LA CELESTINA O EL AMOR Y LA MUERTE

LA CELESTINA O EL AMOR Y LA MUERTE

El lector común se aproxima normalmente a La Celestina portando una de estas dos actitudes: recelo o curiosidad. Aquél se debe sin duda a la considerable carga lasciva que va incluida en algunos de sus pasajes, y a su tinte canallesco, que no deja de interpelar la sensibilidad estética de quienes tienen el alma susceptible. La curiosidad, en cambio, es patrimonio de quienes buscan en este libro aquello que tanto temen otros.

Pero La Celestina quedaría muy mal valorada si cualquiera de estas dos disposiciones fuera la correcta. La Celestina, por suerte para la literatura, por suerte para España, y por suerte para la humanidad culta, es mucho más. Pero, ¿qué es? ¿Es una comedia, una tragedia o las dos cosas? Una sola cosa está clara: sea lo que sea, la obra de Rojas debe su trascendencia al vigor con que los personajes viven pasiones incontenibles, llevadas al extremo de un desenlace trágico.

Permitásenos aquí, entrando en el comentario de la obra, un cambio de estilo.

Pues, como habrá de advertir quienquiera que descienda por el estrecho y arduo sendero de la atenta lectura, tanto más deleitosa al fin cuanto mayor y más inmoderado el esfuerzo que le suponga, ¡qué difícil sería enfrascarse en esta memorable obra, extraer de ella los múltiples elementos destacables, y ponerlos todos por orden, de modo que ninguno quedase fuera y todos fueran tratados como merecen, pues no habría en él conocimientos ni en su tiempo espacio para tanto esfuerzo y tan alto objetivo! A lo sumo, habrá de conformarme con imitar tontamente, cual hacen los niños al ver obrar a sus mayores, las formas y estilos de esta novela, y referir a vuela pluma lo que con más fuerza a su espíritu arribare, después de releer sus líneas, meditar sus dichos, reír sus gracias y deplorar los efectos y fines de sus personajes.

Una ventaja tenemos: que hemos visto los mismos campos, que hemos comido y bebido las mismas tradiciones, que hemos recorrido los mismos trechos, que hemos gozado y visto los mismos soles que el autor de La Celestina. Aunque no vecinos ni nacidos en La Puebla, de ser cierto que de allí era natural este genio, al menos sí visitadores y conocedores de esta vieja villa somos. Hasta conocemos a quien en ella dio sus primeros pasos y (quizá, como Calisto) sus primeros suspiros de amor. Si bien esperamos que no tanto ni en tal manera como Calisto, puesto que éste, en el fondo, no es sino la parodia del amante cortés, y de todo el género de obras literarias que tras él se esconden y del cual él deriva. Hastiado de ellas o engañado de sus promesas había de estar don Fernando, el pueblano, el bachiller que a la temprana edad de veintitantos demostró al mundo que la poca edad no está reñida con la mucha fortuna. Después de él, el género cortesano entró en agonía.

No se nos tenga en cuenta hablar de lo que no sabemos ni como no sabemos. Véase en este intento (ya que no otra cosa es este precario escrito) la penetración real de tantas dimensiones como aquel libro tiene: la dulzura y paladeo de su estilo, la variedad de sus imágenes, la fuerza y atracción de su discurrir, la enseñanza negativa de sus ejemplos, la comicidad de sus requiebros y lances, la descripción de las oscuridades de su tiempo, unas veces clara y diáfana, como sucede con las prácticas de brujería, y otras sutil e irónica, como es el caso de la corrupción del clero. Véase la vida del vulgo, con todas sus pasiones mortales, desarrollarse ante nuestros ojos bajo el aspecto de la vieja, del criado, del señor y la doncella. Véase toda la picaresca que se muestra ante nuestros ojos en el comportamiento de los mozos, de las putas, de la alcahueta, de los frailes, de los espadachines… Véase cómo nos vuelve a la mirada y al recuerdo aquella riña de mundos que “El Quijote”, en pasadas lecturas, nos hizo comprobar e imaginarnos: esa pelea terrible que los hombres del mundo medieval que agonizaba emprendían contra los nuevos tiempos, esa risa sarcástica que se mofa de quienes continuaban pugnando, desde las posiciones de sus sueños fantásticos de gloria eterna o de idílicos amores, contra el airado realismo de la pobreza, de la malicia, de la astucia y de la lujuria en torno. Véase, en fin, que Rojas era pesimista[1], en la vida y el amor, tanto como aquel Pleberio que contra el amor parlamenta, identificándolo con la muerte para quien conoce los clásicos; esa “dulce ponzoña”, esa “blanda muerte”, que es también en palabras de Celestina, tan añorado y, sin embargo, tan insensato, cuando se va tras sus ardores con más voluntad que tras la honra.

Y véase que esto no es más que literatura. Mucho más lejana en arte que en tiempo a la que tratamos de describir. Tan grande aquélla, que ni la Inquisición se atrevió a arrumbarla. Tan indigna ésta, que ya ha tomado demasiado de tu valioso tiempo, querido lector.


[1] Se ha dicho que La Celestina pertenece a un género característicamente medieval, llamado comedia humanística, creado por Petrarca en el siglo XIV, totalmente escrito en forma dialogada y destinado a la lectura. Algún estudioso ha defendido, sin embargo, que esta es la primera novela moderna, adelantándose a El Quijote. Fuera lo que fuese, desde nuestro corto entender una sola cosa está clara: las citas de Petrarca no hacen de ésta una obra marcadamente humanística, precisamente por el pesimismo vital de ciertos personajes claves; Pleberio en especial. Muy lejos está esa actitud de la que animó al mismo Petrarca y a tantos otros hombres que llevaron en sus carnes la pasión renovadora del Humanismo (Ficino, Pico della Mirandolla, Valla, Bruni…) . Ese optimismo y esa explosión de esperanzas, ese gusto por el hombre, esa delectación en las “cosas temporales”, ese reverdecer de la rebeldía frente a la fortuna, sin embargo, aparece a veces en los pensamientos de Celestina. No es de extrañar, puesto que la grandeza de esta obra radica, posiblemente, en la magnitud de este personaje, de hondas raíces medievales, pero de una potencia que lo convierte en uno de los grandes personajes de la literatura mundial.

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