Mulan 2020

¿Quién soy de verdad?

Who am i inside?

He visto Mulan, la nueva versión live action de Disney de película de 1997. Y sinceramente, me ha encantado.

Dejando a un lado las evidentes conveniencias de guion que salpican la trama, y obviando sus semejanzas con elementos de otras historias como Star Wars, la película es una interminable secuencia de acción, al más puro estilo Hollywood, donde una mujer recorre su propio camino de heroína en una sociedad cerrada a la participación de la mujer en la guerra y en la defensa de su país, a pesar de lo cual no solo se rebela contra esas normas, sino que se convierte en la líder del Ejército Imperial, hasta detener la amenaza del invasor, encontrar el amor y honrar a su familia con su valor, su lealtad y su verdad.

Las peleas son puro espectáculo, los paisajes son sobrecogedores, la trama es atractiva, los personajes cumplen su papel con dignidad, los actores están a la altura, especialmente la protagonista. Se trata de una gran película. Tomada en consideración por sí misma, y a pesar de su carga reivindicativa (que se ve sin aspavientos y no disgusta porque está desprovista de odio), es una producción cinematográfica interesante, entretenida y notable.

Sin embargo, el problema radica en otra parte. Películas como esta manifiestan los grandes problemas de Disney en estos tiempos: una falta de creatividad tremenda , un temor primitivo a quedarse atrás en la carrera de los estrenos, una apuesta por las jugadas más conservadoras, y una peligrosísima tendencia a minusvalorar sus propias películas clásicas. Pero si por la parte de la productora esta tendencia es evidente (estas live action no representan un homenaje a los filmes animados, sino un mero producto comercial basado en la creencia acertada de que la gente volverá a pagar por ver lo mismo, pero con otra presentación), por la parte del público acontece el movimiento contrario: el espectador no puede evitar poner en comparación estas nuevas obras con las obras clásicas animadas. Y el resultado suele ser siempre negativo para los nuevos estrenos.

¿Por qué?

Sencillo: porque cuando el público ama una versión, suele rechazar la novedad, y porque, a pesar de que la novedad en sí misma no tendría por qué ser mala, la realidad es que estas nuevas versiones carecen de la potencia emocional de las películas animadas, e incluso de su sentido del humor.

MULAN 2020 es una maravilla visual, pero le falta calor, le falta profundidad. El espectador no se emociona en ningún momento. Incluso yo, que soy una fuente de lágrimas, apenas he sentido un nudo en la garganta en una escena, y no en el clímax de la trama.

La protagonista busca su propia identidad. Todo gira en torno a esto: autoafirmarse en un mundo hostil, y encontrar en esta autoafirmación un camino más noble que el odio y la destrucción, tomando lo mejor de ese mundo y aportando a él los propios dones. Pero al fin esta búsqueda es una simple excusa, porque esta Mulan no da señales de estar dudando casi en ningún momento. «¿Quién soy de verdad?», se preguntaba la Mulan clásica, una adolescente torpe y dubitativa. Pero esta de 2020 es una joven valiente, fuerte y extraordinaria. No se pregunta quién es, sino que en realidad solo trata de hacerse un hueco.

Además, a la película le faltan canciones. ¿Dónde están las canciones? Alguien en Disney ha decidido que esta live action no tendría canciones. Pero ¿qué locura es esta? Así es imposible darle carga dramática a la historia, y el resultado lo demuestra. ¿Os acordáis de aquella maravillosa canción interpretada por Cristina Aguilera? Pues aquí solo sale en los créditos. Lo cual es un error gigantesco. Queríamos ver a Mulan mirándose en el estanque y preguntándose quién es. Pero nos hemos quedado sin la escena y sin la canción.

En definitiva, mi nota para esta divertidísima película oscila entre el notable y el bien, pero podría ser un mero aprobado si nos acordamos de la Mulan de 1997. A veces, es mejor no recordar.

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