LA BRIDA DEL CID

Anuncios

“El caballo que el Cid monta por nombre Babieca llaman.

Pruébalo en una carrera                que a ninguna otra se iguala.

Así que él hubo corrido,             todos se maravillaban.

Desde aquel día Babieca               fue famoso en toda España”.

Así cantaba el autor del Poema del Mío Cid la gloria que rodeaba a Rodrigo Díaz de Vivar, tan grande y conocida que hasta su caballo la gozaba. Sus vasallos y leales, sus hijas, su mujer, sus dueñas, hasta sus clérigos, los que con él peregrinaban y luchaban en aquella España dura y solitaria, ganaban a su lado crédito, renombre y riquezas.

¿Qué tenía el Cid que esto lograba?

La respuesta tienen que ofrecerla otros.

Nosotros, por nuestra parte, nos conformamos con menos. No sabemos qué tenía, ni sabemos si era cierto. No sabemos de dónde salió aquel hombre, ni si realizó de verdad tales hechos como se nos narran en el poema. Sospechamos que hay en él mucho de poético y poco de histórico. Pero no nos importa. Porque lo que en realidad nos llega, lo que nos toca la sensibilidad y nos afecta, no es tanto la verosimilitud de las hazañas del Cid, sino el aura y el regusto a grandeza que nos dejan. Dicho tomando prestadas ideas de otro grande de la historia de España (quizá tan real y tan desconocido como el propio Cid), el filósofo (¡qué terrible palabra!) Ortega, la grandeza de España se construyó con la gloria de los hombres que vivieron y lucharon por Castilla, y éstos hicieron vivo el ideal de una nación, un pueblo unido para realizar memorables empresas. Lo que estaba disperso se unió para plantar una huella imborrable en el decurso de la historia.

Pero no haremos épica de lo que posiblemente no tiene vuelta atrás. Pasaron los años de España, triste evocación de la grandeza perdida nos queda ahora. Han pasado los años, se han agotado las riquezas, se han perdido las fuerzas, hemos rehuido la batalla (no como el Cid, dichoso él, que veía venir los ejércitos enemigos y se felicitaba, creyendo que no era otra cosa que la gran oportunidad de mayor grandeza), hemos perdido los ideales, hemos enterrado el valor, se ha esfumado el buen olor de nuestros actos, se han gastado las reservas de nuestro pasado… Y como corolario, como inevitable consecuencia, sólo nos resta pasar… y volver a enfrentarnos a nosotros mismos. Un cuerpo cancerígeno, un órgano infectado repleto de pus, un recipiente que contiene su propia muerte: eso somos. La división de la España que conoció la fama de Babieca es nuestra herencia: la que hemos recibido y la que dejaremos a nuestros hijos. Ni Rey, ni patria, ni Dios… ya no queda nada, ni siquiera paz.

El Poema del Mío Cid fue escrito por hombres que valoraban el valor. Esto no es un simple juego de palabras, por supuesto. Y fue escrito para hombres que valoraban el valor. Cuando una sociedad está hambrienta de grandezas, de perfecciones, de empresas nobles; cuando está convencida de poder ser más y mejor, el valor y el honor se convierten casi siempre en los valores que vertebran la opinión pública, la creación cultural y las relaciones humanas. Quizá aquella España del Cid era más cruel, más inhóspita, más salvaje, como el Cid mismo; pero también era más respetable, más fuerte, más joven, más idealista, como el Cid. Un hombre que es despreciado, humillado y expulsado de su tierra, y parte con unos pocos hombres dispuesto a ganar con su esfuerzo y su espada el reconocimiento de su valía, y el retorno a casa, y que a pesar de todo no se engríe, no se venga, y vuelve a humillarse, a reconocer como señor al mismo que lo despreció, ¿qué nombre recibiría hoy? No lo sé. Lo único que sé es que entonces sus enemigos lo llamaron “Sidi”, es decir, señor; y los amigos, Campeador. En ambos casos está claro lo que decían: que era algo más que un guerrero, que era un héroe.

Un héroe de España, cantado por un poeta brillante, en un poema grandioso. Grandioso y realista, evitando las intervenciones mágicas, las exageraciones inútiles; grandioso y al mismo tiempo minimalista, detallado, casi intimista. Un poema hermoso y luminoso, hasta para un musulmán…

Un poema hecho a la imagen de un pueblo. Un poema hecho para un pueblo. Quizá era un pueblo ignorante, pero eso no le restaba nada de valía. Un pueblo vale lo que valen sus virtudes, no sus conocimientos. Un pueblo vale lo que valen sus afanes, ésos que dieron vida a una España sometida y rota, hasta hacerla dueña de medio mundo. Lo que pasó desde entonces es harina de otro costal…

¿Puede la literatura llegar a iluminar la vida? Por supuesto, ya que es hija de esa misma vida; en el caso de este Poema, es algo más: reflejo y recreación, historia y búsqueda. El Cid ha quedado en la memoria de nuestro pueblo no sólo como el símbolo de una época, sino también como el arquetipo de una figura social: el caballero cristiano. Y contribuyó no poco a que los pueblos de la Península se identificaran con la Cruzada de la Reconquista. De esa Reconquista surgió España, su idea, sus sentimientos.

Hoy España ha cambiado de identidad, casi de la misma manera en que cambian de sexo ésos o ésas que dicen tenerlo torcido, invertido (hace años esta palabra servía para nombras otras realidades menos positivas…). Y lo único que nos queda es la memoria, como siempre. Y no es extraño, porque la poesía es la memoria de los pueblos. Siempre lo ha sido. Especialmente cuando faltan héroes o poetas que los encomien.

Por mi parte, este comentario no puede terminar de otro modo que no sea loando al Cid, y lamentándome por que nos falta.

Cid Ruy Díaz, buen Rodrigo,

el de la barba florida,

¿qué hemos hecho de esta España

por la que tu tensa brida

a aquella leal compaña

condujo y guió, amigo?

¡Con qué pena la verías

ahora si abandonaras

de la memoria el abrigo,

y aunque fuera por dos días

de tu sueño despertaras!

¿Qué pensaría el Minaya

si despertara contigo?

¡Qué gran dolor le inundara

al verla rota y herida,

y aquella famosa brida

ofendida y desdeñada!

Buenos días, buenas tardes y buenas noches

Anuncios

Esto es lo que soy. Tal como soy.

Aquí paso la mayor parte de mi tiempo de actividad, así que aquí os recibo y está bien que lo conozcáis. Mi oficina. Mi calvario. Mi casa, después de tantos años. Con mi taza de café. Con mi camisa ya cansada, como yo, a estas horas de la tarde. Y con mi sonrisa, un tanto gastada.

A veces creo que todos mis esfuerzos no servirán para nada. Pero luego me doy cuenta de que, si no lucho, no seré yo; de modo que, solo por terco, sigo adelante. Tomo otra taza de café y trato de avanzar, aunque sea despacio, muy despacio.

¡Hay gente que tiene tan fácil conseguir cosas que a mí cuestan la vida! No tengo envidia, creedme, porque les deseo lo mejor y me alegro. Pero me desespera un poco comprobar que gusta tan poco lo que hago. Entonces me digo que seguramente yo estoy haciendo mal algunas cosas, pero también es cierto que, en general, la literatura en internet suscita menos interés que otros asuntos. Si en la red solo se pudiera hablar de libros, dejaría de existir. Es lo que hay.

Bueno, no pasa nada. Brindo por vosotros. Por lo que estáis aquí conmigo. Brindo porque seguís a mi lado en una tarde de lunes (aunque probablemente leáis esto en otro momento y en otro día). ¡Sois unos valientes! Pero yo también lo soy. Este mes de septiembre me planteé crecer como bloguero, atraer más visitas, escribir todos los días, esforzarme de verdad por dedicar tiempo a mi blog, a la literatura y a todos vosotros, que me leéis, si no todos los días, al menos sí de vez en cuando. Y de verdad que lo he logrado, con un trabajo increíble, agotador, escribiendo todos los días, a veces a horas intempestivas, luchando para ganar una hora en que ofreceros lo que os merecéis, literatura de la buena, contenido de calidad. Y tengo que reconocer que habéis respondido. ¡Es increíble ver cómo hay gente que está interesada en mi escritura! Gente que no conozco, gente que está lejos, en muchos casos, en otros países, maravillosos lugares como EEUU, China, México, Perú, Argentina, y muchos más. ¡Qué pasada!

Y, sin embargo, aún quiero más. Quiero estar más cerca de vosotros, mis lectores, y quiero que seamos más en esta comunidad de letras. «¡I want more, much more!», parafraseando a Sinatra. Os espero aquí cada día. Os invito a acompañarme. Os hago un hueco en mi tiempo.

Lectores de todo el mundo, ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches! Que seáis felices y leáis buenos libros.

Breve epicedio propio

Anuncios

Estoy escribiendo una bella historia. Me siento parte de esta inmensa historia de la belleza que es la literatura, de esta interminable corriente de los tiempos que trasportó también a Virgilio, a Dante, a Cervantes, a Shakespeare, a Quevedo, a Pico, a Petrarca, a Salustio, a Lope, a Garcilaso, a Tolstoi… Me siento parte del mundo y del universo. Y este sentimiento me llena de satisfacción y de paz.

Moriré, como todos los hombres, pero habré vivido. Moriré, pero habré luchado. Moriré, pero algo de mí permanecerá en el tiempo, hasta que éste también decline, siquiera como diminuta partícula del todo, insignificante y al mismo tiempo necesaria.

Noticias que vienen

Anuncios

Hola, amigos.

Os adelanto entradas que aparecerán en el blog en los próximos días:

  • Hablaremos del maravilloso blog «El hombre que le susurra a los sentimientos», del gran poeta Pippo Bunorrotri.
  • Y también hablaremos de la increíble novela «Los buenos terroristas», de Damián Patón.

Por supuesto, os dejaré enlaces para que podáis conocerlos mucho mejor.

Con estas entradas regresaremos por fin a esa sección, un tanto abandonada, de reseñas y menciones de otros autores. Espero que os gusten. ¡Estad muy atentos!

Gracias a todos

Anuncios
Jaime Arias

Hoy quiero dedicaros un pequeño espacio en este blog a todos vosotros, los que lo visitáis. Y quiero deciros algo: ¡GRACIAS!

Mi único objetivo es ofreceros cada día una publicación que os guste, que os motive a leer, que os interpele y capte vuestra atención, y lograr, aunque sea por una milésima de segundo, haceros mis aliados e introduciros en mi propio mundo de fantasía, literatura, sentimientos, sueños, vivencias, esperanzas y temores. En definitiva, ser para vosotros un escritor, un artista de las palabras. Creo en el valor sanador y constructor del arte, y en que cada obra de arte hecha con amor y dedicación es un bien no solo personal o material, sino también moral y, por supuesto, social.

Nadie me garantiza que me vaya a leer ni una sola persona del mundo. En realidad, es muy pobre mi intento y muy poco interesante mi propuesta, porque hay muchos escritores mejores que yo (y muchos que se saben vender mejor que yo). Ya sabemos cómo funcionan hoy las redes sociales, por desgracia: tiran más dos tetas que dos carretas, y puede más la imagen que la palabra. Pero vosotros seguís ahí, contra toda influencia y contra toda tendencia, y unos más y otros menos, pero volvéis a este blog y le dedicáis un minuto de vuestra vida, solo para hacer una cosa: leer literatura.

Mi literatura. Porque aquí no hay «clickbait» ni historias de esas. Mi blog está dedicado a mi propia literatura, a mis propias creaciones. No me sirvo de las creaciones de los demás, ni me dedico a copiar frases de otros, ni a transcribir textos de otros, ni me valgo del nombre de otros autores mejores y más famosos. Solo literatura sencilla, personal y creativa, con mi sello, con mi estilo, puede que peor que el de otros, pero mío al fin y al cabo. Porque también creo en el valor de ser uno mismo y tener una voz y un timbre propios.

Y vosotros seguís ahí, cada día.

Esto es más de lo que, seguramente, merezco. ¡GRACIAS!

Además, venís desde todo el mundo. ¡Es increíble cómo internet nos une aunque vivamos un países alejados y totalmente diferentes! España, por supuesto, pero también Estados Unidos, China, Colombia, México, Perú, Argentina, Países Bajos, Alemania y Venezuela. ¡Tres continentes! Me parece impresionante, y estoy abrumado, os lo aseguro. Me encantaría conocer el nombre de todos vosotros, veros las caras, saber lo que leéis y por qué leéis; y hasta si escribís o soñáis con hacerlo. Es mágico que personas alejadas miles de kilómetros de mí, que nunca me han visto cara a cara, me encuentren en este proceloso y oscuro océano de internet y entren a mi pequeño rincón.

Por favor, cuando salgáis, dejadme un saludo, y no cerréis la puerta. ¡Que entre todo el que quiera!

A continuación os dejo una captura de la función estadística de mi blog, para que veáis esos países desde lo que he tenido visitas este mes:

¡GRACIAS DE CORAZÓN A TODOS! ¡THANK YOU! ¡DANKE! 謝謝!

Por favor, compartid, para que otras personas de otros países lleguen a esta comunidad literaria y seamos cada día más amigos.

NO EXISTEN LAS PRINCESAS (pellizco)

Anuncios

«Cogí el taxi que había pedido en recepción. Solo tuve que indicarle el nombre del bar. Llegamos en menos tiempo de lo que preveía. A pesar de lo temprano que era, estaba abierto y se veían pocos sitios libres. Consulté mi reloj. Aún faltaban quince minutos para la hora acordada. Pedí un café con leche y unas porras. No pude resistirme al aspecto aceitoso y moreno que presentaban. Mientras esperaba que el camarero me llevara a la mesa el desayuno, pensaba en Diana y en el motivo con que podría haberme citado allí, a aquellas horas, en medio de la noche; en la razón por la íbamos a compartir desayuno con tantos pescadores como se veían en el bar. Pues eso debían de ser, sin duda, a la vista de sus ropas. Casi todos vestían monos impermeables, gorros de lana o sombreros marineros. Llevaban botas de agua o simplemente de grandes suelas de goma y cuero o piel, adecuadas para superficies resbaladizas y de gran humedad. Algunos también portaban guantes de lana o de cuero, aunque eran los menos. Y uno o dos incluso tenían chaquetas con bordados o con los nombres de los barcos. Uno estaba metido a presión en un mono que le quedaba tan estrecho que le hacía parecer una salchicha; estaba manchado de grasa por todas partes, de modo que más bien recordaba a una salchicha quemada en la parrilla.

Varios hombres pedían a gritos sus desayunos, y la chica que atendía se afanaba por estar en todas partes. Se llamaba Ingrid. Reinaba en aquel caos con soltura y mano dura. Era un espectáculo desbordante y divertido contemplar a los grupos de pescadores exigir, requerir, vociferar, solicitar, y acabar agachando las orejas ante aquella personalidad desbordante que no olvidaba ningún pedido ni dejaba ningún chascarrillo por responder con gallardía. No muy alta, pero de talle cerrado, esbelta y ligera de movimientos, manifestaba una prestancia y seguridad que sólo la propietaria podría permitirse, de lo que deduje que aquella joven era una osada autónoma que se había hecho con aquel negocio, dispuesta a madrugar todos los días para sacar adelante a su familia. Y mis suposiciones se confirmaron cuando, entre chascarrillo y chascarrillo, le escuché decir a uno de los clientes algo así como “antes estaba peor limpiando mierda”. Sentí una repentina admiración por aquella naturaleza luchadora. De pronto me pareció que el mundo no estaba perdido del todo.»


NO EXISTEN LAS PRINCESAS es una novela de mi autoría publicada por Célebre Editorial en 2019, y podéis adquirirla en la web de la editorial o en Amazon. Os dejo a continuación un enlace AQUÍ con la página de novela donde podéis conseguirla.