro navegador:

http://somniablog.com/2020/11/19/don-nadie-el-deseado-xiii/

Ahora seguimos con la historia. Espero que os guste. Compartid si es así.

<<Comenzó una batalla silenciosa.

Las hermanas, Helena y Victoria, se llevaban cinco años de diferencia, pero el constante y duro trabajo de la casa y la educación sensata y dulce de la madre habían logrado el angélico milagro de reducir las apariencias hasta reducir los abismos del tiempo, e instalar en ellas esa suerte de imitación mutua que producen el sincero cariño y la continua convivencia, a menudo invisible para quienes están dentro de ese reducido universo. La menor parecía más responsable; la mayor parecía más ingenua. Desde muy pronto, Victoria amó profundamente a su hermana recién nacida; y con el tiempo fue correspondida por ella, y siempre hubo entre ellas la confianza y la comprensión intensas que parece existir entre dos plantas que crecen juntas, alimentándose la una de la otra y viceversa.

Por ello, Victoria supo enseguida que Helena sufría de algún mal del alma. ¿Qué otra cosa es el amor, sino un mal apetecible y un remedio que no sana? Aunque, ¿no es extraño que el enamoramiento tenga los mismos síntomas que la locura: introspección, hurañía, injustificado nerviosismo, imaginación desbordante, ilógicos cambios de humor, desviada percepción de obstáculos y posibilidades?

Lo que sospechaba lo supo al oírla gimotear. Cierto es que las lágrimas de una adolescente son incomprensibles, y que tanto pueden deberse al aire libre como al silencio, tanto al sol como a las nubes, así a la noche o a la mañana. No obstante, hay gestos que no engañan y palabras que traducen lo secreto. Aconteció, pues, que desde aquel día Victoria notó que Helena eludía las conversaciones sobre Paco, que leía más revistas para adolescentes, que frecuentaba más el maquillaje, que se había comprado un perfume muy caro y que, ¡oh desconcierto!, se acercaba con verdadera fruición a Paco y a sus cosas, ofreciéndose la mayoría de la mañanas para asear su habitación, mientras se hallaba fuera, e incluso realizando en muchas ocasiones la limpieza antes de ir a desayunar, sin contar con nadie.

Le daba vueltas Victoria a estas cuestiones cuando, como no podía ser de otro modo, la verdad se le mostró desnuda, tan cercana y tan evidente, que no haberla descubierto antes parecía más imprudencia que despiste.

– ¡Joder! ¿A que se ha enamorado? –se dijo, mientras daba palmas.

Pero, acto seguido, la luz se le apagó. Es el efecto que a veces el amor de una mujer causa en otras… Es el efecto que las estrellas tienen unas en otras: ninguna puede soportar que otra brille más que ella, aunque su fulgor sea tan efímero como el de un cometa. El corazón de una mujer es un acertijo, un laberinto. Hay muchas salidas y entradas, y puede suceder que lo que por una puerta entra puro, por otra salga contaminado; o que lo que entra amargo salga dulce.

El descubrimiento del amor que su hermana sentía hacia Paco fue el aldabonazo que sacudió de su letargo al corazón de Victoria. Hasta entonces había mantenido alguna relación, y aun estaba convencida de que había estado alguna vez enamorada. Pero jamás se había sentido tan extraña como entonces: era un hombre cualquiera el que reclamaba su atención; a decir verdad, un hombre vulgar, del montón, como los llaman, salido de un lugar desconocido y con escasas dotes de conquistador. Sin embargo, el mero hecho de que su hermana pequeña hubiera puestos sus tímidos ojos en él era motivo más que suficiente para que se despertasen también sus pasiones. Y no fue solo pasión: fue también instinto. A su edad ya estaba en condiciones de pelear con las miradas, y, aún más, con el resto del cuerpo. Un cuerpo hermoso y formado, por supuesto. Todo lo que un hombre podía desear. Veinte años de mujer morena y esbelta. Quizá no era guapa, pero era bonita, tenía gracia en la cara y en la forma.

Así que, Victoria, la estudiante, hizo lo que mejor sabía hacer: se puso a estudiar a aquel hombre que había llegado a turbar la armonía de su hogar. Consideró imperativo conquistarlo la primera. Mirándose en el espejo antes de vestirse una mañana, se confesaba:

– Paco no se resistirá. ¿No me preferirá a mí antes que a una niña sin formar? ¿No verá en mí todo lo que puede desear un hombre?

¿Y Paco?

Paco a lo suyo: mirar sin ver. Estar sin estar, estando en otra parte. En realidad, bastante tenía con seguir vivo, pues el nuevo oficio de pescador le exigía todas sus fuerzas y no era pequeño reto para un hombre acostumbrado a un estilo de vida libre de privaciones y a salvo del peligro que, en cambio, es cotidiano al contacto con la naturaleza descarnada.

Pero había algo más: Paco estaba cambiando por dentro, como ya sabemos, si bien demasiado despacio. Estaba muriendo el niño y naciendo a duras penas el hombre. Pero por ahora, en aquel momento, y a pesar del barullo e inquietud que su presencia provocaban, no era más que una estatua viendo pasar a personas sin rostro por delante. Un observador inmóvil. Un corazón en formación, al que los sentimientos profundos aún resultaban confusos y desconocidos; y las emociones del pasado, con las decisiones del presente, le habían vuelto de una dureza interna que solo el férreo ritmo de la rutina y el íntimo contacto con los fenómenos del mundo estaban moldeando poco a poco, para que su figura y sus hechuras se parecieran a las de un corazón humano. Bastábale, y no era poco, con empezar a ser cualquier cosa distinta de lo que había sido hasta entonces.

¿Qué había sido? Un mequetrefe.

¿Y que en que iba a convertirse? En un océano revuelto.

Puede parecer poco o inapropiado, pero téngase en cuenta que, al menos, en un océano hay vida.

El amor de Helena y el de Victoria habrían podido luchar a sus anchas, de frente y a solas, de no haber sido por la aparición de una contrincante más: su madre.

Juana ya rozaba los cuarenta, pero aún se conservaba esbelta y vigorosa. Sus facciones comenzaban a declarar todas las horas y los días en que se sustentaban, mas no habían perdido una belleza singular, brillante en tiempos de una juventud más fresca, sugerente en los años de la madurez. De formas menos contundentes que las de su hija menor, y con una figura sin duda menos coqueta que la de su hija mayor, conservaba en el rostro, sin embargo, la finura de la lozanía; y transportaba en los labios una fuerza vehemente. Y era más alta que sus hijas. Sus manos aún eran tersas, y el mucho trabajo había hecho, por igual, destrozos en sus maneras y mejoras en sus hechuras. Su cuerpo se elevaba como una cordillera de barro consistente pero dúctil. Era lo que podemos llamar una mujer plena: ni joven ni vieja; conocida y, no obstante, aún misteriosa. Deslumbrante años atrás; ahora, espléndida. Pero hacía muchos años que no amaba…

Sus hijas, su padre, su casa, a éstos sí les había dedicado su tiempo y su afecto durante años. Pero no al amor, no al amor arrebatador de su cuerpo y su feminidad.

Demasiados años.

Y Paco era el único hombre que le había tocado las manos desde entonces. No nos ha de extrañar ni lo uno ni lo otro, pues se había convertido en costumbre de Paco mostrarse afectuoso con ellas continuamente. Lo hacía por rebeldía, por hacer lo que nunca había hecho. Lo hacía por amistad. Y lo hacía por esas energías novedosas que se formaban en él, como en la niñez de la humanidad, dispuestas a mostrar sin tapujos la alegría, la comprensión, el dolor y hasta el odio. A fuerza de cariño, también ellas se habían soltado el peso de la costumbre y la desconfianza, y no perdían oportunidad de abrazarlo y acariciarlo, como a un hermano muy querido. Y Juana respiraba cada tarde angustiada, esperando que él llegara y la envolviera de remilgos y achuchones.

Era demasiado para ella. Se estremecía al recordar el contacto de la piel con la piel.

Demasiados años y demasiado cerca…>>

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