A los escritores del mundo

Good morning, writers, wherever you are.

Escritores del mundo, escuchad.

No soy el mejor ni el más preclaro de todos vosotros, ni he vendido más libros. Ni siquiera soy conocido más allá de mi círculo cercano. Algunos os estaréis preguntando quién soy y por qué os estoy dirigiendo la palabra. Es posible, incluso, que unos pocos estéis tan a gusto en vuestra campana de cristal, en vuestro soleado, silencioso y solitario estudio, que mi voz no os alcance.

Sé que estáis sufriendo en esta época, pero esta época pasará. Como todo en la vida y en la historia, pasará; y llegarán días mejores, y habrá nuevos amaneceres. Pero cuidado, porque puede que no para todos. Y no hablo solo de la natural selección que el mercado realiza continua y silenciosamente entre unos autores y otros, fruto de las preferencias y gustos de los lectores y de las campañas de marketing. Hablo de la muerte de la cultura, de la desaparición de la literatura tal como la conocemos.

¿La literatura se muere?

Se muere, amigos míos. Es un cáncer lento, oculto y silencioso, pero se está muriendo. Y nosotros somos los culpables, y los únicos médicos posibles.

La literatura se muere porque cada vez se lee menos y se lee peor, y se leen peores obras. Muchas obras «sobreviven» en la estadística porque los planes de estudio académicos obligan a los alumnos más jóvenes a leerlas; otras simplemente porque tienen detrás grandes campañas de publicidad; unas pocas porque conocen el respaldo y el impulso de otras disciplinas, como el cine o la televisión.

Pero cada vez hay menos locos por la literatura, menos locos con un libro bajo el brazo. Y los niños… a los niños los estamos perdiendo absolutamente. Vienen generaciones de futuros adultos que jamás habrán leído un libro más allá de esos vomitivos excrementos que tratan a los niños como si fueran estúpidos y que ponen el listón de la lectura tan bajo, que en lugar de hacer crecer en sabiduría y habilidades a los niños, perpetúan en ellos el infantilismo y la cultura «disney».

Hace unos días veía una serie de una década atrás. Una serie que entonces era «progre», ya me entendéis. Adolescentes ricos en un instituto de una gran ciudad, con sus enormes preocupaciones en forma de fiestas, vestidos, líos y amistades. Apenas hace trece años. Lo que más me sorprendió no fue que no hubiera smartphones, sino lo mucho que ha cambiado la sociedad (o una parte de ella en apenas una década), incluso en la consideración de la cultura. Aquellos adolescentes sabían quiénes eran los grandes autores del siglo XX, todavía. Pero ¿lo sabe un adolescente de 2020? Yo os digo que no.

Pero quiero ir más allá. No suelo leer los comentarios y publicaciones de los demás en las redes sociales, salvo amigos cercanos. ¿Sabéis por qué? Porque me sorprende la tremenda ignorancia de la gente aun en las cosas más básicas; y porque las redes sociales se han convertido hoy en el caldo de cultivo de la mentira y la manipulación. Desde el que listillo que hace vídeos para mantener que la tierra es plana o que se está hueca por dentro, y que dentro hay otra estrella con otro mundo parecido al de «la superficie», hasta el pobrecito que no entiende la diferencia entre «socialismo» y «capitalismo», por poner ejemplos burdos, pasando por aquel otro que defiende públicamente que «X» (léase político de turno) es el bien y «Z» (léase el político rival) es el mal, la Red haría hoy las delicias del Padre de la mentira.

Están quemando poco a poco lo que amamos. Pronto los libros volverán a arder en las hogueras de antaño…

La literatura se muere, como se muere la contemplación, como se muere el estudio, como se muere el arte en general.

O actuamos o seremos una masa sin identidad, libertad ni verdad.

Nosotros somos parte de esta sociedad. Debemos poner remedio. Todos juntos. Con energía, apoyándonos unos en otros. A pesar de nuestras diferencias.

Lo primero que tenemos hacer es atacar con decisión la mala literatura. Tenemos que salir a la palestra a dar la batalla. Tenemos que luchar a brazo partido contra la basura intelectual. Tenemos que guerrear contra los reduccionismos, contra los populismos (vulgarizaciones de la verdad siempre), tenemos que enfrentarnos de cada con todos aquellos que usan el material más sagrado de que disponemos (los libros) para la frivolidad y el famoseo, para el cotilleo y el mercadeo de seres humanos, para la rebaja y embarradura de la civilización y el conocimiento, y en especial del idioma. Tenemos que ser los adalides de una nueva intelectualidad, comprometida no con las causas políticas (siempre perversiones del espíritu), sino de la gran causa del arte, de la belleza y la humanidad. Y tenemos que hacerlo saliendo ahí, a mancharnos de sangre, a jugarnos el tipo.

Odio a los escritores que dicen «voten por tal candidato». Yo he votado a la derecha pero no vivo de ella ni pienso que sea la solución a todos los males de la sociedad. Y desde luego no voy a hacer campaña por ningún partido. ¡Basta ya de escritores ideológicos! ¡Basta ya de escritores vendidos a causas políticas!

Odio también a los escritores que se creen que saben de todo y miran a los demás por encima del hombro, sin entender que solo son parte de un todo que les supera, y que nunca podrán aprehender.

Odio a los escritores que tienen faltas de ortografía (graves y continuadas, entiéndase), porque traicionan su propio arte.

Y lo que más odio son los escritores que desprecian la belleza del idioma y se centran en la estúpida y siempre falible «previsión de ingresos», tratando a los lectores como si fueran imbéciles y meras máquinas de expender monedas, sin hablarles cara a cara, sin retarles al reto de emprender una nueva aventura que les pondrá al límite de sus conocimientos y les obligará a ser mejores.

Un buen escritor debe hacer que el lector tenga un diccionario en su mano, aunque solo sea una vez.

Hay que elevar el nivel cultural de nuestras sociedades. Aunque por el camino se queden los menos diligentes. Hay que luchar por una sociedad mejor, más culta, más sabia, menos infantiloide, menos manipulable, menos crítica, menos ideologizada. Solo así será una sociedad más libre. Solo así será una sociedad en la que el escritor sea, precisamente, más y mejor reconocido.

Porque en una sociedad de esclavos e ignorantes el escritor es prescindible. Pero él se lo habrá ganado, si no lucha por cambiar el estado de las cosas.

¡Escritores del mundo, luchad!


Postdata: Escribo esto la efeméride del nacimiento de Dostoievski. ¿Casualidad? No creo en ella. Os juro que he sido consciente de ello después de terminar el texto. Y os digo que esto me inspira, porque admiro a este escritor, que fue uno de los más determinantes de su tiempo, de los más influyentes, e incluso podría decirse uno de los que más contribuyó, queriéndolo o no, a la grandeza de la novela en el siglo XIX, y aun en los autores del siglo XX. En cierta forma, ojalá todos fuéramos como él, porque supo elevar el nivel de la cultura de su tiempo y luchó contra la vulgarización del hombre, de la sociedad y de la vida. Trató de abrirse camino en la nebulosa de la existencia y darle un sentido.

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