Mi primer encuentro con el Poeta loco

El abismo.

Hasta ahora no os he dicho mi nombre. Me llamo Lase Vinu. Nací en una diminuta aldea de las montañas. Y trabajé en una mina de sal hasta que conocí al Poeta Loco. Un lugar blanco, silencioso y luminoso. Físicamente, un lugar maravilloso, donde pasar las tardes al sol, henchido de paz. Humanamente, un abismo. Voy a contaros cómo salí de él.

Mi maestro era un completo desconocido para mí. No sabía quién era, ni había oído hablar de él, ni siquiera me había fijado en él. No era nadie para mí.

Siendo aún muy joven, yo había abandonado mi aldea cuando unos oficiales me habían reclutado, contra mi voluntad, para luchar bajo la enseña de Hiqui Palli, un jerifalte que decía ser el señor feudal de nuestras tierras, aunque jamás lo habíamos visto.

Hombres explotados por hombres. Hombres humillados, llevados como ovejas huyendo del perro que las fustiga; hombres alienados, alejados de sus hogares, de sus vidas, de sus seres queridos; hombres desprovistos de todo recuerdo, de toda memoria y origen, convertidos en números insignificantes dentro de números mayores; hombres sin rostro y sin nombre, integrados en un nombre común, apaleados y amordazados, a los que se manda a la muerte sin miramientos, a los que se usa como juguetes de una gran apuesta; hombres sumidos en la destrucción, forzados a matar, solo no morir un minuto antes, con la única certeza de la muerte, pero postergándola a costa de arruinar su alma con cada muerte, hasta que ya no les queda nada salvo el deseo de morir ellos también y el terror a enfrentarse con las almas que enviaron al abismo.

Abismo por todas partes.

Los hombres son arrojados al abismo de muchas formas. Pero abajo siempre hay lo mismo: una negrura infinita que aterroriza y congela el corazón.

Cuando la guerra terminó, fui enviado a las minas por enemigos a los que nunca conocí y de los que nunca supe, por el pecado de ser forzado a luchar en su contra. Allí no tenía que matar a nadie, pero me mataba a mí mismo. Las minas de sal son otra forma de abismo. Las horas pasan despacio al sol, cargando agua y sal, cavando, humedeciendo, recargando, transportando carretillas de sal seca… Las fosas nasales se secan y agrietan. Duele respirar. La piel se acartona, y pica todo el día, y arde por la noche.

Una tarde, cuando el trabajo estaba a punto de terminar, exhaustos, comenzó a formarse cierto revuelo entre las casetas de los trabajadores. Los hombres, los niños, los viejos, se arremolinaban en torno a una persona a quien no podía ver. Pensé que sería el capataz, y no hice caso. Me dirigí hacia mi pobre caseta, con dos agujeros en el techo de madera, dispuesto a dormir, después de coger mi cuenco de guiso y un buen trozo de pan duro. Allí dormíamos cuatro personas, unas junto a otras, pero en ese momento estaba yo solo. Los demás habían ido a ver al capataz. Me sentí bien durante unos minutos, en aquella caseta que ahora era mi único refugio, mi único hogar. Y comencé a recordar a mis padres, lo poco que recordaba de ellos. Sus rostros ya solo eran vagas y confusas imágenes en mi mente. Pero sus nombres seguían presentes en mí. Y yo los repetía una y otra vez, como pudieran protegerme del mal o llevarme de vuelta a mi aldea. No quería perder sus nombres. Eran lo único que me quedaba de mi niñez.

A veces, los momentos más importantes de la vida suceden de una forma casi invisible y prosaica. En realidad, suele ser así para casi todas las personas. La vida se inicia en absoluto silencio. La muerte misma viene sin avisar; no la acompañan fanfarrias, ni heraldos, ni misivas. Y aquello que nos marca completamente suele llegar en el momento en que menos lo prevemos, y acontecer sin aspavientos. Es el recuerdo lo que viste el pasado de galas que no tuvo cuando fue presente. Es la memoria la que idealiza lo que sucedió. La literatura engrandece lo cotidiano y nimio. Pero no por eso la realidad tiene más grandiosidad, más épica.

Así me sucedió a mí con él. Fue él quien vino a buscarme. Yo seguía sentado allí, cenando. No me interesaba el revuelo. Solo quería descansar. Cenar y dormir, mis únicas esperanzas, para poder soportar el infierno un día más. Estaba allí, en mi refugio, mi diminuto escondite interior, entre tres paredes y un techo de madera endebles, que para mí eran como una fortaleza, porque no tenía otra cosa. Entonces la multitud comenzó a andar hacia donde yo estaba, y un hombre en ella gritaba como un poseso:

-¡Llevadme a quien no me escucha! ¡Llevadme a quien no me escucha! ¿Es que no comprendéis que no he venido a buscaros a vosotros? ¡Llevadme a quien no me escucha!

Y lo trajeron a rastras hasta mí.

Todos se hablaron y se empujaron para que lo dejaran salir de en medio de todo ellos.

Entonces lo vi.

Apenas noté otra cosa más que su figura recortándose contra el cielo que se oscurecía y que se aproximaba a mí. Yo estaba enfadado porque alguien venía a molestarme mientras trataba de ensimismarme en mis pensamientos. Iba a levantarme para presentar mis respetos porque pensaba que aquel era el capataz. ¿Quién iba a ser si no? Tenía ganas de decirle que me dejara en paz, pero no iba a decírselo, claro está, porque entonces me castigarían con doble jornada nocturna, o con unos latigazos.

Llegó él.

-¿Quiénes son estos que sufren la tortura del abismo en vida y ni siquiera sienten curiosidad al ver a un errante que va a en busca de los poderosos para gritarles a la cara? -exclamó para que todos lo oyeran.

El silencio era impresionante.

Y allí estaba yo, delante, aún sentado, un poco tonto.

-¿Por qué estás aquí tú? -me dijo.

-No lo sé -respondí-. Eso me gustaría saber. Soy un esclavo, y no sé por qué.

-Pues libérate -me contestó, y se fue.

La gente abrió de nuevo un sendero.

Yo me levanté, lo seguí y nadie me impidió que saliera del abismo.

Desde entonces lo seguí a todas partes.

Incluso ahora, años después de su muerte, sigo siguiéndolo (sí, lo he escrito así porque he querido).

¿Adónde?

Hacia la liberación, como el primer día.

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