El poeta loco y la princesa

Recuerdo que, en una ocasión, un tiempo después de aquel triste acontecimiento que os relaté, llevados por el natural deseo de ver sonreír a mi maestro y de incitar de nuevo su creatividad a manifestarse ante la multitud, fuimos testigos del paso de la comitiva real cerca del lugar donde reposábamos. Y uniéndonos a la muchedumbre, caminamos tras ella durante días, hasta llegar al antiguo Palacio de Verano de los Reyes de Novumbra. Íbamos como mendigos y gente sin brillo ni riqueza, tal como vivíamos; mezclados con los más pobres, nadie reparó en nosotros. Mi maestro apenas hablaba, y comía aun menos, y se pasaba las noches y los días cubierto con la capucha de su túnica larga, mohosa y sucia, cerrado en su propio interior, siempre mascullando el dolor que lo anegaba. Pero se dejaba conducir.

Una mañana, el pueblo estaba celebrando un día de fiesta, y la ciudad se había colmado de gentes venidas de los alrededores, y los caballeros con sus armaduras enceradas se congregaban junto al gran palacio, que relucía con el sol de la mañana, como un estanque limpio en medio de una huerta fresca. Nuestro grupo estaba apiñado contra un rincón infecto, todos asustados ante el bullicio y algarabía de la fiesta, pero sin apartar nuestros ojos seducidos por la alegría, la comida y la bebida. Contra la pared acostado, baja la cabeza y negándose a la luz, nuestro maestro trataba de pasar desapercibido, o simplemente nos ignoraba a todos, ciego a cualquier cosa que sucediera a su alrededor.

De pronto, unos jóvenes que pasaban en tropel se detuvieron porque uno de ellos reconoció nuestras caras. Y preguntaron por el “poeta loco”, como todo el mundo lo conocía. Quizás algunos tuvimos miedo, pero otros se sintieron halagados y enseguida condujeron a los chicos hasta mi maestro. Viéndolo tan extraño y ausente, no se sorprendieron, puesto que de todos era creído que mi maestro hacía cosas incomprensibles a cada momento, y levantándolo, lo llevaron casi en volandas con ellos, que se dirigían al palacio a ver la gran recepción real donde el rey nombraría mayor de edad y heredera al trono, ante todo el pueblo y los nobles y guerreros, a su hija, la princesa Telia.

Hubo unos minutos de locura, en que la gente se reunió cada vez más a nuestro alrededor, mientras yo trataba desesperadamente de proteger a mi maestro, pues lo sabía confuso, débil, indefenso como un niño perdido. Pero la turba aumentaba, y unos a otros se iban gritando <<¡El poeta loco está aquí!>>, como un eco en las montañas. Y de pronto me lo arrebataron, y se quedó solo en medio de la gran sala de recepciones, y la princesa estaba ante él, coronada con la tiara magnífica de los príncipes de Novumbra, y con el gran collar de plata y plomo al cuello, que simbolizaba que un príncipe era al mismo tiempo noble y vulgar, y que tenía por ello una poder como gobernante como gobernante, y un deber como hijo ante el rey y como siervo ante su pueblo.

Entonces Telia se acercó a mi maestro, y se hizo un silencio sepulcral en la gran sala, cuyas columnas llegaban al cielo y cuyas ventanas filtraban en mil colores la luz del poderoso astro que reina sobre los espacios celestiales, como si también él portara una tiara de oro y piedras preciosas que reverberase.

-Es el poeta loco -gritó uno de los jóvenes que lo habían empujado hasta allí.

Mi maestro se encontraba sentado en el suelo, acariciando las losas de mármol pulido, ajeno a todo. Todo el mundo contenía la respiración. Un guardia hizo ademán de acercarse, pero la princesa movió una mano y el guardia se detuvo. Telia se aproximó hasta él, muy despacio. El rey Junghe observaba desde el alto sitial del trono, intrigado.

– ¿Eres tú el que llaman el poeta loco?

– Solo soy un poeta perdido.

– ¿Perdido? ¿Acaso no sabes dónde estás? Porque te has colado en una ceremonia real sin avisar, y resulta muy conveniente, a la par que inapropiado, que hayas interrumpido nuestra ceremonia de principado, ya que hace mucho tiempo que hemos oído rumores sobre ti y deseábamos conocerte.

– ¿Por qué hablas el plural? ¿Acaso sois muchos en un solo cuerpo?

– Solo soy una persona, una chiquilla, y no la más importante de aquí. Y me gustaría escuchar alguno de tus poemas. ¿Harás uno para mí ahora?

– No puedo. La he perdido y ya no tengo palabras. La poesía me ha abandonado, como ella.

– ¿Ella? ¿Quién es ella?

– Todos creen que estoy loco, pero solo quería enamorarla. Hacía poemas porque ella me escuchaba. Entonaba discursos porque ella estaba a mi lado. Recorría el mundo para encontrarla. Y levantaba montañas solo para que ella no tuviera que escalarlas. Ella era mi estrella polar, mi luz en la noche, mi calor en el frío; mi existencia era algo más que mera presencia efímera, porque tenía un fin en ella. Pero ahora que me ha rechazado, ya no tengo palabras, no tengo luz, no tengo calor, ni fin ni sentido. La muerte es mi compañera, el dolor es mi alimento. Dime, aunque seas una chiquilla, ¿no podrías pedir a alguno de estos buenos hombres que me mate y tire mi cuerpo a una fosa sin nombre? No quiero seguir viviendo, porque la vida me es amarga; pero el mero pensamiento de acabarla por mi mano me horroriza; y la certeza de la nada me sume en la negrura y en la pasividad. ¡Tengo miedo y aún la amo! Estos son los motivos para permanecer en este lado del mundo, incapaz de fundirme con el todo en que nada tiene nombre. Pero quizás tú puedas acortar este sufrimiento. ¡El amor me está convirtiendo en el hombre más desgraciado del mundo! Cambia ese corazón ingrato para que me ame, u ordena a estos hombres que me ajusticien. ¿Por qué no lo haces?

– ¿Cómo podría yo ordenar tal cosa? ¡Sería un acto atroz y bárbaro!

Mi maestro no contestó. Siguió recorriendo las líneas de las baldosas con la mano. No creo que le importara mucho la contestación de la princesa. Pasaron unos segundos que duraron como una noche de invierno. El rey se revolvió en su trono. Una mujer carraspeó. Un aire místico rodeaba a las dos figuras solitarias en el centro de la sala: la joven vestida de seda y oro y coronada de rubíes, y el mendigo sucio y desgreñado, sentado en el suelo, ajeno a todo, haciendo honor a su apodo.

– ¿Qué buscas? -preguntó la princesa.

– A ella. ¿Sabes tú dónde está? Porque la vida se debe vivir con amor. Si falta este, la locura es la única opción razonable. Y yo ya he bebido suficiente de la copa de la locura. ¡Pareciera que me hubiera apropiado de toda la locura del reino, si los poderosos no me hicieran quedar por mentiroso! ¿Sabes tú dónde está ella, para que pueda declararle de nuevo mi amor roto, pero aún vivo?

Por un momento, sus ojos se iluminaron.

– Desgraciadamente, no, pero si la encuentro prometo que te lo haré saber.

Mi maestro sonrió con una bondad y una tristeza que me partieron el alma. De verdad creyó en aquella promesa vacía. Lo sé, porque yo le conocía muy bien.

En ese instante, no pude soportarlo más y me abalancé hacia él. Varios guardias me persiguieron, pero me abracé a mi maestro y no me hicieron daño. La princesa comenzó a llorar al ver las lágrimas que ya recorrían mi rostro. Los guardias nos hicieron un pasillo, y nos reunimos con nuestros compañeros a la salida, ante la mirada silenciosa y triste de la multitud, por la cundía la noticia de la caída y tragedia de mi maestro, como el fuego entre la yesca.

Entonces el senescal del rey se acercó a nosotros con gran boato y dignidad, trayendo consigo un pequeño saquito de monedas de oro y una rica túnica nueva, que puso en mis manos, pues yo era el principal de los seguidores del poeta loco.

– La princesa me ha pedido que te haga llegar esto, aprendiz. Ha dicho expresamente <<Quizás no pueda encontrarla para el gran poeta, pero puede que este regalo le ayude a viajar adonde ella esté>>.

Mi maestro no dijo nada. Tomamos los regalos y salimos de la ciudad, apesadumbrados, seguidos por un tropel, aunque muchos se iban retirando al comprobar que mi maestro no decía nada; solo caminaba en silencio y con la cabeza gacha. Al fin, solo quedó un niño, apenas un muchacho de unos pocos años, delgaducho, famélico incluso, sucio, sin camisa. Se acercó al poeta y le dio la mano. Entonces él se detuvo y le miró a los ojos. Se sentó en el camino, sin preocuparse de nada más. Le abrazó lentamente y luego le preguntó:

– ¿Solo tú me has seguido hasta aquí? ¿Por qué has venido?

El muchacho, de ojos penetrantes y lengua valiente, respondió:

– Vos sois el único hombre pobre al que los hombres pobres siguen y del que todos hablan. No les dais de comer, pero aun así os respetan y os quieren. Por eso pensé que valía la pena ser de los vuestros.

– Yo no valgo nada, ni tengo nada, ni puedo nada. Pero estas monedas serán para ti, y esta túnica cubrirá tu cuerpo, si me prometes algo.

Y sin dejar que contestara, el poeta añadió:

– Toma el dinero, ponte la túnica nueva, compra un caballo, ve a buscarla, recorre el mundo si es necesario, y cuando la encuentres dile que la sigo amando, y que la amaré incluso después de morir, pues las fibras de mi espíritu están unidas a las suyas como la playa al océano; y luego ve a la princesa y ponte a su servicio, y dile que, entre todas las personas que me he topado, solo ella me ha ofrecido ayuda, por lo que dejaré un poema escondido para ella. ¿Me has entendido?

– Sí -replicó el chico, emocionado.

– ¿Cuál es tu nombre?

– Ulevo -respondió el chico

– A partir de hoy te llamarás Irmiez, que significa <<noble mensajero>>, porque tú vas a llevar mis últimas palabras. Y yo desde hoy no volveré a pronunciar nada para hombre alguno, sea rey o mendigo.

Entregué el dinero y la túnica al niño, que se marchó obediente, sin quitar los ojos de mi maestro. Este permaneció durante toda la noche sentado en el camino, y los que por él transitaban nos miraban con extrañeza o con miedo, como si fuéramos ladrones, o con desprecio e ira, lanzándonos toda clase de insultos. Pero mi maestro no volvió a pronunciar palabra dirigida a ningún interlocutor, ni siquiera a mí, a pesar de que muchas veces le interpelé. Y aquellas fueron, en efecto, sus últimas palabras.

Muchos años después, supimos que aquel joven se había convertido en guardia personal de la reina Telia.

Y por si lo preguntáis… sí, cuando mi maestro murió, hallé en mi macuto un poema escondido en un trozo de papel. Era para la reina. Un día os contaré cómo se lo entregué y qué decía. Hoy ya es suficiente para esta alma dolorida.

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