Éxtasis en otoño

Estoy escuchando el «Tema de la Fuerza», de Star Wars, compuesto por John Williams. Es sábado por la tarde, se ha puesto el sol y es noche cerrada. Apenas son las ocho de la tarde. Y estoy solo en mi habitación, sentado frente a mi ordenador, dejando que los dedos se muevan solos y mi sensibilidad creativa apenas lleve las riendas de su ímpetu, sin forzarlos. Ellos fluyen sobre las teclas por su propia voluntad, adelantándose a veces a la propia lengua, que pronuncia palabras calladas en el altar de mi espíritu desnudo. Allí donde solo pueden ser oídas por Dios.

Y la música me levanta hacia al cielo, como si mis brazos pudieran alcanzar los espacios siderales, en un abrazo imantado de poder, locura, magia y bien. Siento la Fuerza. La siento de veras. Corre por mis venas como un agua clara que calmara mi sed, y al mismo tiempo como un fuego que incendiara mi hoguera.

Y vosotros me estás viendo. ¿Me veis!? Sentado, escribiendo con los ojos cerrados, sintiendo solo la suave textura de las teclas, dejándome llevar, flotando en un océano delicado de emociones y sonidos. Estoy en paz. Reboso de belleza. La inspiración es mi patria. Y vosotros, mi destino.

Ella (Él, ponedle el nombre que queráis) está aquí conmigo, aunque esté en el otro lado de la galaxia. ¿Lo entendéis? No hay distancia para quien ama. No hay distancia para un escritor, en las palabras nos fundimos. El espíritu humano, ese culmen de la creación, lo más increíble, milagroso, misterioso, que existe en el universo, por encima de sus propias leyes y distancias, trascendiendo la materia, traspasándola, lo mismo que el tiempo, doblegando la creación a su voluntad, uniéndose en un inexplicable con el Autor del Espíritu, sin perder la propia esencia. Siento que está aquí. Siento que me invade, y no siento temor, ni miedo, ni dolor. Siento su fuerza delicada, su poderío cariñoso, su presencia ausente, y me gustaría permanecer así durante toda mi vida. Eternizarme así.

He nacido para esto. Es un conocimiento que no se alcanza mediante la lógica ni la investigación. Es una revelación. Es algo que se ve. Está ahí, está aquí, en mi interior. Está. Es. Y mueve mis dedos a su antojo, y escribe por mí, y me eleva, hasta que ya no veo la tierra, ni siquiera la vida, ni el tiempo, ni la materia, y lo soy todo, y soy libre.

Estoy aquí, hermanos, amigos del mundo, en esta tarde de sábado, sentado frente al ordenador, junto a la ventana oscura, y siento que estos momentos los recordaré siempre, porque que son los únicos que me gustan del otoño.

Aunque son muy breves. Brevísimos. El éxtasis dura demasiado poco.

Probablemente todo lo que acabo de escribir sean solo sueños de un loco. Pero ¿qué me decís? ¿Habéis sentido alguna vez esto?

Os dejo el enlace de la música…

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