Escena eliminada de Canción Eterna

Pienso en muchas cosas a la vez, miles de relámpagos sin nombre, que estimulan mi cansada imaginación y se entregan a una consunción iridiscente que no deja más que una huella efímera en mi pupila y se apaga para siempre sobre un fondo oscuro y aterrador.

Pienso en miles de cosas, pero todas ceden ante el recuerdo de lo que una vez fue. Porque, si las más terribles pesadillas me asaltan, solo tengo que hacer memoria del rostro de aquel que con sola presencia podía disipar cualquier miedo. En realidad, él era el miedo, pero no para quienes servían al bien, sino para quienes robaban, saqueaban, humillaban al pobre, dañaban, asaltaban y mataban.

Aún lo recuerdo allí plantado, solo, abandonado por todos, mientras nosotros huíamos, haciendo frente a todos los enemigos que se abatían sobre él, dándonos tiempo para ponernos a salvo, entregándose a la muerte para que nosotros pudiéramos vivir.

Con él llegó a su fin la edad dorada de este mundo, desaparecieron los verdaderos héroes y murió una época que ya era antigua cuando yo la conocí. Ahora la sombra se abate sobre nosotros. Ahora ya no queda esperanza alguna, salvo la que tienen los muertos del cementerio: esperanza fría, inerte y solitaria.

Sigamos adelante, mi mente quiere morir pero mi cuerpo se resiste. Intentemos llegar a un nuevo amanecer. Y quizás nos queden fuerzas para morir con dignidad, en lugar de vivir escondidos como hasta ahora.

Le hemos decepcionado. Le hemos fallado. Él murió para que lleváramos a término su obra. Pero hemos fracasado. Ya no somos nada ni podemos volver atrás. Perdimos el rumbo, creímos que podríamos; sin embargo, fuimos vencidos. Ahora todo ha terminado. ¡Matadme, pues mi mano es cobarde y mi corazón un pordiosero desertor! Matadme, y dejadme descansar aquí, en mitad de la nada, para que nadie recuerde mi infamia y mi debilidad.

Así meditaba Teobald, cubierto de lágrimas su rostros, mientras miraba a sus pobres compañeros, perdidos en la noche oscura, tumbados junto al fuego mortecino, sin saber adónde ir ni qué hacer, después de ser rechazados por Sorcim y expulsados de las tierras del Pequeño Reino, abandonado a su suerte. Así suplicaba en silencio una muerte que no llegaba.

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