Don Nadie el Deseado (XII)

Seguimos con la historia de Paco. Capítulo XII de esta novela gratuita por entregas. Espero que os guste.

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Si quieres leer el capítulo anterior de esta novela por entregas, pincha en este enlace:

https://somniablog.com/2020/04/10/don-nadie-el-deseado-xi/

El silencio es siempre elocuente y la distancia, voluntaria (P. L.)


CAPÍTULO XII

<<Pero el mar es voluble, y no solo da alimento. También regala cansancio, sufrimiento y enfermedad. Un par de meses después de empezar a trabajar con el viejo, Paco cayó enfermo. El pescador supo enseguida de qué se trataba, pero erró al creer que la fortaleza del joven le ayudaría a sanar con prontitud. No solo no fue así, durante todo el tiempo que continuaron faenando en los largos días de pesca, sino que empeoró paulatinamente, hasta llegar la mañana en que la fiebre fue tan elevada que el pobre Paco no pudo levantarse del lecho.

Alarmado por la tardanza de éste, el anciano se acercó a su cama, que ya no era desde hacía un corto tiempo el sofá del salón, sino un húmedo catre colocado en una salita baja usada con anterioridad sucesivamente de trastero, biblioteca y estudio. Al verlo comprendió que aquella mañana no habría jornal, y que el joven estaba peor de lo que él había sospechado. “El oficio comienza a entrarle en la carne”, pensó Tomás, entre preocupado y alegre. Estimaba que aquel hombre, hasta hacía tan poco absolutamente desconocido, se había tornado para él en algo más que un huésped, y veía su enfermedad, provocada por el continuo contacto con el agua, el frío y el viento, como una señal, un comienzo, un bautizo, una adopción que lo introducía en su familia y en sus vidas de forma definitiva.

– Si sale de esta, mi herencia será para él. Se convertirá en mi nuevo hijo, y entonces le corresponderá mi casa, mi oficio y el piélago entero -pensó, los ojos extrañamente mojados–Pero tenemos que hacer que salga de esta…

Paco estaba dormido. La fiebre le había hecho desmayarse, y el viejo supo entonces que debía olvidar la faena y permanecer allí. Tomó una silla casi desvencijada, y se sentó a esperar. “Estos males sólo salen con el calor y el sueño”, sentenció para sí mismo. Había tapado a Paco con una gruesa manta que guardaba bajo la cama, y había colocado muy cerca de su cabeza un trapo con que secar el sudor de su frente de vez en cuando. Esperó y esperó, solo ante la faz contraída de su nuevo “ahijado”, pero incluso él acabó por dormirse…

Compréndalo el lector: el anciano duerme poco, pero cuando lo hace, lo hace inesperadamente.

Así los hallaron las tres mujeres.

Fue Helena quien los vio primero. No gritó ni se extrañó, pues la mente de una chica soñadora es capaz de asumir lo milagroso como si fuese ordinario, y de descubrir retazos de maravilla en las circunstancias más corrientes, sin sobresaltarse por ellos. Sonrió dulcemente, creyendo quizá que los dos hombres habían mantenido la noche anterior alguna de sus acostumbradas largas charlas, hasta altas horas de la madrugada, y que se habían dormido; Paco ya metido en su cama, el abuelo sentado en una silla. Alegre, fue a contárselo a su madre, cual se cuentan las anécdotas más pueriles, con ese humor inocente que tanto hace reír a los niños.

Pero Juana, su madre, ya tenía experiencia suficiente para sorprenderse de tal modo de actuar. ¡El abuelo dormido en la silla, y Paco metido en su cama! No, a buen seguro que el abuelo no se dormiría en la silla como si tal cosa. Asustada, llegóse hasta la pequeña puerta. No será necesario describir su reacción al comprobar el auténtico estado de las cosas. A decir verdad, era incomprensible que Helena no hubiera percibido el preocupante rictus del enfermo rostro de Paco.

– Este chico no está bien –dijo en voz alta, como si estuviese explicando a su hija su propia preocupación-. Y el abuelo no ha dormido aquí esta noche. Yo misma lo vi meterse en su habitación ayer.

Tocó la frente de Paco y se llevó un buen susto.

– ¡Dios mío! ¡Qué temperatura! –murmuró-. Vete y llama al médico, porque Paco está muy mal. Debe de tener mucha fiebre. ¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Despierte! ¿Qué hace aquí sentado durmiendo?

Al sentir el bullicio creciente de Juana, también la hija mayor entró. La escena le pareció una broma.

– ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? ¿Me he perdido algo?

Se había perdido el silencio, y también la luz, que entraba al amanecer por las rendijas que la pesada persiana dejaba abiertas aunque estaba bajada. Pero sobre todo se había perdido todo el tiempo que aquellos seres habían compartido. A decir verdad, ninguna de las tres mujeres sabía nada de ello.

– ¡Despierta, abuelo! ¡Despierta, papá! –seguía diciendo Juana.

El abuelo despertó por fin. Tenía el sueño profundo, pero no estaba enfermo.

– ¿Qué?

– ¿Qué haces aquí dormido, papá? –preguntó la hija.

– Me he quedado traspuesto, nada más –respondió el viejo, despertando-. Estaba aquí acompañando a Paco. Míralo: anoche tenía algo de fiebre.

– Más que algo, me parece a mí –le corrigió Juana, tocando de nuevo la frente del enfermo.

Pronto las tres mujeres estuvieron asustadas. El ceño se les contrajo, los ojos se les entornaron, los labios se les tornaron lívidos y hasta las bocas adquirieron de pronto un contagio misterioso de la enfermedad. Esto no es más que la primera manifestación de la sorpresa. Después viene la taquicardia, acompañada de vaivenes, y el charloteo raudo y nervioso en el que se oye demasiadas veces la frase: “Algo se podrá hacer”. Por desgracia, cuando la situación llega a ser verdaderamente angustiosa, cuando ya no se puede hacer nada, sobreviene la tercera fase: la obnubilación. Es la zona más cercana a la muerte que un ser vivo puede transitar sin despedazarse por dentro y por fuera. Por un doloroso misterio del alma humana, los pasos se detienen, la boca se calla, y los ojos se cierran; y si no se cierran, miran a alguna parte intensamente sin ver nada. Entonces sólo resta llorar. O rezar, que viene a ser lo mismo, pues las lágrimas vertidas por amor van acumulándose en el abismo y poco a poco suben todas juntas hasta el infinito, sumando un incontable e incontenible argumento de misericordia que se pronuncia por lenguas ignotas a los pies de Dios.

No era éste el caso, por suerte. Paco no había de morir. Sólo padecía una fuerte gripe que por efecto de la humedad, el frío y el trabajo se había agravado más de lo recomendable.

Eso sí, pasaría todavía un par de semanas en cama. Era, pues, el momento oportuno para intentar abordar propósitos más firmes. Y aquellas tres mentes femeninas lo percibieron al instante: hasta entonces el juego de la seducción no había pasado de las presentaciones y las ensoñaciones; ahora llegaría el momento del coqueteo y del enfrentamiento. Furtivo aquél, espantoso éste…

– ¡Salid todos! –ordenó la madre-. Tú también, papá. Es conveniente que dejemos a Paco descansar –dijo, mientras atendía al enfermo secándole el sudor de la frente-. Vendrá el médico, y seguro que pronto estará bien de nuevo.

Cuando salieron de la alcoba, donde un pesado olor agobiaba el espíritu, sintieron, sin decirse nada, que aquel desconocido se había convertido en alguien importante para ellos.>>


Si quieres saber más sobre mis obras, te invito a que veas y escuches con atención este vídeo de Youtube sobre mi novela Canción Eterna:

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