¿Invertir en libros?

El mundo editorial está hoy de capa caída. Demasiadas cancelaciones, demasiadas suspensiones de eventos culturales, y demasiados libros pospuestos, demasiadas librerías cerradas… Es un mal momento para montar una editorial, un mal momento para instalar una librería, un mal momento para abrir una biblioteca. Pero yo me pregunto: ¿hay un buen momento?

La verdad es que no. El mundo de los libros está hoy amenazado de muerte, y se pueden considerar héroes los que hoy, honestamente, tratan de levantar un negocio dentro de él, con algunas excepciones, que vienen a asimilarse a las que se ven en otros sectores, pues en general la acumulación de grandes capitales y la creación de empresas mastodónticas que puedan asumir ciertas pérdidas en áreas de negocio concretas, como los libros, puede sostener dichas áreas, al compensarse las pérdidas con las ganancias de las otras áreas, y sirviendo, por supuesto, el tema editorial como una pantalla o ventana de prestigio de cara al público y a la sociedad en general. La cual todavía considera el oficio de escritor y, por ende, el oficio de editor, como una profesión culta y respetable, aunque cada vez menos.

Y de esto tienen (tenemos) culpa los que están implicados en el mundo de los libros. ¿Por dónde empezamos? Los males que aquejan este universo (otrora representante de lo más granado de la intelectualidad de la sociedad y revestido de una “auctoritas” indudable) son tan numerosos, que resultaría tedioso e impropio dedicar un artículo solo a esta cuestión. Por citar algunos de modo esquemático, notaremos, por ejemplo, la vulgarización del nivel medio de las novelas y poemarios publicados, la extensión de las posibilidades de publicar un libro a muchas personas que no tienen la preparación ni el talento mínimo para aportar algo valioso a la cultura, la conversión de algunas editoriales en simples “máquinas de publicar”, sin filtro alguno ni preocupación efectiva por el éxito de sus publicaciones, ya que lo que hacen es pedir dinero a los autores para costear los gastos de producción y ello, lógicamente, deviene en que se desinteresen por la promoción y venta de los libros, ya que ellas ya han obtenido el rédito que buscaban. Lo anterior, sumado al crecimiento de las redes sociales, de las plataformas de vídeo, de los portales de cine y series, como formas de entretenimiento fácil y barato (y adictivas), está suponiendo un durísimo revés para los libros (que también son, o son en primer lugar en las sociedades ricas, una forma de entretenimiento).

Sin embargo, también hay muchas cosas positivas en el momento que vivimos; o, por decirlo de otra forma, posibilidades. Porque toda cruz tiene su cara, esto es obvio. Lo primero, porque toda crisis comporta una depuración, una limpieza, una descarga de todo ese cupo casi infinito de obras vulgares que se publicaban cada día bajo el amparo del dinero de los propios autores, pues faltándole a estos, si se ven afectado por la crisis económica, no podrán gastárselo en costear la edición de libros que, otra forma, jamás verían la luz. Lo segundo, porque esta criba también implicará a todas esas editoriales vampiro, que vivían más de los autores que de los lectores, en una inversión viperina y contra natura del orden de las cosas (como sucedería si una empresa que vendiera, por ejemplo, ropa viviera o malviviera de lo que pagaran sus empleados por trabajar en ella); y desaparecerán, dejando el panorama editorial expedito y limpio para las editoriales que quieren de verdad apostar por autores de calidad y literatura auténtica. Tercero, porque descenderá, al menos proporcionalmente, la curva de producción de obras literarias, totalmente desbocada, sin que ese crecimiento se corresponda con una demanda real, pues es una oferta inflada, una verdadera burbuja.

La cosa es sencilla: casi un 40% de los españoles no lee nunca o casi nunca. De los que leen, el 80% reconoció leer libros digitales piratas (sin pagar). En España se editaron 62.180 títulos en 2018, un 3,3% más que el año anterior. Aunque todos esos libros se hubieran editado en soporte digital (cosa que no es cierta, pero lo suponemos para este ejemplo), unos 50000 se habrían leído sin pagar un solo euro. Un desastre, una ruina absoluta. Cabe la pena preguntarse si se leerían todos esos libros si el lector tuviera que pagar por ellos, bajo cualquier circunstancia. Es muy probable que, en ese caso, el número de lectores fuera aún menor. Pero teniendo en cuenta dicha tara, para que lo entendamos, es como si en España se produjeran en un año 1.000.000 casas, y todas estas, 800.000 fueran ocupadas ilegalmente. ¡Pues esto está pasando con los libros! ¿Os imagináis lo que significa para el sector editorial este nivel de piratería? En términos económicos, es la ruina absoluta. Y en términos literarios, supone que, no siendo rentable ya editar, el autor debe poner su dinero personal para lograr una edición vulgar y una promoción nula, de libros que seguramente no venderán más que unos pocos ejemplares, con la consiguiente saturación del mercado y la rebaja sustancial y continuada de calidad en el producto. Esto devalúa los libros tanto que ya nadie quiere pagar por ellos. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Aun así, creo que este momento de grave crisis es el momento ideal para invertir en un sector que está hundido. Hay motivos todavía para pensar que es posible crear una editorial tradicional y apostar por autores que valgan la pena. Pero tiene que primar, por encima de todo, la calidad literaria, enfocada al público que verdaderamente compra libros, y no solamente los lee en formato digital. Pero el libro tiene que aportar algo diferente a lo que aportaba tradicionalmente. Tiene que dar mucho más. No sé el qué, pero tiene que hacerlo. Quien sea capaz de descubrir el secreto, se llevará la palma del negocio editorial.

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