De profundis

Queridos amigos del mundo, dear friends in the world:

La mayor parte de la gente vive como si no viviese. Sus días pasan como una sucesión de borracheras y resacas, como alucinaciones o espejismos que, estupefacientes, concurrieran ante sus ojos cual si se tratara de la vida de otros. Es como vivir en un videojuego en tercera persona.

Y de pronto la partida se termina y se acabó.

Ya no ha más vidas. Ya no hay bolas extra. Ya no hay más oportunidades.

A veces me sucede a mí mismo. Si trato de recordar muchas cosas de mi pasado, o bien no las recuerdo, o bien me son ajenas, como si le hubieran pasado a otro. Y eso sucede porque yo tampoco he vivido siempre viviendo. A pesar de la extensión de mi vocabulario, acrecentado día a día con las lecturas de grandes escritores y el estudio, no sé describirlo de otra forma. Hay dos maneras de vivir: viviendo o sin vivir. Esta diferencia lo es todo; convierte a unos hombres en dueños de sí mismo y a otros en esclavos; a unos en piedras y a otros en briznas de viento; de unos hace historia y a otros los difumina.

La paradoja es voluntaria. Vivir sin vivir es la gran desgracia de muchas personas. Es terrible. Son miles, millones de vidas tiradas a la basura de la historia, que pasan sobre la faz de este planeta y no dejan otra huella que no sea formar parte de un número indeterminado y sin rostro. ¿Es que tiene que ser así? ¿Tiene que haber una masa informe e innominada de seres humanos, como el alquitrán que asfalta nuestras carreteras, para que haya otros, muy pocos, sobresalientes, excelentes? ¿Es tan insoportable esta realidad como para rendirse ante la inexorable y maldita fortuna de estas turbas de hombres vivos pero huecos? Me rebelo ante esta idea. Creo en el valor de cada hombre, en que cada uno de ellos está hecho a imagen de Dios y que guarda dentro de sí un potencial fabuloso de crecimiento.

Pero para crecer hace falta primero morir por dentro.

Morir para vivir. Para vivir de verdad. Morir por dentro para resurgir por dentro, y acaba viviendo de verdad, no a medias, ni en la superficie.

Esto es más que literatura, pero un escritor sigue siendo un ser humano, y todo lo humano le es propio, y no puede ser ajeno a nada humano, porque la materia de los libros son los afanes humanos, sean estos cuales sean.

La gente vive para trabajar, pero si no tienen trabajo la vida se les vuelve insoportable. Se quejan de que trabajan demasiado, peor ninguno quiere estar sin hacer nada, porque la vida se les queda vacía; no saben qué hacer con ella; y cuando deciden hacer algo, suelen ensuciársela, en lugar de alzarla hasta las alturas. Quieren tener a alguien que les ame, pero no están dispuestos a ceder ni una brizna de su tiempo y de su ser por alguien que antes no les demuestre un amor que no existe más que en sus mentes infantiles: porque exigir lo que no se da es propio de los niños. Se gastan el dinero que no tienen en cosas inservibles, y se endeudan durante años para tener el último invento que no necesitan, pero luego se quejan de que no tienen nada. Se enfrentan a sus familias, que son las únicas que les amparan cuando nada les queda. Se muestran indignados contra los políticos, a los que desprecian y repudian, pero luego les votan de nuevo, siempre a los mismos, hinchados de odio y de ignorancia. No creen en Dios, pero buscan el sentido de su vida en miles de objetos y supersticiones, en ideologías y partidos, en drogas, series, deportes o aficiones; pero siempre hay algo a lo que se aferran no por amor ni porque hayan encontrado un camino de desarrollo, sino porque tienen que llenar un vacío; y cuando les falta se sienten espantados, solos, abandonados; y tienen un terror infinito a la muerte, como hombres que no creen en la vida ni aceptan que haya algo que tenga valor como para darla. Algunos piensan, pero con el corazón corrupto, aunque no lo muestren; otros, más corruptos o menos, se aterran ante el pensamiento. En todos los casos se quedan en la superficie de la vida, y cuando no desean aceptar algo que podría comprometerles, lo dan por falso o expresan con largas frases que no dicen nada su voluntad de permanecer al margen. Un margen en el que la vida no está, sino solo su sucedáneo, que es este teatro de máscaras en el que millones viven, empapados de civilización, pero secos de cultura; porque la verdadera cultura es la que cultiva el alta, y da fruto, y su fruto perdura.

Viven en la superficie de la vida, que es tanto como no vivir. Unos se entregan al dinero, otros al trabajo, que es el gran mentiroso, pues promete premios que nunca otorga, y ofrece tan solo migajas que vienen con el veneno de unas cadenas invisibles. Otros se quedan en la piel de la inconsistencia, sin saber ni entender ni comprender ni buscar. Y los libros, la voz de los antepasados, siguen mostrándose para coger polvo. Porque los libros nos pueden ayudar a encontrar el camino… pero solo si los leemos y nos los tomamos en serio. No se puede leer libros como se comen croquetas.

Los libros nos ayudan a vivir de verdad. Nos hunden la cabeza en el océano de la vida y nos obligan a respirar el agua salada de la verdad.

De profundis. Desde lo profundo. Desde la intensidad. Desde el silencio. Desde el corazón.

No conozco otra manera de vivir. La más pura, la más auténtica, aunque a veces no guste a muchos. La que te arranca de tus «opiniones» y te pone frente al mundo en serio, porque te obliga a encontrar tus talentos y a entregar la vida por algo mayor y más alto que tú. No sé definirlo de otra forma: vivir viviendo, con el alma siempre en carne viva, con los sentimientos a la vez sometidos a la razón y a la vez latiendo con el fuego de la radicalidad.

De profundis.

Así vivo.

Así sueño

Así vivo.

Tú puedes tener tu propia forma de vivir.

Pero yo vivo desde lo profundo.

Me enseñó uno que murió en una cruz.

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