La muerte del poeta loco

Mucho se ha escrito y dicho de aquellos días aciagos en que mi maestro entró en el estado depresivo, triste, ahogado como un pecio en el fondo del océano, que le llevó finalmente a la desaparición. Hemos tenido que escuchar tonterías, como que se elevó sobre las nubes cual ave viajera; y hemos tenido que soportar muchas burlas, como si se hubiera convertido en una cigarra o en cerdo de los que hozan en el barro y los excrementos. Pero también los doctos y prudentes han errado sus relatos y suposiciones, puesto que pocos han podido hablar con quienes estuvimos con él hasta el final, y de estos pocos, menos aún han prestado crédito a nuestras palabras.

Sin duda, todo lo que sucedió en los últimos días de mi maestro no sería comprensible sin ponernos brevemente en situación. Para conocer el destino de un ser humano, y juzgar (delicada tarea) si sus momentos finales estuvieron a la altura de su vida, han de considerarse sus antecedentes, y no desdeñar la fuerza que los acontecimientos tienen sobre el espíritu humano, poderoso gigante cuyos pies de barro están siempre cubiertos por la bruma y distorsionados por la altura que la grandeza provoca.

En realidad, todo venía de lejos. Mi maestro tuvo una decadencia larga y paulatina, no tanto de su cuerpo, como de su mente; y no porque perdiera gracia, creatividad o agilidad, sino porque se encerró en sí mismo. No sabría describirlo de otra forma que diciendo que perdió la ganas de vivir. Su mente se fue volviendo cada vez más esquiva; su alma, cada vez más ausente; su espíritu, cada vez más frío; y llegó el instante en que no nos era posible acceder a él, aunque estuviera delante de nosotros, sino que mostraba la mirada perdida, la boca cerrada, los músculos abandonados, e incluso el mismo corazón se le fue deteniendo, cual el viajero que vuelve la vista atrás y deja un trozo de sí en su tierra, que se queda para siempre amarrada a ella, aunque su cuerpo viaje hasta el confín del mundo.

Él estaba, pero no estaba. Comía con nosotros, nos hablaba si le preguntábamos, incluso a veces sonreía cuando nos reconocía. Pero su alma moraba lejos, oculta y asustada en alguna caverna inaccesible. El proceso fue lento, pero continuo. Hicimos todo lo que pudimos para ayudarle, intentamos hasta lo más ridículo para llamar su atención, tratamos de evitarle todo esfuerzo y de que rememorara los grandes momentos que habíamos vivido juntos. Ya no sentía nada cuando nos miraba. Ya no se emocionaba ante un poema de amor o ante un esclavo sufriendo. Ya no gritaba ante los poderosos ni se cantaba al sol de la mañana. Fijaba sus pupilas en nosotros como si fuéramos extraños, y a veces mascullaba frases que no entendíamos, salvo una que repetía cada día: <<siempre juntos>>. Pero nosotros no sabíamos a qué se refería.

Finalmente, una noche, sin que pudiéramos evitarlo, se levantó, se internó en el mar, y andando con pasos firmes y pausados, se sumergió en las aguas. Nos quedamos petrificados, sumidos en una profunda tristeza, incapaces de interponernos entre él y su destino. Cuando el hechizo se desvaneció, lo buscamos por todas partes, como hombres desesperados; buceamos, nadamos, llamamos a pescadores y marineros… pero no lo encontramos.

Un árbol grande y fuerte creció años después en el mismo punto de la playa donde él había desaparecido. A mí me pareció una señal, y aún me lo parece. No sé si volverá algún día o si es el árbol y vive en su savia y en sus hojas. No sé si nos espera en las estrellas o hay un mundo espiritual donde nuestro maestro aun canta al sol naciente y pasea por los campos. Pero el árbol perdura.

He meditado mucho en el final y en el proceso que le condujo hasta él.

Y creo que, después de tantos años, he descubierto que <<siempre juntos>> no se refería a nosotros, sus discípulos, sino a él.

A él… y a ella.

Porque fue cuando ella lo abandonó, cansada de vagar tras él por los caminos de la tierra, deseando establecerse y tener a su lado a alguien “más normal”, cuando él comenzó a declinar. Al principio no nos dimos cuenta. Pero ahora lo he comprendido. Ella quería a un hombre “normal”, un hombre “de su pueblo”. Pero mi maestro era todo menos normal: era un hombre que provocaba la catarsis del alma y movía a la revolución interior; después de conocerlo, no se podía seguir siendo la misma persona. Él te obligaba a tomar partido radical: o cambiabas o lo abandonabas. Y nunca sabías adónde te llevaría el cambio. Solo sabías que iniciabas un viaje interior que removería todo tu ser. Y en efecto, su viaje nunca terminaba, rodeado siempre de todo tipo de personas que vagaban tras él.

Ella, la mujer más hermosa que jamás haya visto, lo había mirado con aquellos ojos tristes y al mismo tiempo sembrados de confusión, y le había hablado como jamás nadie lo había hecho. Y había rechazado su amor diciéndole que él no lo entendería, pero que ella no podía amarlo como él soñaba. Él no mostró dolor en aquel momento, sino que rio y bailó entre cabriolas y algarada. Mas por la noche, cuando creyó que todo el mundo dormía, se separó de nosotros, subió a una montaña cercana y lloró hasta la salida del sol.

Yo lo sé, porque estaba allí. Lo había seguido sin que él me notara, o quizás sí me notó, pero le dio igual. Cuando el astro rey asomó por el horizonte, mi maestro se dio vuelta, vino hacia mí, y me abrazó como un niño que necesitara protección. No nos dijimos nada. No hacía falta.

Ahora lo entiendo: el poeta loco murió realmente aquel día, llorando en mis brazos, muchos años antes de desaparecer en las aguas negras del océano.

A veces, cuando siento que ya no quiero seguir viviendo, me acerco hasta aquella playa, y me abrazo al árbol, que continúa allí, increíblemente vivo y joven, a pesar del agua salada; y dejo que el agua bañe mis pies con su espuma, y me entierre poco a poco en la arena, hasta que plantado como un pequeño retoño, el atardecer o el amanecer me encuentran, sin decir nada. Mi maestro está conmigo. Mudo, pero presente, mientras yo lo abrazo, como un niño que necesitara protección. Y en esos minutos entiendo todo, el misterio de la vida y de la muerte, del amor y de la soledad, del corazón y del universo.

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