Canciones del Poeta loco

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Mi maestro no se sujetaba a las reglas aceptadas de lo que nos hace “normales”: era imprevisible y majestuoso, era la vida pura manando del corazón del universo, chocando con muros inconmovibles y abriéndose paso a pesar de todo por caminos impensables.

Fueron incontables los momentos increíbles que pasé a su lado. Perdí la cuenta, ¿sabéis? Preguntaréis por qué. Pero tened consideración con este pobre hombre, y pensad que cuando se está siendo feliz (y yo lo era como nunca) no se piensa más que en vivir el momento; y que, andando el tiempo, quedan las sensaciones, muchas veces difusas, las caras, los instantes fugaces, la sonrisa, pero muchos de los recuerdos se pierden en la mezcla de días, noches, horas y vivencias.

No obstante, de muchos de ellos conservo registro escrito, pues era mi costumbre anotar con letra rauda y abreviada lo más destacado de cada experiencia, en cuanto tenía un rato de intimidad. Para ello usaba cuanto estaba a mi alcance: papel mal encerado, antiguos pergaminos, libros gastados, cuero, incluso ropa. Y aunque muchas de aquellas notas se perdieron, y otras resultaron imposibles de entender, tengo la fortuna de guardar en mi poder una gran cantidad que, con tres o cuatro líneas, me traen a la memoria, como relámpagos capaces de iluminar un valle en tinieblas, una escena, un paisaje, una conversación, una mirada… una canción.

Quien no lo conoció no puede entender la grandeza de lo que vivimos junto a él. Quien no lo vio desconoce lo extraordinario. Quien no lo contempló debería pasar la vida lamentando no haber podido ser testigo de la más grande aparición que vieron las edades pasadas, y que posiblemente verán las futuras. Pero no pido a los demás que compartan el amor que yo tuve por mi maestro. Ni suplico que asientan ante mis confesiones apasionadas. No estoy aquí para eso, sino para traeros un trozo, un pellizco apenas, de su increíble inspiración.

Cierto día, nos hallábamos todos los jumentos del Poeta loco junto a él, en torno a una pequeña hoguera nocturna, en un claro en la ladera, y a lo lejos, muy lejos, se veían las luces mortecinas de las pocas casas de una aldea remota, aislados del mundo, tumbados tras haber cenado verduras asadas y haber brindado con “cuod”, una extraña bebida alcohólica que los vecinos de aquellos lares preparaban con cebada, que apenas subía a la mente, pero que era muy agradable al bienestar del cuerpo, a pesar de su amargura, y nadie decía nada. El aire estaba limpio; el viento, en calma. Las estrellas brillaban con una nitidez increíble. De vez en cuando, una centella cruzaba el firmamento. El verano era joven.

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Entonces él se puso a cantar. Así, de pronto, sin decir nada. Al principio, solo eran palabras inconexas, sin sentido, meros juegos de palabras. “Ris ros cos, ris ros cos, rum rum bee, aaa tar, aaa tar…” Entonces apagó el fuego con tierra y nosotros lo mirábamos estupefactos, esperando algo. Siguió cantando, primero más alto; luego, muy poco a poco, más bajito, hasta que su voz fue apenas un suspiro audible de la brisa entre las hojas que bailaban en silencio. Cuando estuvimos iluminados únicamente por la fría y lejana luz de las estrellas, se sentó junto a las cenizas, e improvisó una canción lenta, melodiosa, que nos elevó hasta regiones del cielo que jamás habíamos visto, pero que veíamos entonces con los ojos de la mente; y nos relató historias que jamás habíamos oído, que contemplábamos entonces como si sucedieran en ese momento ante nosotros. Y nos habló de los Amantes Perdidos, y de los Juramentos de la Noche Enamorada. Desarrolló un emocionado pero triste argumento y nos lo mostró en toda su crudeza, y en toda su pasión. Y asistimos ensimismados a la gran tragedia del hombre: amar, ser amado y que todo se termine; esperar que el amor venza la muerte y no contar con testimonio alguno del más allá; implorar a los dioses y esperar en vano; jurar por el alma que contiene nuestro pecho que nuestro amor será pedernal infatigable, y observar aterrorizados cómo la muerte lo amenaza todo, como el gran enemigo del hombre. Y aun así, reafirmar cantando el fuego del amor, nuestro único refugio bajo las estrellas.

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Nos pasamos la noche entera escuchándole, y algunos bailaron a su alrededor, mientras él cantaba. Yo escribía… Escribía sin saber si al día siguiente podría leerlo, porque estaba a oscuras.

En efecto, cuando quise recuperar mis notas, solo pude rescatar, a duras penas, algunas líneas, pero con la emoción en los dedos os las trascribo a continuación, para que sintáis un poco de lo que yo sentí aquella noche:

“Y cantaba el amante:

Me dijeron que te odiara,

o te olvidara, al menos.

Pero te sigo queriendo,

guardándote mis recuerdos.

[…]

Respondió entonces ella:

Si he de esperar mil años

hasta volverte a ver,

por verte mis pobres huesos

aceptarán renacer.

[…]

Yo inventaría la prosa

y crearía la poesía,

si nadie lo hubiera hecho,

para cantar tu sonrisa.

¿Por qué sonríes tan poco,

si tu sonrisa es la vida,

si cuando ríes el cielo

se llena de maravillas;

si por mirarte feliz

todos los astros porfían;

si los ángeles pelean

por verte en primera fila?”

Este era mi maestro. Y ahora también es el vuestro. El Poeta loco, le llamaban. Pero nunca hubo nadie que viviera la vida tan sabiamente como él.

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