«No me atrevo a contarlo

Pero lo voy a contar.

Ya me conocéis.

Además, tendréis que comprenderme, porque, ¿qué haríais vosotros si estuvierais con la mujer más increíble del mundo y no pudierais contarlo a nadie? Reventaríais, como yo. Y lo acabaríais contando donde fuera, en las redes sociales, en un confesionario o en un diario. Pues yo lo cuento aquí, en mi blog.

Veréis, esta mujer es increíble. Es chispeante, es sorprendente. Es… ¿cómo es diría? ¡Nunca he visto nada igual! Se me quedan las palabras impotentes y el corazón frustrado porque quiero hablar de ella con justicia, pero no encuentro la forma de elevarme hasta las alturas infinitas donde sitúo su belleza.

Tiene luz en la mirada, pero no esa luz que te deslumbra y te ciega, sino una luz al mismo tiempo clara y oscura. No nada en sus pupilas la oscuridad del mal o del miedo, sino del encuentro amoroso, de la seducción y la intimidad. Ojos negros, pestañas negras, tan largas como un salto al vacío, y esas mejillas doradas que acrecientan la fuerza de su mirada.

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Tiene la gracia del viento. Se mueve como una brisa que gira al compás de sus caprichos, en sinuosas veredas invisibles. Sus pies tocan el suelo como las nubes las cumbres más altas, con la delicadeza del rocío del otoño.

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Tiene el fulgor de los volcanes. No hay duda en sus ademanes, no hay miedo en sus palabras. Arrasa con cuanto se interpone ante ella. Prodiga besos en inenarrable pasión oculta, y su piel no te roza, se funde contigo, a la temperatura del magma de la tierra, del sol infatigable o de las explosiones que crean las estrellas.

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Tiene el don de la realidad. No es bella, sino la belleza misma. No es amorosa, sino el amor mismo. No es dulce, sino la dulzura misma. Cuanto en otras es apenas una cualidad secundaria, efímera y adquirida, en ella es esencia y existencia, puro ser íntegro con ella misma, inseparable, indivisible; su propia definición. Si alguien dijera de un árbol que es arbolado, ¿qué diríais, sino que es una soberana tontería, ya que lo arbolado es lo propio del árbol por definición? Pues de la misma forma ella no es hermosa, sino la hermosura misma; y no es amable, sino el amor mismo; y no es apasionada, sino la pasión misma.

Los poetas y bardos cantan a sus musas, pero ¡todos ellos son unos estúpidos y unos borrachos! Pues si la conocieran a ella, callarían para siempre sus insípidas canciones, enterrarían sus instrumentos y harían voto de silencio en medio de las montañas, ermitaños penitentes purgando el inmenso y horrendo pecado de haber cantado a las luciérnagas, teniendo al sol delante.

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No os sorprendáis, pues, amigos míos, de que aquí, ante todos vosotros, acerque mi impura boca a sus cándidos y bermejos labios, que exaltan en sus formas curvilíneas el diseño original del infinito, y plante sobre ellos un beso intenso, un beso sin temores ni vergüenzas, y me funda con su pálido cuerpo en un abrazo sin fin. ¡Por vosotros, amigos, y por ella, tan bella y tan estática!»

ESTO DIJO EL BORRACHO QUE SE HABÍA QUEDADO ENCERRADO EN LA FÁBRICA DE MANIQUÍES, MIENTRAS, RODEADO DE MUESTRAS SIN ETIQUETAR, DABA SU ACALORADO DISCURSO, BOTELLA EN MANO, ANTE UN AUDITORIO MUDO Y UNA AMADA PÁLIDA Y FRÍA.

LUEGO LA BESÓ.

Y SE DEJÓ CAER, ADORMECIDO POR EL VINO.

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Al día siguiente, los encargados de la vigilancia le dieron un par de patadas y llamaron a la policía, que se encargó de despertarlo del todo con una denuncia en toda regla.

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