Don Nadie el deseado (XIII)

Seguimos con las andanzas y desventuras de Paco, nuestro don nadie particular. Recordad, si queréis seguir la serie entera, podéis ver otros capítulos anteriores navegando por las entradas antiguas del blog, como el que os dejo en el siguiente enlace:

http://somniablog.com/2020/10/26/don-nadie-el-deseado-xii/

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El viejo empeoraba día a día. Quizás se tratara solo de los años, que hasta entonces únicamente habían enviado a su mensajero, el calendario, sin hacer acto de presencia. Pero ahora, aplastado por el peso de la preocupación, arrumbado por el ejemplo de un hombre joven aterido y enfermo, el viejo sintió muy cercanos los golpes de la ancianidad ante las puertas de su cuerpo. Asustado, incluso su espíritu acabó por hundirse en un estado febril, macilento y gris.

Las mujeres apenas se percataron de ello. Cuando Paco llegó a su casa, el viejo tuvo miedo al contemplar en lo hondo de la mirada de Helena, según creyó, el destello del amor primerizo. Mas entonces no eran destellos lo que podía verse. Eran llamas. Y no sólo era Helena la que ardía. La casa entera estaba inundándose de fuego…

Victoria fue la primera en conocer a Paco. Lo vio cuando aún era el hombre que había sido, aunque estaba abandonando la piel que había vestido durante tantos años. Quizá por eso, al principio no se sintió atraída por él.

Fue, en cambio, Helena, la pequeña, como bien adivinó su abuelo, quien en primer lugar se turbó ante la presencia del recién venido. Era de corazón inocente, y jamás había probado las inquietudes del enamoramiento. ¡Afortunada ella! Sueños, ilusiones, sí; ésas las hemos tenido todos. También Helena. Pero pasión dolorosa, incontenible fuerza arrolladora de la voluntad y dueña de la inteligencia, obsesión infausta y negra peregrinación, ésa nunca, hasta aquel momento. Más en concreto, hasta el día en que tuvo lugar una curiosa y desconcertante conversación entre Paco y ella.

Fue bastante antes de caer enfermo. Paco se encontraba preparándose para partir al trabajo en el barco (navegando, soñando, pescando y gastando la vida entre la sal, los destellos del sol sobre la superficie de las olas o bajo los envites de la lluvia); se le veía contento, y quien hubiera sabido leer en sus ojos habría descubierto el esplendor de esos días en que se desvela alguna misión o sentido con evidente claridad, y el mundo bien parece adquirir el tono de la perfección. El día estaba naciendo, era primavera y las nubes vigilaban el cielo. Helena, muy madrugadora, había adquirido cierta confianza con Paco, a quien trataba con una familiaridad de prima; ella coqueteaba alguna que otra con él como quien se dejara admirar. Se acercó a la puerta de la habitación de Paco, y lo halló atándose las botas, sentado sobre la cama.

– ¡Buenos días, Paco! –le saludó derrochando buen humor.

– ¡Buenos días, pequeña! –así la llamaba él desde el primer día, cosa que a ella le agradaba-. ¿Qué haces tan pronto levantada? –también esta pregunta era sin duda fruto de la confianza.

– No podía dormir –contestó ella.

Paco se levantó e hizo ademán de coger algo sobre la cama. Entonces ella pudo ver una minúscula foto que Paco había depositado sobre la mesita la noche anterior. Era de Beatriz, su antigua novia, la decoradora de frentes…

– ¿Quién es? –preguntó la joven.

Extrañado, Paco respondió:

– ¿Quién es quién?

¡El pobre seguía siendo tan ingenuo como siempre! Si hubiera sabido lo que aquella simple foto podría significar para otra mujer, la habría tirado hace mucho tiempo.

– La chica de la foto –explicó Helena.

Al decir “chica”, algo se despertó en su interior. Eran los celos, que en algunas mujeres no son fruto del amor, sino que lo preceden y, por decirlo así, lo ahogan y llegan a identificarse con él.

– ¡Ah, bueno! Es mi ex.

¡Tras! Otro golpe en el seno de ella… Ahora, además, le había dolido, y abría los ojos tanto, que Paco se creyó obligado a explicarse más detenidamente.

– Verás, me dejó por otro. ¡Aunque yo ya casi no me acuerdo de ella! Tenía la foto en la cartera, pero se me cayó anoche y me olvidé de volver a guardarla.

Al llegar a este punto, se detuvo un instante, pensativo. Cambió imperceptiblemente de tono. ¡Iluso! Continuó, para acabar diciendo:

– En realidad, no sé por qué conservo la foto. ¡Era una engreída! Y creo que nunca me quiso de verdad.

– ¿Y tú a ella? –le preguntó Helena, con cariñoso atrevimiento.

Paco buceó en su interior. Le parecía tan lejana y distante aquella mujer, que por un momento había olvidado lo que había sentido por ella. Ahora dudaba.

– No lo sé –dijo.

Helena vio el cielo abierto. Casi a punto de huir, le espetó a Paco la frase que marcaría el destino de ella:

– Tú te mereces una chica que te quiera de verdad.

¿Cómo pensáis que dijo “chica”…?

Era la protesta, la respuesta, la afirmación, frente al otro “chica” que antes habían dicho los labios de él.

Y se fue. No dijo más. Y Paco se quedó allí, de pie, tan extrañado como al principio.

Helena llegó a carrera a su habitación, cerró la puerta con llave, tomó un cojín entre sus brazos y, apretándolo muy fuerte, se puso a llorar. ¡Tierno corazón de niña que empieza a ser mujer: tan atrevido y a la vez tan temeroso! ¡Dulce miedo nacido del amor: con qué saña maltratas al que busca tu remedio! El hombre, aquel hombre tan raro y tan opaco, anodino y lánguido tantas veces, y otras risueño, halagador, brioso e interesante, que sin embargo iba madurando al arrimo de la mar y bajo la fuerza de las velas, se pasó el día pensando en el pasado. ¿Se percató de los sentimientos de Helena? No. ¿Qué habría hecho, de haberlos conocido? Posiblemente, nada. Todavía, después de todo lo vivido, no sabía qué decir ni qué hacer ante una mujer enamorada>>.

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